Estrenos online: crítica de ‘Christy’, de David Michôd (HBO Max)

Estrenos online: crítica de ‘Christy’, de David Michôd (HBO Max)

por - cine, Críticas, Estrenos, Online, Streaming
08 Jul, 2026 05:44 | Sin comentarios

Una boxeadora en ascenso oculta su identidad y entra en un matrimonio peligroso con su entrenador, mientras la fama y el control la arrastran al colapso. Con Sydney Sweeney, Merritt Wever y Ben Foster. Desde el 10 de julio por HBO Max.

A Sydney Sweeney le sucede lo mismo que a muchos actores y actrices de Hollywood que se vuelven célebres más por su aspecto, acciones y/o presencia en redes sociales que por su talento: suelen ser menospreciados o pasados por alto cuando intentan actuar de una manera, digamos, más «seria». Lo han visto en muchas premiaciones recientes en las que, salvo excepciones, por lo general se los celebra y candidatea hasta que pierden, como fue el caso de Demi Moore o Pamela Anderson, por citar solo algunos. El de la actriz de Euphoria es un caso relativamente similar, pero aún más cruento. Parece haber hasta cierto desdén respecto a lo que Sweeney hace en su faceta más «indie», como si nadie le creyera del todo el trabajo puesto en eso y lo consideraran tan solo una movida estratégica de su carrera.

Tal vez lo sea, quien sabe, pero todos los que vimos un film como Reality sabemos que Sweeney es talentosa y puede actuar, que no es solo el personaje voluptuoso que se creó alrededor de ella y que la actriz también explota. Christy fue un gran fracaso comercial y un film ignorado por completo a la hora de las nominaciones el año pasado. Y si bien no voy a ponerme a considerarlo una gran injusticia, sorprende la poca atención que se le ha dado, ya que dentro de sus convencionalismos de biopic deportiva está a la altura de muchas otras mucho más celebradas. La de Michôd puede no ser una gran película —no se le acerca a Million Dollar Baby, de Clint Eastwood—, pero no deja de ser un interesante, seco e intenso drama sobre una de las pioneras del box femenino y su complicada vida personal y profesional.

El cine de boxeo es un standard hollywoodense con sus distintas subtramas y formatos. Y Christy pertenece a la clásica del ascenso y caída, solo que a diferencia de otras la parte dura del relato tiene menos que ver con el boxeo en sí que con el mundo que rodea a la protagonista. Es una historia que combina la parte deportiva con la del empoderamiento feminista, poniendo en el centro a una mujer que empezó a triunfar en el mundo del box femenino cuando ese deporte no era tomado para nada en serio, a fines de la década de 1980. Una mujer que vivía, además, una complicada situación personal al no poder —por motivos familiares pero también sociales— salir del closet, lo que la terminó llevando a tener que vivir una más que problemática relación matrimonial con su entrenador, Jim Martin (Ben Foster).

Todo arranca cuando la intensa Christy Salters (se hará llamar luego Christy Martin), que juega al básquetbol, tiene una serie de peleas en las que demuestra su furia y que la llevan a querer probar en un ring, terminando en lo del tal Martin, un tipo que no quiere saber nada con entrenar a una chica pero que, tras verla pelear, cambia de opinión. Christy gana muy poco dinero con sus peleas hasta que aparece en escena el famoso promotor Don King (Chad L. Coleman) y la lleva a los primeros planos: combates por TV, «bolsas» más suculentas y una fama que la llevó a ser considerada la pionera y máxima representante de ese deporte en la década de 1990. Y ese recorrido —que tendrá sus obvios contratiempos— será el eje narrativo más tradicional del film.

Pero en paralelo corre otro, que empieza en las dificultades que tiene con sus padres (especialmente su terrible madre, encarnada por Merritt Wever) a la hora de que la acepten tal como es. Christy tiene —en secreto, pero como todo esto pasa en un pueblo chico de West Virginia lo saben todos— una pareja llamada Rosie (Jess Gabor) y no hay chance de que la acepten. Y al empezar a hacerse famosa, la chica toma la decisión de tapar por completo ese aspecto de su vida y tener una relación con su entrenador. Al principio, todo parece ir bien y ella hasta cambia su aspecto por uno más convencionalmente femenino. Pero con solo verle la cara a Foster (un actor acostumbrado además a interpretar a insidiosos y siniestros tipejos), uno se da cuenta que, más temprano que tarde, empezarán los problemas. Y eso es lo que termina sucediendo.

Christy podría dividirse en dos mitades claras y, si se quiere, una coda. La primera deja planteados los conflictos pero se organiza como una historia de lucha y superación personal, en plan casi una Rocky femenina. Pero a partir de una serie de situaciones deportivas complicadas (una pelea muy exigente es la principal de todas ellas), empieza la debacle, pero una que no se da tanto dentro del ring sino afuera, en su vida personal, cuando el férreo control que Jim tenía sobre la chica empieza a volverse agobiante y, sobre todo, peligroso.

En esa segunda mitad la película pierde cierta tensión ya que empieza a recorrer un camino bastante previsible, pero aún así el realizador australiano de Animal Kingdom y El cazador se las arregla muy bien para mantener un tono seco, cortante, áspero, sin apelar al más subrayado melodrama ni a recargar las tintas con cierta pornografía de la violencia de género. La situación ya de por sí es bastante agobiante y lo que Michôd hace es mostrarla con cierta distancia, sabiendo que impacta por sí sola, sin necesidad de agregarle nada más. Y eso mismo se nota en las actuaciones. Si bien ambos están muy caracterizados —pelucas, vestuarios, acentos—, eso no se traslada a nada que pueda ser llamado sobreactuación. Más bien, todo lo contrario.

Quizás esa sequedad es la que llevó a que Christy no obtenga nominaciones ni éxito comercial ni demasiado reconocimiento crítico. Es un film al que le falta la épica que uno espera en este tipo de relatos, tanto en sus momentos eufóricos como en los más dramáticos. Michôd elige un registro más duro y directo —más australiano, si se me permite la generalización— y eso, que es bueno para el film, tal vez no sea lo que mejor funciona con un espectador estadounidense más acostumbrado a cierta grandilocuencia para uno u otro lado. Es un film que quizás no genere demasiadas pasiones ni que pueda considerarse una gema oculta —le falta algo ahí, quizás en la relación entre los personajes, quizás en la forma algo mecánica en la que se desarrollan los acontecimientos—, pero es un relato más que atendible que confirma que, cuando tiene un buen material por delante, Sweeney puede ser mucho más que una celebridad mediática.