
Estrenos: crítica de ‘La guerra de los últimos’ (‘The Dog Stars’), de Ridley Scott
Tras una devastadora pandemia, un piloto y su compañero intentan mantenerse con vida mientras buscan conexión, comunidad y alguna forma de esperanza. Con Jacob Elordi, Margaret Qualley, Josh Brolin y Guy Pearce. Estreno: 27 de agosto.
Escrita mucho antes de la pandemia del Covid —se publicó en 2012—, la novela The Dog Stars planteaba lo que podría suceder en el caso de que un virus de esa dimensión y magnitud acabara con buena parte de la población mundial, dejando apenas unos pocos sobrevivientes en apariencia desperdigados por distintos lugares del mundo. Filmada ahora su adaptación cinematográfica —por Ridley Scott, nada menos—, la distopía que planteaba la novela no parece tan descabellada. De hecho, allá por 2020 y 2021, estuvo muy cerca de suceder. O, dicho de otro modo, sucedió de un modo ligeramente más controlable que el que se ve aquí.
La adaptación al cine, que lleva como título en castellano La guerra de los últimos, es un ejercicio que trata de pensar las consecuencias de un hecho así. El guión de Mark L. Smith no se toma demasiado trabajo en explicar qué es lo que sucedió. Como cualquiera que haya visto películas post-apocalípticas, en el fondo importa poco y nada qué es lo que lo causó. Preocupa más cómo reaccionó la humanidad ante una situación como esa. A juzgar por lo que se ve acá, uno podría decir que —salvo contadas excepciones— lo han hecho mal. Muy mal.

Jacob Elordi encarna aquí a Hig, uno de los aparentemente pocos sobrevivientes a ese cataclismo que, de un modo bastante indefinido, fue causado por algún tipo de virus. El hombre pilotea un avión, vive en un aeropuerto abandonado junto a su perro fiel (y algo viejito), y acompañado por Bangley (Josh Brolin), uno de esos «preparacionistas» que parecen haber practicado su vida entera para afrontar de la mejor manera posible una situación así. La convivencia no siempre es del todo amable, pero se complementan bien. Hig viaja en el avión a buscar en la cercana (y abandonada) Denver a conseguir provisiones de todo tipo y Bangley defiende el territorio con una clínica y desapasionada violencia. Si alguien se acerca cargando un arma, para él hay que disparar primero y preguntar… bueno, no se pregunta nada: se liquida el asunto, se quema el cadáver y ya.
Pero Hig es inquieto y no se conforma con esa situación. Está obsesionado por hallar el origen de un llamado por radio que proviene, en apariencia, de la relativamente cercana ciudad de Grand Junction y, cuando sucede un hecho trágico por una desaveniencia entre ambos, el joven decide abandonar el refugio y salir hacia otros destinos. El viaje, sin embargo, tendrá más problemas y peripecias que las imaginadas, y Hig literalmente caerá del aire en donde viven Cima (Margaret Qualley) y su padre, al que llama Pops (Guy Pearce). Y allí empezará a crearse la sensación de una posible nueva vida para él. A la vez, una serie de eventos desafortunados que azotan a ambos campamentos ponen esta nueva realidad en peligro.
La guerra de los últimos tiene un muy buen comienzo: calmo, reposado, con momentos de tensión breves que aparecen de un modo natural. A su manera se presenta como un western del más salvaje Oeste con dos personajes sobreviviendo en su improvisada fortaleza a los ataques que pueden venir de cualquier lado. Y, al menos hasta cierto momento, la película conservará cierto reposo, una mirada casi melancólica que parece entrometerse en un relato que en apariencia pide más acción. Claro que la acción llegará —es Ridley Scott, después de todo—, pero cuando lo hace la película empezará a perder fuerza. Y sigue perdiéndola hasta el final.

Es que luego del primer acto —o quizás promediando el segundo—, empiezan a acumularse, en el mismo momento, una serie de ataques, errores, problemas y asuntos violentos que hacen que el espectador se pregunte cómo fue que lograron sobrevivir todos más o menos enteros hasta entonces. De distintas maneras y casi al mismo tiempo, ambos campamentos (el de Bangley por su lado, y el de Hig, Cima y su padre por el otro) son atacados por distintas fuerzas. Y a los sobrevivientes no les queda otra que buscar el mítico destino de Grand Junction, sin saber realmente con qué se toparán allí.
En esa segunda mitad da la impresión que Scott pierde el control del film o se compromete a seguir al pie de la letra los mecanismos de un guión que se pasa de rosca, sin lograr captar la esencia de lo que empieza a suceder. Al veterano realizador le cuesta más el absurdo, el humor y la extrañeza que aparece allí. Y en The Dog Stars queda claro que, cuando la película entra en ese territorio, Scott se pierde casi por completo. Todo lo que había manejado decorosamente en la construcción de ese universo se echa por tierra cuando aparecen nuevos personajes y situaciones un tanto más absurdas y casi ridículas. Allí parece que estamos ante otra película —menor, excesiva, de otra estirpe literaria y cinematográfica— con la que Scott no sabe cómo lidiar. Quizás David Lynch podría haberlo hecho mejor. Pero no es un territorio que le sienta bien al octogenario realizador de Alien y Blade Runner.
Una película post-apocalíptica que se pregunta sobre la solidaridad, la crueldad y la posibilidad de crear comunidad frente a la idea de sobrevivir cómo sea, La guerra de los últimos es una película rara, truncada, que parece cambiar bruscamente de un momento a otro y que no logra aprovechar los méritos hechos en su primera y más reflexiva parte. Scott le suma al film un par de escenas de acción que no están en la novela. Y si bien las maneja con su acostumbrada solvencia, se sienten impostadas, puestas allí para satisfacer la demanda de un supuesto público que necesita algún tipo de carnicería humana en su entretenimiento cinematográfico. Que esa carnicería sea antitética a lo que la película propone —como sucede con las películas de guerra supuestamente antibélicas— quizás sea un tema que el cine deba replantearse a sí mismo.



