
Cannes 2026: crítica de ‘Soudain’ (‘All of a Sudden’), de Ryusuke Hamaguchi (Competición)
El impulso de una médica por humanizar el cuidado despierta resistencias y lazos inesperados, mientras Hamaguchi explora dolor, capitalismo y la frágil promesa de la empatía. Con Virginie Efira.
Encontrar la mejor forma de lidiar con el sufrimiento humano. Con el dolor, la enfermedad, la tristeza. Ese parece ser el objetivo de Marie-Lou (Virginie Efira), la doctora jefe de un geriátrico parisino que está tratando de implementar un nuevo sistema para tratar a sus pacientes. A través de este sensible, intrigante, curioso y bienintencionado film francés de tres horas y veinte del realizador japonés, tanto la doctora como sus pacientes, el resto del staff, los familiares y otras personas que se sumarán al grupo aprenderán de manera dolorosa y a la vez esperanzadora la lección de humanidad que la película propone.
All of a Sudden ofrece un curioso recorrido narrativo pero, en su mayoría, transcurre en esa clínica. A Marie-Lou le está costando implementar el sistema al que han llamado Humanitude, que consiste en cuidar a los pacientes de una manera más personalizada —prestándelos una mayor atención, hablándoles, mirándolos a los ojos y preguntándole cosas a personas con severos problemas de salud mental— y sí, humana. Las enfermeras de mayor experiencia no se adaptan, sienten que se pierde demasiado tiempo con cada persona y que sería ideal poder trabajar así, pero la realidad es muy distinta.
Lo mismo parecen pensar las autoridades de la institución, pero Marie-Lou y su entusiasta equipo están convencidos que no solo es más amable para los pacientes sino que, a la larga, reducirá gastos porque la salud de todos mejorará. La propia Marie-Lou no cumple con lo que predica, ya que vive para trabajar —no parece tener vida personal y poco se habla del tema— y ha aceptado, en una prueba piloto, mudarse a un departamento adentro del complejo para estar más cerca del trabajo.

Un día, volviendo en un tren, se cruza con un joven autista que anda perdido corriendo por las calles. Se baja en la estación, lo frena y logra comunicarse con sus familiares. Allí aparecen su abuelo, Goro (Kyozo Nagatsuka), un actor de teatro, y la dramaturga, Mari (Tao Okamoto). Tras agradecerle el rescate la invitan a ver su obra, que también tiene que ver con la salud mental. Tras una sesión de preguntas y respuestas —allí vemos que Marie-Lou habla bastante bien japonés—, las dos mujeres entablan una conversación que se extenderá a lo largo de toda la noche y que pasará desde temas generales —un largo análisis, con gráficos incluidos, de cómo el capitalismo va camino a su fin— a cuestiones más personales y específicas: Mari tiene cáncer terminal y en apariencia le quedan pocos meses de vida.
Soudain irá luego a otros destinos y regresará a la clínica siempre con la idea regidora y clara de Hamaguchi de demostrar cómo la empatía, el buen trato, la humanidad y también el arte puede ayudar sino a curar, al menos, a mejorar la calidad de lo que les queda de vida a los allí internados. Es, a su modo, una propuesta utópica que encierra en esa clínica una idea de vida: el único modo de poder salir de ese círculo concéntrico de explotación del tiempo se logra mediante el amor, el afecto y la solidaridad.
Hay algo inevitablemente naive en la propuesta del film, algo que se hace evidente en su segunda parte —luego de la larga noche de charla y debate—, en la que el sanatorio en sí se vuelve una suerte de comunidad que, en sus efectos prácticos, parece casi una secta un tanto hippie. Hamaguchi se mete en un problema que no sabe resolver del todo bien cuando intenta transformar la experiencia personal de las dos mujeres en una serie de escenas que parecen sacadas de un libro de autoayuda, poniéndose sino místico por lo menos un tanto sensiblero y casi banal.

Lo mejor de la película está en su primer mitad, cuando Marie-Lou lidia con el cambio cultural que supone usar su nuevo sistema en la clínica, cuando ve la obra teatral de Gojo y Mari y, especialmente, a lo largo de esa larga noche de conversación entre las dos, que merecería ser una película en sí misma. Allí, Efira —en un muy buen japonés aprendido para una película que va y viene entre los dos idiomas— y Okamoto establecen una química extraordinaria que las lleva a caminar, comer, sentarse, debatir y volver a hacerlo todo de vuelta a lo largo de una noche que remeda, sin el condimento romántico, a Antes del amanecer. Es un film dentro del film que pone en escena la química que va creciendo entre dos personas que van haciéndose amigas en tiempo real. Una amistad surgida casualmente y que se volverá central en las vidas de ambas.
De hecho, sus disquisiciones casi filosóficas respecto al funcionamiento del capitalismo, del trabajo, el tiempo libre, de las corporaciones y otros temas pueden parecer un desvío caprichoso en una película sobre cómo modificar el cuidado paliativo de ancianos y gente con serios problemas de salud. Pero no lo son. Al contrario. Ese contexto, precisamente, es lo que le da a Soudain una ambición mayor que la de ser una película «buenista» que propone mirarse a los ojos y tomarse de las manos como la solución a todos los problemas del mundo.
Me da la impresión que Hamaguchi intenta ir más allá de eso: lo que propone, naive y todo, es salir de la lógica de que todo tiene que ser útil, todo tiene que generar réditos, todo tiene que ser productivo. A veces, entregarse a la contemplación del universo puede ser la manera más sincera y sencilla de mandar a la mierda al costado más salvaje del capitalismo, el que encontró la manera perfecta de comercializar las 24 horas de tu vida.



