
Cannes 2026: crítica de ‘Sheep in the Box’, de Hirokazu Kore-eda (Competición)
Una empresa ofrece a unos padres en duelo una copia humanoide de su hijo muerto, y la frontera entre la memoria y la imitación empieza a disolverse.
A 25 años de aquel experimento de Steven Spielberg de trabajar sobre una idea de Stanley Kubrick en I.A. Inteligencia Artificial, hay más que nunca antes motivos para explorar más a fondo una idea que entonces parecía pertenecer a la más absoluta ciencia ficción pero hoy no tanto. Se ha hablado hasta el hartazgo de cómo la Inteligencia Artificial está cambiando el mundo en el que vivimos —y el cine la utiliza en decenas de proyectos—, pero quizás no se haya metido tanto en cómo puede afectar la vida personal y familiar en un futuro acaso no tan lejanos. Quizás para lo que plantea Hirokazu Kore-da en Sheep in the Box todavía falte un buen tiempo, pero en lo temático no estamos tan lejos.
En el film del director japonés, la pareja compuesta por Kensuke (Daigo) y la arquitecta Otone (Haruka Ayase) ha perdido hace dos años a Kakeru, un niño de siete años en un accidente con un tren. A través de un dron, una compañía les envía una promoción gratuita para ser parte de un programa de humanoides llamado REBirth, que está en etapa experimental. Consiste en enviarles un niño idéntico al suyo y programado con toda la información que ellos puedan ofrecer respecto a su hijo. La única diferencia: es un robot, que se carga y descarga, se prende y apaga, no come, no debería mojarse ni alejarse más de 30 metros de ellos, ya que un GPS lo desconecta.
Otone es la más tentada a volver a tener al menos una versión de su hijo en casa, pero a su marido la idea mucho no le gusta («es como un Roomba» dirá). Para contentarla, el hombre igualmente acepta y pronto tendrán una versión de Kakeru en su casa, similar a su hijo pero esperablemente un tanto mecánico y, sí, robótico. La incomodidad del principio empieza de a poco a desaparecer: Kakeru colabora con Otone en sus maquetas arquitectónicas —a las que el film le dedica un buen tiempo— y con Kensuke empieza a repetir rutinas que tenía con su hijo o aprendiendo a jugar al béisbol.

Pero la cosa de a poco se enredará. Por asuntos familiares —la madre de Otone es una cosa seria—, vecinos, por algunos asuntos incómodos y porque, de a poco, veremos que no es el único humanoide circulando por la zona. Y que los otros como él se reconocen entre sí y parecen planear algo. El guión del realizador de After Life dará unos giros más para tratar de, en lugar de acrecentar un posible enfrentamiento, encontrar algún punto de comunión entre los humanos y los robots, remedando en cierto modo a E.T., la otra película de Spielberg con una sigla por título.
De todos modos, pese al inquietante aporte temático que el film presenta —no estamos muy lejos de que una Inteligencia Artificial pueda guardar buena parte de las memorias de los muertos y reproducirla como si la persona siguiera viva—, Kore-eda no logra ir más allá de la premisa básica en un film inusualmente gélido, reiterativo, que no utiliza del todo bien los recursos dramáticos a su disposición. Es interesante su idea de pensar más una solución armónica que intensificar el conflicto, pero aún así todos esos episodios ligados a otros humanoides queda muy descolgado de la historia principal.
La película se relaciona temáticamente con todo el cine de un realizador obsesionado por las relaciones familiares no convencionales tanto de hijos con otros padres, de hijos sin padres o similares combinaciones (ver De tal padre tal hijo, Nadie sabe, Shoplifters o Broker), como con lo ligado a la memoria (After Life) o los instrumentos tecnológicos que usamos en nuestras vidas (Air Doll). Pero pese a la excelente combinación de autor y temática, Sheep in the Box nunca termina de cobrar vuelo, peso dramático o emoción. Es como si la película fuese hecha en ese mismo y algo gélido futuro en el que transcurre la historia y el director sea una versión humanoide del propio Kore-eda. ¿Lo será?



