Estrenos: crítica de ‘Franz’, de Agnieszka Holland

Estrenos: crítica de ‘Franz’, de Agnieszka Holland

por - cine, Críticas, Estrenos
30 Jul, 2026 02:50 | Sin comentarios

Esta inventiva pero irregular biopic convierte a Kafka en personaje e ícono, alternando tiempos y miradas turísticas mientras sacrifica profundidad por ingenio narrativo. Estreno en Argentina: 6 de agosto.

Todo aquel que se acerca a contar una historia sobre Franz Kafka parece sentirse obligado a darle algún giro retórico extra a su film. El más común (ver Kafka, de Steven Soderbergh) es enmarcar la historia dentro de algún dispositivo que pueda ser considerado como «kafkiano» y, preferentemente, en blanco y negro. En otros, como en la película argentina Los amores de Kafka, de Beda Docampo Feijóo (1988), involucraba a un director de cine viajando a Praga para filmar una película sobre el escritor. Franz, pese a estar dirigido por la polaca Agnieszka Holland —una veterana cineasta que suele manejarse con modelos narrativos clásicos y tradicionales, especialmente a la hora de las biopics y las películas históricas—, también cae en la tentación de «buscarle la vuelta» al asunto, como si no se pudiera pensar en Kafka sin agregarle algún tipo de recurso narrativo inesperado o, digamos, moderno.

Quizás sean sus historias laberínticas o, tal vez, el hecho de que su vida en sí no fue lo que se dice una espectacular cadena de hechos relevantes, pero lo cierto es que su vida raramente tiende a ser contada de forma lineal. En el caso de Franz, podríamos decir que se trata de una versión caleidoscópica, intermitentemente original y bastante autorreferencial que juega con la vida de Kafka, su obra y su enorme reputación como autor al punto de haberse convertido en un polo turístico en sí mismo. Es así que una escena puede mostrar a Franz entrando a un río a nadar y, tras un paneo de la cámara, uno se topa con un grupo de turistas asiáticos sacándose selfies en ese mismo lugar acompañados por un guía de turismo que le explica que, bueno, ahí nadaba el escritor y se tiraba luego a tomar sol.

Ese tipo de estructura es una constante en la película, a la que hay que sumarle una narración acronológica que va yendo y viniendo por diversas etapas de la vida del autor, incluyendo la suerte de buena parte de su obra, cuyo destino siguió siendo bastante incierto aún después de su temprana muerte, a los 40 años. Es que, si bien parte de sus textos conocidos fueron publicados mientras vivía (La metamorfosis, En la colonia penitenciaria y algunos otros), el autor no fue famoso en vida y su celebridad se disparó tras la «controvertida» decisión de su agente y amigo Max Brod de publicar sus novelas inéditas (El proceso, El castillo y otras) y sus muchas cartas tras su muerte, pese al expreso pedido de Kafka de destruirlas. De hecho, las desventuras de Brod para publicar sus textos dan para una película de aventuras por sí sola.

Es así que la película va recuperando la infancia de Franz (un Idan Weiss idéntico a las fotografías del autor) en una familia de Praga dominada con rigor por un padre cruel y agresivo (Peter Kurth), con una madre amable (Sandra Korzeniak) y varios hermanos y hermanas, entre las que estaba Ottla (Katarina Stark), su favorita y confidente. De ahí pasará a su adolescencia, a su pasión por la escritura escondida detrás de un trabajo en una aburrida aseguradora, a sus inseguridades personales, a breves lecturas o escenificaciones de sus textos y, especialmente, a las distintas y complicadas historias de amor (con Felicie Bauer, Grete Bloch y Milena Jesenska) en las que se enredó de una manera un tanto caótica.

Las idas y vueltas temporales de su biografía se cruzará todo el tiempo con paseos por una Praga que parece celebrarlo en cada esquina —incluyendo una enorme y peculiar estatua suya— y de una guía de su museo que, al explicar cosas de su vida, va conectando algunos puntos histórico-biográficos. Algunos de esos elementos son ingeniosos y sutiles, pero otros (como los turistas comiendo «las hamburguesas que comía Kafka») son burlones de una manera bastante banal. El cruce entre los dos modos de relato, muchas veces mezclados en las mismas escenas, funciona con bastante naturalidad aunque por momentos hacen perder de vista las tensiones específicas que fue atravesando en su vida.

Es que el mecanismo es tan notorio que, en cierto momento, uno ya está más interesado en pensar qué nuevo juego meta-narrativo propondrá el guión que en la propia historia de Kafka. Y si bien Weiss logra transmitir la mezcla de emociones y sensaciones que atravesaba su personaje —que podía ser tímido, sensible y apocado pero también cruel y hasta agresivo—, de a poco Franz va perdiendo peso propio. Y las paralelas desventuras de Max (Sebastian Schwarz), en un tiempo posterior, por «salvar» su obra, quedan mezcladas en el enrevesado esquema narrativo y pierden su potencia, si se quiere, épica.

Franz logra, de todos modos, hacer una pintura más o menos intrigante de la personalidad del autor, de su obra y, sobre todo, de su transformación en figura icónica en la que la realidad y el mito ya están completamente mezclados. Con un ritmo inusualmente ágil tanto para la obra de la realizadora de Europa, Europa como para este tipo de biopics, la película sobre el gran escritor checo puede ser fallida y, en más de un sentido, endeble por su desperdiciado potencial dramático, pero logra igualmente extraer algunos momentos verdaderos y sentidos de la vida de su celebrado y enigmático protagonista.