
Cannes 2026: crítica de ‘Titanic Ocean’, de Konstantina Kotzamani (Un Certain Regard)
Una joven se inscribe en una academia de sirenas en Tokio, donde la competencia, el deseo y un accidente misterioso desdibujan la frontera entre realidad y fantasía.
Inclasificable y extraño, como todos sus celebrados cortos previos, Titanic Ocean es una historia de amor y de magia, una mezcla de drama personal y epopeya fantástica en la que la realidad, la fantasía y la mitología combinan de maneras impensadas. Una película sobre sirenas y sobre su canto que es también un retrato de un personaje que intenta, con mucha dificultad, encontrar su lugar en el mundo. En este o en cualquier otro.
La griega Kotzamani es algo así como una trotamundos del cine —pasó un largo tiempo en la Argentina donde filmó el mediometraje Electric Swan, que tuvo su premiere mundial en Venecia 2019— y su primer largo la deposita en Japón, donde transcurre gran parte de la historia. La protagonista, Akame (Arisa Sasaki) ha decidido estudiar una rara profesión: la de sirena. Sí, es algo que existe realmente y hay varios centros dedicados a este arte que es más complejo de lo que muchos pueden creer.
Eligiendo como alias «Deep Sea» —que es una frase de esta canción de Lykke Li que será clave en la trama—, la chica entra a la Escuela de Sirenas de Tokio en la que tiene que lidiar con un grupo de chicas con similar objetivo y con un intenso clima competitivo entre todas ellas. Las chicas aprenden a nadar con una enorme aleta en los pies —algo nada sencillo—, a contener la respiración la mayor cantidad de tiempo posible —algo potencialmente riesgoso—, a cantar y a crear un personaje y una rutina con estética propia.

Y la película, al menos durante su primera parte, se dedicará a adentrarse en ese mundo, en esas sensaciones, tensiones, conflictos y romances. A Deep Sea le gusta Kotaro (Masahiro Higashide), uno de sus profesores al que apodan Tiburón, pero no sabe cómo acercarse a él. Y las exigencias cada vez más grandes de los docentes para respirar más tiempo bajo el agua o encontrar una voz mágica de esas que uno asocia, mitología mediante, con las sirenas, va haciendo mella en la sensible e insegura protagonista.
Y a partir de un accidente que tendrá en una prueba, las cosas empezarán a cambiar, dando un vuelco radical no solo a su experiencia en el lugar, sino también a la película, que de allí en adelante ingresará a un terreno más cercano al de una fábula en el que el día a día de las aprendices de sirena —que además se preparan para una competencia internacional— se mezclará con una suerte de universo paralelo al que la chica ingresa en pos de lograr la atención de Kotaro, un lugar en el que el amor, el deseo y lo fantástico se entremezclan de modos impensados y siempre sorprendentes.
Como sucede en otros films de la nueva camada de cineastas griegos, hay espacio aquí para las mezclas raras entre lo realista y lo fantástico, entre lo humano y lo animal —el ejemplo más claro es el cine de Yorgos Lanthimos, especialmente The Lobster, pero a la vez es algo reiterado en el cine de Kotzamani— y entre lo más o menos lineal y lo directamente surrealista. La realizadora va utilizando efectos visuales y sonoros para ir separando de a poco a la película de su tono inicial, enrareciendo el ambiente en el que la chica se mueve en tanto su cuerpo y sus sentidos parecen ir alterándose.
La de Akame/Deep Sea es la historia de una chica que, literalmente, busca encontrar su propia voz en un universo construido, esencialmente, para el deleite de los otros. Esa mezcla de sacrificio poco apreciado y de perfección a prueba de todo que se le exige a las chicas puede resultar seductor para las adolescentes fascinadas con la mitología y el colorido universo de las «sirenas» pero pronto prueba ser una suerte de trampa, algo que algunas subtramas ligadas a otras alumnas refuerza. Con la metamorfosis como metáfora central, Titanic Ocean es una fábula sobre el empoderamiento femenino, sobre la capacidad de «hacer olas» y sobre la posibilidad, con una o dos aletas, de nadar hasta llegar a una playa en la que encontrarse a uno mismo.



