Estrenos online: crítica de ‘My Father’s Shadow’, de Akinola Davies Jr. (MUBI)

Estrenos online: crítica de ‘My Father’s Shadow’, de Akinola Davies Jr. (MUBI)

Dos hermanos pasan un día con su padre ausente en Lagos, Nigeria, mientras se celebran las elecciones de 1993, descubriendo fragmentos de una vida que apenas comprenden.

Los padres, al menos para sus hijos pequeños, son figuras misteriosas, más grandes que la vida, tal vez indescifrables. Los pueden conocer más o menos pero siempre, da la impresión, hay cosas de ellos que no comprenden: ciertas cosas que dicen, ciertas cosas que hacen, sus ausencias, sus silencios, sus miradas. Quizás no reflexionan sobre eso —están más interesados en otras cosas—, pero las sienten, están ahí. Y eso se da más todavía con los papás que pasan gran parte del tiempo fuera de casa y tienen una vida completamente alejada de las de sus hijos y que ellos desconocen por completo.

My Father’s Shadow es un intento poético y bello de hacerse cargo de ese vacío, de esa distancia y de esa posible incomprensión. Es, como la reciente Aftersun, una película en la que se recuerda a un padre desde el punto de vista de un niño (en este caso, dos hermanos) pero con la sabiduría de un adulto que ahora entiende un poco más lo que entonces veía al pasar. Con elegancia, intensidad, una abundancia de color local y tan solo algunas afectaciones que denotan su experiencia como artista visual, Akinola Davies Jr. transforma esos recuerdos en una potente y a la vez melancólica historia acerca de un día en la vida de un padre y sus dos hijos en Nigeria.

La película transcurre en junio de 1993 no solo por su carácter autobiográfico sino porque sucede en uno de los días más importantes de la historia política nigeriana: las primeras elecciones libres en una década, las que deberían dar por terminada la dictadura de Ibrahim Babangida, que se enfrentaba al candidato favorito, MKO Abiola. Este tema será lateral, por un rato, a la historia familiar, pero de a poco se irá entrecruzando de diferentes formas, tanto en lo que afecta al país en general como en los que los interpela directamente a ellos.

Akim y Remi son dos hermanos de 11 y 8 años (interpretados por Chibuike Marvellous Egbo y Godwin Egbo, hermanos en la vida real), que viven en una casa rural en Nigeria, a horas de Lagos, la capital. La madre trabaja y ellos se las arreglan solos —con las peleas y disputas típicas de hermanos de esa edad— hasta que ella regrese. Pero, para su sorpresa, el que da señales de vida allí es Folarin (el actor inglés de ascendencia nigeriana Ṣọpẹ́ Dìrísù, de Black Rabbit y Slow Horses, entre otras series y películas), su padre, que se pasa gran parte del tiempo trabajando en la capital y regresa a su casa muy de vez en cuando.

El hombre viene solo por un momento y planea volverse a ir, pero los chicos lo convencen de ir con él a Lagos. Y el hombre, a regañadientes, termina aceptando solo con la condición de regresar esa misma noche para no asustar a su madre. Y es así que My Father’s Shadow hace ingresar a los niños en un derrotero de desventuras y de color local, ya que Akin y Remi no están acostumbrados —da la sensación de que jamás fueron a la ciudad o, si lo hicieron, no lo recuerdan— y que les invade todos los sentidos. Davies Jr. transmite muy bien esa sensación abrumadora de estar recibiendo constantes estímulos visuales y auditivos que tienen los niños.

La película los hará pasar un día allí siguiendo a su padre y conociendo algo de su vida, sin terminar de entender del todo las cosas que los adultos podemos comprender a partir de ciertos diálogos y miradas. A Folarin le deben plata en el trabajo y tardan en pagarle —esperar al patrón es la excusa para extender el paseo con los niños—, aparecen personajes que lo conocen y le hablan con respeto (todos lo llaman «Capo»), hay miradas cruzadas con alguna mujer, varias enseñanzas sobre la vida y, al pasar por determinados lugares icónicos, surgen recuerdos de los inicios de su relación con la madre de los chicos. En medio de todo eso, la tensión política va creciendo entre los que esperan un cambio en el país y los que quieren que sigan los militares o temen que no reconozcan los resultados electorales.

My Father’s Shadow es esquiva en explicaciones y hace bien en evitarlas ya que las miradas que las capturan son las de los niños. Hay diferencias entre ellos también: uno es más crítico con el padre y el otro lo admira más, uno quiere volverse a la casa y el otro no, y así. Con el paso de las horas, la caleidoscópica experiencia de un día en la capital con papá va a tornarse en una serie de secuencias reveladoras, no necesariamente en el momento sino a la distancia, cuando sea revisada con una mirada más adulta, comprensiva y, acaso, compasiva.

Los elementos autobiográficos que tiene la película —que Akinola coescribió con su hermano mayor Wale Davies— dejan en evidencia la importancia de estas experiencias de eso que algunos llaman «tiempo de calidad» familiar: fortalecen lazos, crean memorias, acortan distancias emocionales. Dìrísù logra darle a su Folarin un carácter fascinante: puede parecer un tipo duro y sabio en ciertos momentos, pero en otros se lo ve tierno, cálido y con dudas, volviéndolo indescifrable aún para los espectadores. Es gracias a esos misterios, al abrirse a la posibilidad de ir más allá de las interpretaciones y capturar la experiencia en sí, que My Father’s Shadow se convierte en una verdadera revelación del cine africano contemporáneo.