
Estrenos: crítica de ‘La muerte de Robin Hood’ (‘The Death of Robin Hood’), de Michael Sarnoski
Un Robin Hood envejecido enfrenta la violencia de su pasado mientras busca redimirse, descubriendo la dolorosa distancia entre la leyenda y la realidad. Con Hugh Jackam y Jodie Comer. Estreno en Argentina: 20 de agosto.
Los mitos, las historias que se cuentan, no siempre son representativas de los hechos reales. Los cuentos contados oralmente a través de generaciones alteran, modifican o tergiversan lo que sucedió o pudo haber sucedido. Esto es así y lo era aún más en la Edad Media, cuando la única transmisión de las historias era de modo oral. El de Robin Hood es uno de esos casos. La imagen moderna del personaje —la del ladrón bondadoso— es un mito romántico construido muchos siglos después y poco tiene que ver con los hechos históricos más o menos probados de las oscuras baladas originales. Pese a lo que cuentan decenas de películas y leyendas, Robin no era un noble que «robaba a los ricos para darle a los pobres» sino un forajido peligroso y bastante violento que robaba a cualquiera y mataba con saña a quien se enfrentara a él. Algún acto de bondad habrá tenido, pero estaba lejos de ser el benefactor de los campesinos arruinados, el progre del bosque de Sherwood.
La muerte de Robin Hood se aleja del mito de tres modos distintos. El primero, el apuntado en el párrafo anterior: Robin tenía muy poco de héroe y mucho de bandido y asesino. El segundo se especifica en el título: lo que veremos aquí no será su vida sino su última etapa, los momentos que lo llevaron a reflexionar y analizar las cosas que hizo y los desastres que generó. Y el tercero es formal. En manos del realizador de Pig, Michael Sarnoski, la película que cuenta esta otra historia tiene poco que ver con el registro de acción y aventuras que suele acompañar su derrotero. Aquí el mito se rompe también desde la puesta en escena: la vida (más bien la muerte) de Robin Hood es un trago amargo, triste y melancólico que tiene más en común con los austeros dramas escandinavos o el cine épico soviético que con cualquier formato de súper-acción.

Por más que Hugh Jackman le ponga su cuerpo y su rostro, no esperen de este Robin Hood una comedia de aventuras acompañado de sus merry men. Si vieron Pig podrán imaginarse el tono. Sarnoski va por el carril opuesto. Su historia es densa, oscura, violenta, con más puntos en común con las películas de Robert Eggers —el director de El faro y Nosferatu— que con un blockbuster de alto impacto taquillero. Solo toma un segundo acomodarse a la propuesta. El impacto audiovisual es tal que, apenas el espectador entre en un clima brumoso, una música y un tempo más cercano al cine de Andrei Tarkovski que al de Michael Bay, rápidamente se sentirá en buenas manos. Sarnoski sabe lo que hace, entiende que la historia que quiere contar requiere de un tono bastante lúgubre (aún con la luz del sol) y se dispone a que el espectador lo siga en su camino. Es un film de A24, así que no hay derecho al pataleo ni a decir que no se lo esperaban…
La historia arranca con Robin (Jackman), ya muy mayor y canoso, liquidando de una manera impactante a una chica muy joven que viene a vengarse de él por los familiares que, asegura, él mismo le mató. Nada de empatía ni de comprensión aquí. Una menos y de la manera más brutal imaginable. De entrada queda claro —él mismo se lo dice a la joven— que las historias que se cuentan sobre Robin Hood no tienen nada que ver con la realidad. Y la forma en la que él actúa con ella lo deja claro. No es un héroe ni mucho menos. De hecho, tiene mucho más de villano que de cualquier otra cosa.
La primera parte del film puede dar la impresión que marcha hacia un relato de acción ya que en la primera media hora hay por lo menos tres enfrentamientos brutales que terminan dejando al protagonista maltrecho. Tras reencontrarse con su compinche Little John (Bill Skarsgård, otra conexión con el mundo Eggers), que ahora se esconde tras un nombre falso, ambos intentan salvar a la mujer y a la hija de su amigo que están siendo atacadas por los dueños de su tierra. La dupla logra salvar a la pequeña y asustada hija pero no a la esposa. Y luego de un enfrentamiento brutal con sus asesinos propio de Juego de tronos, John se da a la fuga no sin antes dejar a un malherido Robin en un perdido monasterio.

Allí lo atenderá la «priora» del lugar, la hermana Brigid (Jodie Comer), que intentará curar sus heridas. La mayor parte de la película transcurrirá en ese pequeño y solitario enclave religioso perdido en la brumosa campiña inglesa. Allí se irá configurando la relación entre ambos, aparecerá un enfermo leproso (Murray Bartlett) con el que Robin entablará una relación y arribarán otros personajes más que desafiarán la aparente decisión de nuestro herido antihéroe de dar fin a su vida como bandido y criminal. Sin dar nunca su nombre (dice llamarse Randolph), el hombre no quiere que se sepa quién es realmente. No sabe si sus interlocutores lo consideran un héroe por los cuentos que se cuentan sobre sus hazañas o lo conocen, de un modo más cercano a la verdad, como un ladrón y asesino. Y quieren vengarse.
Sarnoski se instalará ahí y construirá a partir de esa situación una suerte de drama moral, un recorrido emocional y espiritual que tiene bastante que ver con el que Christopher Nolan le adosó a Odiseo en su film sobre el poema de Homero: la culpa, el arrepentimiento, la búsqueda de redención. Tanto allí como aquí se siente a esos temas como materiales transportados al pasado por una cultura —o una forma de analizar la vida en sociedad— más contemporánea. Robin se cuestiona su crueldad, toma conciencia de los desastres que dejó a su paso y quiere redimirse antes de, como dice el título del film, partir de esta Tierra.
La personificación del avejentado Jackman, desprovisto de su frescura habitual, ya de por sí es un punto a favor del film. Pero también le suma el clima de asordinada tensión que se genera alrededor de los personajes, el tempo narrativo calmo que tiene, la angustia que los atraviesa y hasta el alternativamente brumoso y luminoso paisaje que los recibe. Es un film sobre la culpa y la redención, sí, pero también uno acerca de las historias que se cuentan, las ficciones que se transmiten generacionalmente y las narraciones épicas que suelen vender como hazañas asuntos que en la realidad fueron más sucios, ásperos y problemáticos. Según el film de Sarnoski, Robin siempre supo la enorme diferencia que había entre el mito y la realidad. Y solo al final de su vida intentó parecerse, al menos un poco, al personaje de la leyenda.



