Cannes 2026 / Estrenos: crítica de «Amarga Navidad», de Pedro Almodóvar

Cannes 2026 / Estrenos: crítica de «Amarga Navidad», de Pedro Almodóvar

Un cineasta va y viene entre memoria e invención, mientras los relatos se fragmentan y revelan el espacio incierto donde lo personal deviene ficción. Con Bárbara Lennie y Leonardo Sbaraglia.


Uno vuelve siempre
A los viejos sitios donde amó la vida
Y entonces comprende
Como están de ausentes las cosas queridas

«Canción de las simples cosas»

Toda ficción, en lo profundo, es una autoficción. Toda historia que se cuenta, sin importar su origen, incluye a la persona que la cuenta: su historia, su mundo, sus ideas, sus temas. Uno es, si se quiere, también una autoficción, una construcción de sí mismo presentada hacia el mundo y, muy probablemente, hacia uno también. De todos modos —quizás sin ponerse tan analítico— hay autoficciones y autoficciones. Una cosa es narrar una historia completamente inventada en la que el yo del escritor está implícito en eso que construye y otra es inspirarse, de manera bastante más directa, en la historia personal de uno mismo y, especialmente, de quiénes nos rodean.

Pedro Almodóvar ha hecho todas estas versiones de la autoficción, de la más extravagante y aparentemente alejada de la realidad a, empezando quizás con Volver, formas un tanto menos sesgadas de contar su propia historia. Esta última etapa lo encuentra en su modo más directo y evidente. Tanto Dolor y gloria como Amarga Navidad son películas sobre Almodóvar: sobre su proceso creativo, sus crisis, su salud, sus miedos y su encierro. Aquí hay otra vez un cineasta lidiando con su vida personal, su falta de ideas, sus miserias y sus conflictos internos y con los que lo rodean. La diferencia más grande, quizás, es que eso mismo aparece aquí combinado con una historia de ficción que juega, remodela y distorsiona esas experiencias.

Pero, ¿cuáles experiencias son las que narra? Amarga Navidad habla también del vampirismo de todo autor, la forma en la que aprovecha y usa historias de la gente que lo rodea, la mayor parte de las veces sin avisarles, escudado en el juego del proceso creativo, y sin tener generalmente en cuenta el dolor o la incomodidad que eso pueda generar. ¿Está en su derecho un autor de «chuparle la sangre» a su gente escudándose en el proceso artístico o creativo?

Bárbara Lennie encarna a Elsa, una cineasta «de culto» que, luego de un par de fracasos comerciales, se dedica a la publicidad mientras vive con su novio Bonifacio (Patrick Criado), bombero de día y stripper de noche. La mujer sufre fuertes migrañas que la dejan más de una vez hospitalizada y, medicándose, llegan a la conclusión de que lo que tiene son ataques de pánico, posiblemente producidos por la reciente muerte de su madre. Y para tratar de salir de ese pozo personal, físico y creativo viaja a Lanzarote (escenario de otros films de Almodóvar) con su amiga Patricia (Victoria Luengo), que trae consigo también sus propios problemas personales. Todo esto transcurre —detalle importante— en 2004.

La película deja en claro muy rápidamente que esta historia está siendo escrita por Raúl (Leonardo Sbaraglia con un acento de argentino que vive hace muchos años en España), quien lucha por encontrarle el eje a esa historia y resolver, en paralelo, problemas de su vida personal y creativa. Claramente inspirado en Almodóvar, se queja de los premios y las retrospectivas a las que no quiere ir, está demasiado enfrascado en su mundo como para prestar atención a los demás (como a su novio Santi) y queda además shockeado por la noticia de Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), su asistente desde hace décadas, ha decidido dejar su trabajo, aparentemente más por temas personales que por conflictos entre ellos.

Entre estos dos espacios se moverá una película que, a diferencia de Dolor y gloria, se permite jugar más con el mundo creativo de Almodóvar. Su guión tiene referencias simpáticas a su mundo y sus obsesiones: aparece Rossy de Palma y Carmen Machi tiene un cameo muy cómico, hay fiestas, drogas, un striptease masculino casi completo, un par de canciones de Chavela Vargas (incluyendo la que da título al film) y la caprichosa en lo narrativo pero emotiva y temáticamente relevante incorporación de un número en vivo a capella que hace la cantante Amaia, interpretando la Canción de las simples cosas, de César Isella, cuya versión más célebre es la de Mercedes Sosa.

Y si bien esa ficción es curiosamente despareja y hasta desorganizada, en más de un sentido refleja las idas y vueltas respecto a ese texto —y a su propia vida— del autor. Y en la ambivalente y cambiante conexión entre ambas aparece el misterio y la magia de Amarga Navidad, la manera en la que un autor revuelve en distintos cofres hasta encontrar el hilo que le permita crear una gran historia. Cuando no sale de uno de ellos —su propio cine— o de sus influencias —aquí se cita a Ingmar Bergman, o a los recurrentes Douglas Sirk y Nicholas Ray—, sale de su propia vida y, sobre todo, de la gente que lo rodea. El conflicto, si se quiere, es si un autor tiene la libertad de hacer algo así, especialmente cuando se mete en cosas en extremo íntimas de sus amigos o conocidos.

La inspiración no suele surgir de manera calculada, pero lo más inquietante que propone Almodóvar, lo que vuelve a la película en buena medida autocrítica, es que quizás sí lo sea. O que pueda serlo. Que la creatividad implique daño y que ese daño pueda ser irreparable es una paradoja especialmente compleja de resolver. En una larga y potente escena que juegan Raúl y Mónica, esos temas salen de una manera directa —quizás, demasiado directa— a la luz. ¿Hay un lugar en el que es necesario frenar y dejar de «vampirizar» el mundo que los rodea para salvar las relaciones? ¿O el arte es algo más importante y va más allá de todo eso? En ese universo de preguntas sin respuestas del todo claras se mueve Amarga Navidad, una película sobre la crueldad de la creación y sobre la dificultad de conciliar la vida y eso que llamamos arte.