
Estrenos: crítica de ‘Esa cosa con alas’ (‘The Thing with Feathers’), de Dylan Southern
Tras la muerte de su esposa, un padre pierde de forma progresiva el control de la realidad cuando siente una presencia que acecha desde las sombras. Estreno en Argentina: 3 de septiembre.
El lenguaje cinematográfico tiende a ser el más complicado para lidiar con las metáforas. Lo que en la literatura o aún en el teatro puede ser aceptable bajo los propios códigos que cada uno de esos lenguajes propone, en cine se vuelve más arduo de resolver. Hacer visible una idea simbólica es siempre un desafío. Se corre el riesgo de la literalidad, del subrayado, de la obviedad. Y, si los códigos que usa son los del realismo como es en este caso, la frontera con el ridículo está ahí nomás.
Esa cosa con alas se salva de caer ahí porque tiene, en su centro, una muy comprometida interpretación de ese gran actor que es Benedict Cumberbatch. En su rol como un padre de dos chicos que acaba de quedar viudo y no logra procesar la inesperada y dramática noticia, el intérprete británico lo da todo para transformar la idea conceptual de esta película en algo creíble y verdadero. No lo logra porque la tarea es poco menos que imposible, pero le evita el escarnio, caer aún más bajo. Es que la película de Dylan Southern raramente funciona, muy pocas veces produce algún efecto que no sea otro que el del fastidio y la incomprensión.

Todo empezó con una novela breve, Grief is the Thing with Feathers, de Max Porter, publicada con éxito y premios en 2015. El texto se convirtió en un también celebrado unipersonal teatral que tuvo, inicialmente, a Cillian Murphy en el rol del Papá (al personaje solo se lo conoce como «Dad») viudo en cuestión. Y ahora llega al cine apostando a que lo que funcionó antes lo siga haciendo en este nuevo formato. Pero el concepto central lo torna difícil. Y el realizador no logra atravesar esa barrera.
El film nos introduce de entrada en la vida de un hombre —un dibujante de novelas gráficas— que está en pleno duelo por la muerte de su esposa y que trata de lidiar, sin poder hacerlo, con dos pequeños niños a los que tampoco se nombra (los interpretan Richard y Henry Boxall), quienes a su manera caótica procesan la angustia causada por la muerte de su madre. Nada parece sacarlos de la literal oscuridad en la que viven (Southern subraya la idea con una fotografía… oscurísima) y el padre va perdiendo los estribos, la compostura, se angustia y no sabe cómo hacer para seguir. Y los chicos a su manera se dan cuenta.
En plena crisis empieza a escuchar unos ruidos extraños: ventanas que se abren, sonidos que parecen ser voces y cosas que se mueven. Y pronto se topa con «la cosa con alas» en cuestión: un gigantesco cuervo que le habla (interpretado físicamente por un disfrazado Eric Lampaert, pero con la voz de David Thewlis) y que funciona a modo de agresivo y hasta cruento terapeuta. El hombre siente ir enloqueciendo mientras una voz con acento callejero no hace más que enojarse con él y criticarlo por todo lo que hace, al punto de burlarse de ser el cliché del padre triste viudo de las películas. La voz, claro, parece salir de una rara criatura que claramente no está ahí. Y nuestro protagonista empieza a elaborar así un duelo del que le costará mucho empezar a salir.

Southern no juega al género, no intenta —más allá de algunos iniciales jump scares— asustar al espectador con la presencia del cuervo en cuestión. Lo ubica ahí, con su forma rara y su fastidiosa manera de aparecer y desaparecer todo el tiempo, y va construyendo de a poco lo que seguramente en teatro funcionaba como un crudo desgarro en tiempo presente. El realizador, especialista en videos musicales, trae otro ritmo, otros modos de narrar (edición veloz, música permanente) y lo que va armando es una suerte de psicodrama fantástico que más que avanzar hacia algún lado no hace más que encerrarse en sí mismo.
Pese a una premisa que no funciona, The Thing with Feathers tiene sus momentos emotivos gracias a un actor que se sostiene muy bien ante los violentos primeros planos que le dedica el realizador y que conmueve solo con su rostro lleno de angustia e incomprensión ante la difícil situación que le (les) toca vivir. Y los chicos también tendrán su conexión con la criatura en cuestión, ya que en un momento el punto de vista cambiará y el film se abrirá a la idea de que ese cuervo que, en lugar de venir a llevarse al muerto, viene a ver cómo puede sacudir de vuelta a la vida a los que dejó atrás. Pero el asunto nunca termina de encajar y lo que queda es la idea (fallida) de una película sobre el duelo que se desarma por una aguda sobrecarga de literalidad.



