
Estrenos: crítica de ‘La invitación’ (‘The Invite’), de Olivia Wilde
Joe y Angela están en la cuerda floja, y esta noche podría ser el momento en que todo se desmorone definitivamente. Por desgracia, sus vecinos de arriba están a punto de llegar para cenar, y todo lo que puede salir mal está destinado a terminar mucho peor. Estreno: 6 de agosto.
Los vecinos, esa entidad indescifrable. Pueden ser amigos, enemigos o, simplemente, desconocidos. Pero están ahí, son parte de la vida y a la vez no lo son. Se meten cuando uno menos lo espera y también solucionan problemas cuando uno no lo imagina. La invitación es una película sobre vecinos y a la vez, no lo es. Aquí ellos son, más que nada, misteriosos catalistas que llevan a una pareja en dificultades a sacar algo así como sus trapitos al sol de una manera bastante incómoda. Y compartir un tiempo con ellos es también husmear otras vidas posibles, otras lógicas y otros hábitos a tan solo unas paredes de distancia. Todo, en el marco de una comedia amarga que se va volviendo un doloroso drama.
Todo empezó con una obra de teatro escrita por Cesc Gay estrenada en 2015 bajo el título en catalán Els veïns de dalt. Así se conoció en Barcelona, se la tradujo al castellano como Los vecinos de arriba y recorrió en ese formato muchos países, incluyendo un paso por Buenos Aires unos años después con dirección de Javier Daulte y con Diego Peretti, Muriel Santa Ana, Rafael Ferro y Julieta Vallina en los papeles principales. De ahí saltó al cine. La película original, Sentimental, la dirigió en España su propio autor —reconocido realizador de películas como Truman— y tuvo como protagonistas a Javier Cámara, Belén Cuesta, Alberto San Juan y Griselda Siciliani. El film fue también un éxito que deparó varias versiones internacionales (italianas, checas, suizas, coreanas y francesas) de la cual ahora llega, con el aura prestigiosa del sello A24, la hollywoodense.

Así llegamos a La invitación, una versión bastante fiel a la historia original, que tiene en los roles principales a la propia directora, Olivia Wilde, en el rol de Angela, y a Seth Rogen como Joe, su pareja. El supo tocar en una banda de rock y ahora da clases de música en un conservatorio, pero lo hace de la manera más apática posible. Sufre dolores de espalda y, en la personificación de Rogen, es un poco más woodyallenesco y patético que el más amargo y cínico que hacía Cámara en el film de Gay. Angela vive nerviosa y preocupada por tener la casa perfecta y soportar los fastidios permanentes de su marido —en este caso el papel es muy similar en tono al que hizo Siciliani—, que en general solo quiere paz y tranquilidad para hundirse en su autocompasión.
Pero esa noche invitaron a cenar a los vecinos de arriba. Bueno, ella los invitó. El asegura que no sabía y no tiene ganas de recibirlos. Discusión va, discusión viene —por la comida, la bebida, la incomodidad que le generan a él los vecinos en cuestión, que suelen tener una vida sexual muy ruidosa—, los susodichos arriban con la mejor de las sonrisas. Piña (Penélope Cruz, en un rol bastante modificado del original) es una sensual psicóloga de origen español y su pareja, Hawk (Edward Norton, él sí más parecido al de San Juan), es un bombero retirado, que notan de entrada que han llegado en un momento incómodo de la pareja. Y allí comenzará una noche de tensiones, revelaciones, nervios, humor y la creciente sensación de que nada saldrá bien.
Wilde, como directora, se mantiene más fiel aún que Gay a la estructura teatral de la historia, sin salir en ningún momento del amplio departamento y encontrando ángulos elegantes para ir dándole al espacio físico limitado un aire cinematográfico. Su versión —que cuenta con guión de Rashida Jones y Will McCormack— es, inicialmente, más intensa y decididamente virada a la comedia. En manos de Rogen y la propia Wilde, el ritmo es más nervioso y trepidante, y si bien muchas bromas y situaciones son idénticas a las de Sentimental, hay todo el tiempo giros propios ligados a los hábitos de la cultura estadounidense que se cuelan en el relato (Nota: merecería otra nota apuntar las diferencias culturales entre las versiones). Lo más cambiado del film original es el tercer acto, que aquí recorre algunos otros caminos, propone otras posibilidades y, de paso, estira los 82 minutos del film original a 107.

Pero La invitación funciona por derecho propio y es más que una copia del film del realizador de Krámpack y En la ciudad. Le suma tener un combo de actores notable, entre los que se destacan Rogen —que se maneja muy bien incluso en la parte más dramática del asunto— y Cruz, en un rol que se hace cargo de los estereotipos de «mujer europea de vida sexual intensa». El eje pasará, inicialmente, por las diferentes formas de vivir la sexualidad de ambas parejas y, a partir de algunas revelaciones, la trama irá virando hasta dejar al descubierto la profunda crisis personal que atraviesan Joe y Angela. De a poco, la película va dejando de lado la comedia de equívocos y confusiones para transformarse en el drama de una pareja cuya relación está estancada y parece encaminada a la disolución.
Divertida y con cierta densidad dramática, The Invite es de esas películas con las que muchos espectadores «de cierta edad» (estos son cuarentones y cincuentones) se identificarán, para bien o para mal, hasta el punto de la incomodidad. Pero la habilidad del guión para colar asuntos densos en un tono cómico facilitan la digestión de lo que, en el fondo, es un trago bastante más amargo de lo que parece en un principio. Los vecinos pueden ser un problema pero también pueden ser un incómodo espejo en el que mirarse a sí mismos.



