
Series: reseña de «CIA», de Dick Wolf y otros (Universal+)
Un agente de la CIA y otro del FBI, opuestos en método y carácter, se ven obligados a trabajar juntos resolviendo amenazas en episodios rápidos que privilegian la acción por sobre la profundidad. Estreno: 13 de mayo.
Esta entrada debería llamarse «En defensa de las series episódicas» pero el problema que tengo es que la serie en cuestión no es realmente tan buena. Tiene más sentido hablar del concepto en sí que de la serie CIA en lo específico, a la que me referiré unos párrafos más abajo. Es que ya hace algunas décadas, desde que las series dejaron de ser un consumo olvidable tipo comida chatarra y pasaron a ser algo así como productos prestigiosos del audiovisual, la idea de la serie episódica quedó fuera de moda, ya que la novedad era el desarrollo de personajes a lo largo de varios episodios, priorizando su complejidad y profundidad mucho más que los simples mecanismos de hacer avanzar una trama. Y eso, si bien no mató del todo a la clásica serie de esas que uno ve un episodio suelto y listo, las dejó en una zona aún más descartable que antes.
El problema es que con el correr de los años esas series «prestigiosas» que supuestamente venían a profundizar y complejizar el género fueron, en su mayoría, volviéndose tan mecánicas, previsibles y de fórmula como las episódicas de antaño, solo que extendidas en el tiempo. Esto es: para resolver alguna previsible trama policial no se tardaban 45 minutos sino ocho, diez o más episodios de esa duración o aún más. Y no siempre valía la pena el esfuerzo o la dedicación, ya que lo que había allí para contar realmente podía hacerse de un tirón. La profundidad y/o complejidad de los personajes ya está armada como una fórmula más, y la diferencia con las series tradicionales pasa más por cuantos giros, pistas falsas o vueltas de tuerca se le agregan al asunto. O la cantidad de actores famosos que convocan.

No digo que todas sean así, pero muchas. Y se expanden. Sigo creyendo que las series de largo aliento son una gran idea, pero no todas ameritan extenderse por seis, ocho o diez horas. Algunas pueden ser películas. Otras, directamente, un episodio que empieza, termina y se acabó. Y eso es lo que hay en CIA, la nueva serie de Dick Wolf, un veterano de las series de TV abierta, creador de clásicos como Law & Order —y todos sus spin offs— y de FBI, con sus derivadas, entre muchas otras. La nueva serie surge como una expansión lateral de FBI y su título, si bien no explica todo, deja más o menos en claro qué tiene entre manos.
No, no es una serie sobre las andanzas dea la Central de Inteligencia de los Estados Unidos por el mundo sino que trata sobre algo que, en la realidad, es bastante más sinuoso: las operaciones que hacen dentro de los Estados Unidos, donde supuestamente no pueden actuar. Pero aquí, con un pase de magia televisivo, aparece una solución: ¿por qué no armar una unidad especial de la CIA que trabaja con la colaboración del FBI para así legalmente tener la posibilidad de hacerlo? Y si ese es el truco: ¿por qué no juntar a un agente de la CIA y a otro del FBI y ver qué pasa entre ellos?
Es así que CIA funciona como un thriller de espionaje y una buddy movie en la cual un agente oscuro y poco afecto a los procedimientos legales de esa agencia llamado Colin Glass (Tom Ellis) tiene que trabajar en tandem con Bill Goodman (Nick Gehlfuss), un agente del FBI de esos que cumplen las reglas a rajatabla. No será una unión fácil pero, se imaginarán, de a poco se darán cuenta que ambos tienen los mismos objetivos: cuidar a los Estados Unidos de las amenazas extranjeras, algo que parece estar muy en conjunción con los tiempos que corren.

No, CIA no es una serie políticamente correcta y sí, en los episodios adelantados se toparán con un festín de terroristas asesinos y tramposos. Pero uno sabe que estas series funcionan con una mentalidad de la guerra fría —cuando reinaban en la TV abierta y no existía ni el cable ni mucho menos el streaming— y no tiene sentido pedirle otra cosa. A la vez, en los primeros episodios hay sorpresivos toques de «modernidad» que uno no esperaría en una serie que en los Estados Unidos se ve por la CBS, la más tradicional y conservadora de todas las cadenas.
Cada caso que empieza y termina en CIA ocuparía una temporada en Homeland o sus imitadoras. Y esto la hace ligera, de consumo rápido y acción constante. Es cierto: todo es igualmente previsible, entre obvio y banal, y los personajes y los diálogos apenas se acercan al standard mínimo de la WGA, pero al menos se consume en 40 minutos y ya. Hay series igualmente banales que se pretenden complejas que, para llegar a similares conclusiones, necesitan ocho veces ese tiempo.
En el primer episodio nuestros antihéroes lidian con un arma que funciona como una suerte de «onda de energía» dirigida que pone en peligro la ciudad de Nueva York. Lo resuelven y ya. En el segundo, terroristas libaneses entran al país con intenciones oscuras, caso que también —tras unas sorpresas— controlan y cierran. Y así, episodio a episodio. A la par Colin y Bill se van conociendo y empezando a reconocer el valor que tiene el otro, mientras cada uno esconde de los demás —no son los únicos en ese equipo, los acompañan Nikki y Gina, la jefa de ambos y la analista técnica, respectivamente— algunas cosas de su vida y su trabajo.
Los casos se resuelven a las apuradas, no hay tiempo para pausas ni largas reflexiones, las pistas falsas se descubren a los cinco minutos y todo termina con una mezcla de suspenso, algún toque emotivo y una sorpresa. Ni más ni menos que eso. CIA no va a cambiar la historia de las series ni pretende hacerlo. Es un show más de la TV clásica y uno que opera con ideas bastante anticuadas de cómo funciona el mundo. Pero al menos lo hace más o menos rápido y nos deja ocuparnos de otras cosas.



