
Estrenos: crítica de ‘La Odisea’, de Christopher Nolan
El autor de ‘Oppenheimer’ firma una relectura maximalista del texto homérico que abraza la contradicción: abrumadora pero controlada, fallida pero imponente.
Hay que reconocerle a Christopher Nolan que no le tiene miedo a nada. Una película cronológicamente a la inversa, una en el que el espacio se dobla, otra en el que el tiempo se quintuplica, otra con una bomba atómica, una con un sujeto que por las noches anda con aspecto de murciélago y una que no se entiende siquiera qué cuernos pasa. En esa dimensiones siderales en las que se maneja, La Odisea podría ser casi un juego de niños, algo casi terrenal. Pero no lo es porque Nolan es un maximalista de órdago, un temerario, un dueño de un camión con acoplado que va al choque siempre porque sabe que el mundo se abrirá a su paso. O de última, si choca contra un objeto en apariencia inamovible algún estallido provocará.
Muy pocos se han atrevido a adaptar de lleno el mítico poema atribuido al Homero original. Han existido versiones, reducciones, traiciones, pero pocos tienen el aliento y el hubris para sentir que pueden hacerse cargo del mito, de ese texto con tanta carga y tradición. Nolan puede. Le importa poco y nada el qué dirán, los análisis y críticas de los académicos de todo lo que es griego, las dimensiones del desafío. A los 55 años, Christopher Nolan está en el momento perfecto para hacerse cargo de la tarea, habiendo dejado de lado —algo que empezó en Oppenheimer— esos jueguitos narrativos para adolescentes que lo caracterizaban y sin perder la potencia audiovisual que siempre tuvo su cine. Su Odisea es imponente, impactante, soberbia en los distintos significados que puede tener esa palabra. Se lleva puesto al espectador, al crítico, al académico y al que cree que Calipso es un género musical caribeño. No se le puede ofrecer resistencia. No tiene mucho sentido, tampoco, hacerlo.

¿Quiere decir esto que es una gran película? No necesariamente. Pero es una experiencia abrumadora, invasiva, total. Nolan no es necesariamente sutil, siempre corre a una velocidad de más que la necesaria, pero tiene un control absoluto de su territorio, del universo en el que sus criaturas viven y se mueven. Es que si algo hay en La Odisea es eso: movimiento. Es una mezcla de road movie sin road de por medio ni brújula que sirva para guiar a nadie, un viaje a lo (des)conocido, una máquina narrativa implacable aún cuando se lleve puestas muchas tradiciones en su espíritu atronador. Lo que diferencia a su film de las películas épicas hollywoodenses o paneuropeas de los años ‘50 —el recordado peplum, el “espadas y sandalias”— pasa por ahí: por la agresiva convicción de su director de estar contando una de las historias más antiguas de la tradición occidental como si fuera el único que puede hacerlo. Y si no te gusta, problema tuyo.
Voy a dejar de lado los párrafos en los que suelo contar un poco de qué se trata el asunto de cada película. Un tanto porque sería eterno desarrollarlo en detalle, otro porque cualquiera que haya estudiado algo en alguna escuela lo sabe y otro porque, quizás, haya quien no tenga idea de qué va todo esto. En lo básico, La Odisea se ocupa del complicado y enrevesado intento de Odiseo (Matt Damon) de regresar a su hogar en Ítaca tras combatir en la Guerra de Troya, arrancando por el caballo. La historia tiene una pata en Itaca —donde Penélope (Anne Hathaway) lo espera, tejiendo y destejiendo, manipulando pretendientes (Robert Pattinson encarna al más encumbrado de todos ellos) que quieren reemplazarlo, y donde su hijo Telémaco (Tom Holland) a su modo lo busca— y otra en el recorrido, uno que el propio Odiseo va recordando mientras pasa más tiempo del necesario en una isla junto a una tal Calipso (Charlize Theron). Y en ese racconto está el viaje de todos los viajes: la saga de encuentros y desencuentros, de masacres, de criaturas y dioses, de vientos y mareas que, más tarde que temprano, debería depositar a nuestro arquetípico héroe de regreso en su casa.
Los especialistas en el asunto podrán reclamar por o admirar los cambios en el orden de las cosas, en puntos específicos de la saga —no todo lo que pasa aquí sucede de la misma manera ni en el mismo momento en el original— y en la relativa baja presencia de los famosos dioses, que se hacen notar más por lo que mueven y generan que por tener actores de carne y hueso que los representen. Acá, el único con chapa de autopercibida deidad para manipular todo el asunto es el director. Y no le hace falta representantes sobre la Tierra o dentro del lienzo en el que la historia se desarrolla: es él quien hace mover los vientos, el que crea las tormentas, el que remueve los mares e impone criaturas y personajes de todo tamaño y aspecto (Polifemo, Circe, Tiresias, Escila, los lestrigones y… Travis Scott) con los que el atribulado pero persistente Odiseo tendrá que lidiar por años y años, sin posibilidad de pausa de hidratación alguna.

Quizás el cambio principal, el que moderniza la historia y la pone en una perspectiva propia del Siglo XXI, es la manera en la que su protagonista lidia con su propia aventura. Ya no es el recuento de hazañas ni (solo) la habilidad de sobrevivir a las tempestades. Es también el dolor, la culpa, el arrepentimiento, la manera en la que —Nolan dice que Homero dice— en la Guerra de Troya se empezó a pudrir todo, que el aquel celebrado ardid fue el que abrió las puertas de un desastre humanista que continúa hasta hoy. Es, claramente, una relectura del mito que le da peso dramático a su última parte —una en la que Nolan coquetea, demasiado para mi gusto, con el cine de superhéroes o con el John Wick de la Antigua Grecia—, pero que se siente un tanto impostada. Las leyes de Zeus —esas reglas morales acerca de cómo tratar a los otros, el respeto al extranjero, la hospitalidad, la xenia— empiezan a perderse allí para nunca más recuperarse. Y esa contradicción con la que, al menos en esta versión, vive Odiseo, es la que Nolan presenta como eje, tema y trauma de su relato.
La Odisea no tiene fallas en sus rubros técnicos, como era previsible, pero sobre todo se destaca por la manera en la que evita que la enorme cantidad de información que maneja se traslade de manera morosa y mecánica al espectador. Nolan muchas veces peca de hacer dos películas en una —la que cuenta lo que cuenta y la que explica lo que pasa mientras la cuenta— y acá ha logrado, en buena medida, librarse de la chorrera de datos, nombres y hechos. Eso sí, por momentos parece una película apresurada, incapaz de poner un freno y dejar que la inmensidad en la que se mueve su protagonista resuene emocionalmente. Será difícil que Nolan triunfe en un terreno que le es desconocido: cada vez que ha querido buscar la emoción en su cine no ha sabido bien cómo hacerlo o ha exagerado los mecanismos para sacar una lágrima al espectador. Acá lo logra con cosas mínimas —ya verán lo que sucede con un perro llamado Argos—, pero le cuesta del todo hacernos creer que la relación amorosa que tiene con Penélope es lo suficientemente fuerte como para sostener todo el andamiaje que moviliza a Odiseo a regresar a Ítaca.
Decir que se sienten las influencias de El Señor de los Anillos o de Juego de tronos es dar vuelta la cronología: son esas sagas las que han bebido de La Odisea y no al revés. Pero lo cierto es que esas son referencias visuales con las que un espectador de cine de estos tiempos puede identificarse, sentir como familiares. Entre lo realista y lo fantástico, entre lo humano y lo mitológico, entre los Dioses y los hombres, Christopher Nolan ha creado un blockbuster de otra era, uno que parece todavía atender al peso de lo físico (muchos efectos prácticos, 70mm, su ruta) y que refleja la brutalidad de la guerra en su dimensión más oscura sin dejarse llevar por la banalidad digital y de IA generativa que se imponen en estos tiempos. El suyo puede ser un gesto solemne y soberbio, pero el hombre tiene de dónde agarrarse. No todos se atreven a contar la mayor historia jamás contada. Hay que tener coraje y ser un poco demente para hacerlo. Y aún con sus excesos, su hubris y su impostura, Nolan lo ha hecho. La Odisea es su película definitiva: todo lo previo fue prepararse para ella.



