Estrenos: crítica de ‘Pepita, la pistolera’, de Lucía Puenzo

Estrenos: crítica de ‘Pepita, la pistolera’, de Lucía Puenzo

por - cine, Críticas, Estrenos
29 Ago, 2026 12:17 | Sin comentarios

Una trabajadora sexual embarazada enfrenta el crimen, la explotación y el dominio masculino en el Mar del Plata de los años ‘80. Con Luisana Lopilato, Alberto Ajaka, Charo López, Claudio Tolcachir, Camila Peralta y Marcelo Subiotto. Estreno en cines: 3 de septiembre.

Con las vidas de Margarita Di Tullio —alias “Pepita la pistolera”— se podrían hacer varias temporadas de una serie. A lo largo de varias décadas, la mujer estuvo involucrada o relacionada con el crimen organizado, la prostitución, los cabarets y otras menudencias de “la noche” marplatense. Y en todos dejó su marca, su huella. De manera inteligente, Lucía Puenzo elige un breve período en su vida para pintar al personaje en todas sus facetas: fuerte, independiente, de armas tomar pero también sensible y a veces hasta temerosa. El recorrido que la realizadora de XXY construye en su film es uno, si se quiere, de liberación, de independencia, un viaje que la lleva a tomar algunas duras y difíciles decisiones en un momento de su vida en el que todo parece pender de un hilo.

Si bien la película juega entre los hechos reales y la ficción de una manera sigilosa, la acción se apega en términos generales a algunas circunstancias históricas de la vida de “Marga” (una gran caracterización de Luisana Lopilato), promediando la década del ‘80. Para cuando arranca Pepita, la pistolera ya es una mujer hecha, con experiencia en la noche marplatense como “copera”, pareja/víctima de su cafishio, El Cuervo (Alberto Ajaka) y ya embarazada, quizás de él, quizás no. Es que Di Tullio (nadie le decía por entonces “Pepita”, el apodo surgiría después) ya no trabajaba noche a noche con los habitués sino que tenía un solo cliente, Germán (Claudio Tolcachir), un marino que la “atendía” en el barco que capitaneaba y al que ella iba a trabajar con un grupo de chicas. El hombre parecía enamorado de ella y prometía comprarle una casa propia.

Con un tono sorprendentemente oscuro y sombrío, y un tempo más propio de un drama con ribetes trágicos que un policial convencional, Puenzo se ocupará de los intentos de Di Tullio por independizarse de El Cuervo, armando su propio local nocturno y llevando allí algunas de sus chicas. Y eso es algo que, por más intentos de negociación, no termina nunca de cuajar con ese siniestro sujeto. En el medio de sus esfuerzos por liberarse de un dominio más psicológico que otra cosa, Margarita llevará a sus chicas a unas fiestas privadas que organiza Perkins, un juez local (Marcelo Subiotto), fiestas en las que una prostituta hasta puede toparse con su propio padre. Pero, sobre todo, tendrán que cuidarse de un supuesto asesino serial que está matando a muchas chicas que trabajan en las rutas de la ciudad y sus alrededores.

Casi ripsteniana en su mezcla de realismo áspero con melodrama de los bajos fondos, Pepita, la pistolera no hace casi concesiones al cine comercial sobre figuras del prontuario policial argentino. Más allá de los hechos violentos que llegarán en su momento y cuando la tensión entre las partes se vuelva insoportable (el hecho es conocido y es el que le dio su nom de guerre pero no lo voy a revelar aquí), la película se manejará más bien por caminos sinuosos y lúgubres, y entre personajes siniestros e inmorales, un catálogo de la decadencia criminal argentina que no tiene nada de glamoroso, sino todo lo contrario. En ese sentido, la película tiene algún parecido con Historia de un clan, la miniserie de los Puccio a la que Luis Ortega le otorgaba un aire pesado y perverso.

A lo largo de una carrera desarrollada entre cine, series y literatura —y también entre Argentina y México—, Lucía Puenzo ha trabajado casi siempre en un registro incómodo, un tanto denso, sin buscar la aceptación o empatía fácil del espectador medio para con sus intrigantes personajes. Películas como El niño pez, Wakolda o la más reciente Los impactados conforman un cuerpo de obra en la que lo siniestro se hace presente en todos los ámbitos. En el caso de Pepita es el poder político, la policía, la justicia y el hampa.

Si bien Lopilato tiene algo de heroína de armas tomar, tampoco el film la presenta como tal. Es, más bien, una sobreviviente, una mujer que va aprendiendo de a poco y a los golpes a hacerse un lugar en el mundo, uno en el que no tenga que depender de un hombre para sobrevivir. Y esa es la cruenta epopeya que se narra aquí, una suerte de lucha armada para escapar de un destino probablemente terrible. La actriz se lleva todas las miradas desde su personificación de Margarita. Su manera guarra de hablar, de caminar con su embarazo a cuestas, sus dientes amarillos y su mirada penetrante se impregnan como marcas en cada plano que la tiene como protagonista, que son la mayoría. 

Ajaka, por su parte, ya nos tiene acostumbrados a esos personajes en el borde, de una intensidad tan brutal como insoportable. Y el muy solicitado Subiotto le encuentra mil matices a un personaje que otros simplificarían como un tipo simplemente siniestro. Pero también se lucen aportando lo suyo Charo López, Camila Peralta, Gala Nisenson y Adela Buendía como las integrantes del grupo de chicas que acompañan, ayudan y pelean con Di Tullio en su sorda pero densa batalla contra El Cuervo. Y con roles un tanto más desdibujados —quizás hayan quedado escenas fuera del corte final—, como parte de la banda mafiosa aparecen Esteban Bigliardi y Gustavo Bassani.

Pepita, la pistolera no es una biografía y tampoco un policial tradicional. De hecho, se acomoda de un modo bastante lateral a los requerimientos típicos del género. Es, más que cualquier otra cosa, un melodrama violento y abrasivo sobre el lado más oscuro de la noche, uno que transcurre en esos rincones sombríos a los que la luz nunca parece llegar. O, cuando llega, es por los disparos de las armas o los faroles de los patrulleros.