Series: crítica de ‘Star City’, de Ronald D. Moore, Matt Wolpert y Ben Nedivi (Apple TV)

Series: crítica de ‘Star City’, de Ronald D. Moore, Matt Wolpert y Ben Nedivi (Apple TV)

por - Críticas, Estrenos, Online, Series, Streaming
30 May, 2026 08:45 | Sin comentarios

En el secreto programa espacial soviético, operativos de vigilancia y cosmonautas chocan en un mundo de paranoia, traición y ambiciones ocultas.

Cualquiera que haya visto películas de espionaje de la época de la Guerra Fría o series más recientes como The Americans o Chernobyl —y ni hablar si es lo suficientemente cinéfilo como para haber visto una buena cantidad de cine ruso o del Este de Europa de esos años— sabrá reconocer los escenarios y el universo en el que se mueve Star City, la nueva serie de Apple TV que es más un drama de espías que uno de ciencia ficción. Oficinas enormes y semi-vacías, tonos opacos, gente seria y preocupada que oculta siempre algo y frío, mucho frío. La burocracia soviética en sus distintos tonos de gris es el marco para una serie centrada en algo que, a la vista, parece mucho más épico y romántico: la conquista del espacio.

Para enmarcar la excelente primera temporada de Star City —otra gran serie de Apple TV que no debería pasar inadvertida— hacen falta un par de explicaciones. En realidad se la puede ver sin conocer nada de su prehistoria, pero ayuda. La serie creada por Ronald D. Moore, Matt Wolpert y Ben Nedivi es en realidad un spin-off de For All Mankind, una de las iniciales series de Apple TV, de 2019, que acaba de concluir su quinta temporada y que se coloca en el género llamado «historia alternativa» (algo así como «¿que hubiera pasado si…?»). Aquella serie imagina que los soviéticos le ganan a los estadounidenses la carrera espacial y son los primeros en poner un hombre en la Luna. Y parte de ahí para imaginar una realidad paralela respecto a la continuidad de esa competencia y, en más de un sentido, el futuro de la humanidad toda.

Star City, más que spin-off, lo que hace es volver al principio de esa misma historia pero para contarla desde la perspectiva soviética, conectándose en algunos puntos con la saga original y personajes que se vieron en ella. Pero no es estrictamente necesario haber visto For All Mankind —yo solo vi una temporada— para entender lo que pasa. Se la puede empezar de cero sin ningún problema, ya que la historia arranca del principio, con la secreta llegada del primer hombre (ruso) a la Luna. La nueva serie de los mismos creadores se moverá de allí para contar la interna secreta y la paranoia del programa espacial soviético que es, en varios sentidos, muy distinto al de los norteamericanos.

El nombre de la serie sale del lugar, así llamado, en el que el programa espacial soviético se desarrolla muy en secreto. Y el que maneja los hilos tecnológicos —no políticos— allí es el Diseñador Jefe (Rhys Ifans), que es una versión ficcionalizada de Sergei Korolev, el máximo responsable de aquel programa espacial. La diferencia es que, en la vida real, Korolev murió en 1966 dejando ese programa en ruinas mientras que en Star City (y también en For All Mankind, pero interpretado por otro actor) vive, trabaja y maneja los lanzamientos al espacio. Tras ese breve repaso del triunfo soviético en la carrera espacial, la serie se ocupa de un segundo lanzamiento: el de la primera mujer en llegar a la Luna.

La serie distribuye su atención en una larga serie de personajes que se irán de a poco conectando entre sí. La principal es Irina Morozova (Agnes O’Casey), una joven que trabaja en una lúgubre oficina en la que escuchan las conversaciones de todos los que trabajan en el programa, buscando espías, traidores o gente que lleva información para los Estados Unidos. Y la dura encargada del equipo —Lyudmilla Raskova (Anna Maxwell Martin)— la tiene, como a todos, bajo extrema presión. Su objetivo es oír las conversaciones de la pareja que componen el cosmonauta Valya Mironov (Adam Nagaitis) y su esposa, Tanya (Ruby Ashbourne Serkis). Y lo más raro que descubre allí es que la mujer tiene un affaire amoroso con Sasha Polivanov (Solly McLeod), otro astronauta y colega de su marido.

En paralelo, esa KGB de Star City tortura y hace confesar bajo presión a Yana Akhmatova (Niamh Algar) —la astronauta que iba a hacer ese viaje inicial— que es espía, por lo que la reemplazan por la tímida e inexperta Anastasia Belikova (Alice Englert). Si bien pronto queda claro que la acusación era falsa, la KGB no admite errores y sigue adelante. El viaje con la nueva cosmonauta resulta problemático en más de un sentido, pero cumple su objetivo. Y su vida no solo dará un vuelco sino que se mezclará con la del otro triángulo amoroso de maneras insospechadas.

Todas las relaciones se intensifican cuando descubren que, en uno de esos viajes al espacio, hay un dispositivo enviando señales que no fue puesto por los rusos. Y todos se pondrán alertas para descubrir quién puede ser el o la espía, especialmente Irina, a la que le encomendarán la tarea de rastrear el origen del dispositivo en cuestión. Mientras tanto, el Chief Designer —que vive casi como un prisionero dentro de Star City— sigue con su objetivo principal, que es enviar una nave a Venus, algo que también debe permanecer en el más absoluto secreto, ya que ni las autoridades soviéticas están interesadas. Y en el medio llegarán más técnicos, más cosmonautas, más burócratas y la tensión y las sospechas cruzadas dominarán el relato.

La astronauta Anastasia sufre y se tortura por no aprenderse de memoria lo que debe decir si pisa la Luna. El propio Diseñador no tiene mucho control de lo que pasa adentro de su propia creación. Y la única que se atreve, asumiendo muchos riesgos, a jugarse el pellejo es Irina, cuya tarea escuchando las conversaciones de Tanya la lleva a simpatizar con ella de una manera que no corresponde en función de su trabajo. Lo más parecido a un villano clásico, al menos por ahora, es el personaje de Lyudmilla, pero aún en ella se adivinan rasgos de ambigüedad.

Star City presenta una serie de escenarios y situaciones propias de la vida «detrás de la Cortina de Hierro» en la Guerra Fría, con escenas que van desde mediados de los ’60 a principios de los ’70. No hay acá lugar para demasiadas alegrías ni festejos. Poco después de los aplausos cuando una de estas misiones sale bien, ya todos están mirando al costado sospechando del otro o temiendo ser investigados por las autoridades. No se trata solo de un secreto de estado ligado a los viajes al espacio, sino de una forma de vida, un sistema político que para ese entonces funcionaba ya como una prisión.

Más allá del incómodo recurso de hacer hablar en inglés con acento británico a sus personajes, la serie convence de inmediato gracias a su clásica puesta en escena, a su composición de lugar y a su mundo opaco y severo. Y si bien toma un par de episodios entrar del todo en la compleja lógica de personajes y relaciones, una vez que queda claro el panorama, Star City funciona como un remedo de aquellas sagas de espionaje de los años oscuros de la Guerra Fría. Los que no tengan esas referencias cinéfilas en el horizonte (films como El espía que vino del frío, El topo o La casa Rusia, todos basados en novelas de John Le Carré o, calculo que menos aún, la serie de películas DAU, de Ilya Khrzhanovskiy) podrán encontrarle una línea de conexión con series como The Americans, en su constante y angustiante paranoia dentro de una época llena de descubrimientos tecnológicos y secretos mortales.