
Series: crítica de ‘Cabo de miedo’ (‘Cape Fear’), de Nick Antosca (Apple TV)
Tras manipular su liberación, un asesino convicto inicia una campaña para destruir a la familia de los dos abogados que lo enviaron a prisión. Con Javier Bardem, Amy Adams y Patrick Wilson. Desde el 5 de junio por Apple TV.
Muchas veces me pregunto, cuando veo series como Cabo de miedo, quién es el que escribe a los personajes adolescentes y por qué se los presenta de esa manera. Es cierto, hasta un punto, que hijos adolescentes de familias conflictivas —o que atraviesan situaciones difíciles— pueden actuar de maneras impropias y meter a todos en problemas por la misma inseguridad, compulsión o ejercicio de acting out que los lleva a hacer, digamos, algunas tonterías. Pero sostener el peso narrativo completo de una serie usando como base que los adolescentes son directamente estúpidos y que no hacen más que complicarlo todo todo el tiempo es directamente ofensivo. Y ese es el pequeño gran problema que tiene Cape Fear, una serie intensa, violenta y por momentos atrapante que se sostiene narrativamente sobre la base de que los adolescentes son… idiotas.
Hay otro truco que muchos guionistas —como Nick Antosca aquí— utilizan para sostener, estirar y demorar los conflictos durante una inusitada cantidad de tiempo: la imposibilidad de las familias de hablar de lo que les pasa. Eso, que puede ser plausible por un limitado período de tiempo (por eso en las películas con una estructura en tres actos más clásica se siente menos), se torna insostenible cuando una familia, como los Bowden en este caso, está al borde de la total disolución —y no me refiero a divorcio sino a mutilaciones, cárcel e inclusive la muerte— y sigue sin ser capaz de confesar o hablar entre sí de sus secretos. ¿Cuántos riesgos de vida se pueden tomar antes de sentarte y contarle a tu pareja que lo engañaste o a tu padre que usaste su arma o a tu familia que los drogaste a todos? ¿Cuánto el espectador está dispuesto a dejarse arrastrar por las narices ante una trama que solo se sostiene por caprichos de guionistas necesitados de convertir lo que eran dos horas de película en nueve horas de una serie?

Ese es el principal problema de Cape Fear, una serie que tiene todo para ser excepcional pero que, promediando su tercer, cuarto episodio, empieza a entrar en una larga lista de caprichosas e implausibles situaciones que imposibilitan en el espectador cualquier conexión con lo que pasa. La serie basada en la novela The Executioners —que ya tuvo dos versiones cinematográficas, la más famosa dirigida por Martin Scorsese en 1991— funciona en un registro intensificado y excesivo propio de la ficción que coquetea con el terror, y eso le da un cierto aire, un pacto tácito con el espectador que lo invita a aceptar caprichos y personajes que toman siempre la peor decisión posible entre todas. Pero eso no puede sostenerse todo el tiempo y ser el único recurso narrativo que sostiene el conflicto. La chica que corre a la casa en la que está el monstruo puede funcionar bien si lo hace una vez en un film de terror. O dos. Pero si lo hace todo el tiempo, una y otra vez, no queda otra que pensar que a nadie se le ocurre otra idea de meter a los personajes en problemas. O que los adolescente en Estados Unidos tienen una edad mental de cinco años.
Esta larga serie de párrafos proviene de mi enojo creciente mientras veía Cape Fear. No molestia ni incomodidad, sino enojo, fastidio. Empezó como risas pero luego derivó en frustración, casi bronca. Hay un material de origen maravilloso, producción de Scorsese y Steven Spielberg, dos grandes actores como Amy Adams y Javier Bardem enfrentándose en una guerra psicológica llena de ambigüedades y grises, y parece que a nadie se le ocurrió otra cosa para sostener el conflicto que reciclar el tropo de hijos molestos con sus padres que no hacen otra cosa que ponerse y ponerlos en situaciones de alto riesgo permanentemente. A Antosca no se le cayó ninguna otra idea a lo largo de los ocho (de los diez) episodios que fueron adelantados a la prensa y entendió que ese iba a ser el motor del relato. Y prácticamente lo arruinó.
Fuera de este enorme problema, Cape Fear tiene todo para ser atrapante. Es la historia de un presidiario llamado Max Cady (Bardem, desaforado pero dando la clave justa para la propuesta visual) que sale de la cárcel luego de que nuevas evidencias dejaran en claro que no fue el culpable del crimen del que se lo acusa (que es distinto al de la película). Lo que sí la serie deja en claro de entrada es que esas «nuevas evidencias» no son tales y que parten de su talento para manipular a la personas para que hagan lo que él quiere. El hombre sale en libertad y todo parece indicar que intentará vengarse de los dos abogados que lo mandaron a la cárcel, Tom (Patrick Wilson) y Anna Bowden (Adams), que entonces fueron fiscal y defensor, respectivamente, pero en el juicio se enamoraron y se terminaron casando. Lo que Max supone —y no sin cierta razón— es que entre los dos se pusieron de acuerdo para condenarlo.

Pero hay mucho, muchísimo más que se esconde en ese pasado y en la relación entre los personajes, y en las historias de cada uno, algo que la serie puede, a diferencia de la película, explorar. Sabremos más de la vida previa de los tres —todas bastante problemáticas—, del nacimiento de sus hijos y de la vida nueva que Tom y Anna crearon, vida que —desde el punto de vista de Max— se sostiene en su sufrimiento y sus años de cárcel que lo tornaron aún más agresivo que antes por la propia lógica violenta de la prisión. Pero como Anna trabaja para una organización que se ocupa de tratar de liberar personas condenadas por error, la mujer tiene que «actuar» cierta satisfacción ligada a su salida de la cárcel, cuando en el fondo sabe que las intenciones de Max son las de destruirla a ella, a su marido y a sus dos hijos adolescentes, el perturbado Zack (Joe Anders) y la inicialmente aplicada Nathalie (Lily Collias).
Una vez afuera, Max Cady hará todo lo posible para hacer implotar la vida de esa familia. O, al menos, eso parece. El hombre se presentará ante el mundo como alguien recuperado que quiere empezar una nueva vida —se volverá una celebridad online— pero la serie irá mostrando de a poco cómo la vida de los Bowden empieza a descomponerse, pieza por pieza, sin que aparentemente él tenga nada que ver. ¿Será así? ¿O el tipo logra manipular todo desde las sombras? Lo cierto es que de ahí en adelante los chicos empiezan a confundirse y no solo a dudar de sus padres —algo que hasta tiene su lógica, considerando sus secretos— sino que, llevados por las redes sociales y lo que escuchan a su alrededor, directamente ponerse en su contra, para luego arrepentirse, y luego volver a hacerlo, y arrepentirse, una y otra vez hasta el infinito.
Sin ese motor narrativo y con un par de episodios menos, Cabo de miedo podía haber sido una muy buena serie. Es más violenta, perversa y virada al género que la mayoría de las «series de prestigio», tiene a un villano bigger than life que intimida —Bardem siempre intimida— y una pareja protagónica que trata de mantener la fachada de familia perfecta cuando en realidad esconde —con el mundo, con los hijos y entre sí— una cantidad de secretos que harían las delicias de un grupo de dedicados psicólogos trabajando en conjunto. De hecho, más de una vez ellos van con sus hijos a sesiones de terapia, pero se podrán imaginar que los resultados no son demasiado reveladores.

Juliette Lewis —que tiene un importante cameo en la serie— también se dejaba seducir y metía a sus padres en problemas en la versión de Scorsese de esta misma historia, pero en la serie se vuelve mucho más constante, consistente y hueco, al punto de romper cualquier pacto de credibilidad, aún el más generoso. Y el problema no es solo de Antosca: gran parte de la narrativa serial anglosajona se sostiene en este tipo de recursos dramáticos. Quizás los adolescentes en Estados Unidos sean más estúpidos o perversos que lo que uno supone —es probable—, pero series como Cape Fear parecen casi una invitación a no tener hijos, especialmente si los padres tampoco las tienen todas consigo.
Para ser dos abogados prestigiosos y de gran reputación, Tom y Anne no parecen tener la mínima capacidad oratoria como para explicarles a sus hijos lo que está sucediendo y lo que sucedió en el pasado. De hecho, ni siquiera lo pueden hablar entre ellos de su situación. Y es ahí, en esa supina estupidez de la burguesía norteamericana, es donde el monstruo reside. Que no es Max Cady, sino ellos mismos. El hombre es solo su manifestación física, el que lo provoca y lo pone en su destructivo recorrido. El monstruo vivía allí desde mucho antes.



