
Estrenos: crítica de ‘Solo por una noche’ (‘One Night Only’), de Will Gluck
Dos desconocidos desesperados por encontrar el amor chocan accidentalmente en una Nueva York ficcionalizada, precisamente en la única noche del año en la que las personas solteras tienen permitido tener sexo. Estreno en cines: 27 de agosto.
La ligereza de tono es, por lo general, algo que se agradece. En el cine y en casi cualquier otro aspecto de la vida. Lo curioso de Solo por una noche es la manera en la que esa ligereza se utiliza para hablar de algo que es, esencialmente, bastante macabro. Se trata de una comedia romántica bastante clásica, pero parte de una premisa un tanto llamativa. En el universo de la ficción, el gobierno de los Estados Unidos (no se dice qué tipo de gobierno es, salvo algunos que lo describen como «fascista») ha prohibido las relaciones sexuales entre las personas solteras, como una supuesta forma —nunca muy explicada— de promover el matrimonio. Mediante un elaborado sistema tecnológico de control, el gobierno impide de modo policial que la gente tenga sexo sin estar casada y, aparentemente, gran parte del mundo sigue su vida normal como si el asunto no fuera gran cosa.
Ya de por sí se trata de un modo llamativamente ligero para tratar algo por lo menos grave. No hay en todo el film un atisbo de rebeldía, de descontrol, de intento de cambiar una medida que apenas tiene tres años desde que se puso en funcionamiento. La gente soltera, parece, se ha acostumbrado a no tener sexo todo el año y sigue su vida como si tal cosa. Quizás lo hagan así por la excepción a la regla que da título y organiza la acción del film: por una noche, sí se puede tener sexo con extraños. Son doce horas permitidas en las que las personas pueden acostarse con quienes quieran, todas las veces que quieran. Y las autoridades dejan hacer. Hasta que amanece y hay que volver a la «normalidad».

En un contexto así de extraño funciona One Night Only, comedia que por casi todo lo demás muestra una Nueva York actual y sin demasiadas diferencias (más allá del encanto cinematográfico con el que las comedias románticas revisten a esa ciudad) con la real. Lo más llamativo es que, cuando empieza la historia —pocas horas antes del «permitido»— todo el mundo está desesperado por tener sexo, organizando planes, vistiéndose seductoramente, mirando a otros sin tapujos y con una industria ad hoc de implementos ligados al tema que explota. Es la noche del sexo para todos y todas. Y así se vive en esa ciudad.
Allí está Owen (Callum Turner), dueño de una pizzería en Manhattan, quien se junta con su novia Malika (Maya Hawke) para cenar, ya con un plan armado —por él— para la noche. Pero la chica ha decidido aprovechar el sexo libre para estar con otros y el mundo de Owen se derrumba. Sin plan y quizás sin novia a futuro, termina volviendo a la casa de su madre (Molly Ringwald), que también tiene otros planes para esa noche. Allie (Mónica Barbaro) es una cantante que hace jingles y que también se queda sola cuando su amiga y acompañante de esa noche consigue pareja muy temprano. La chica también intenta regresar a su casa, pero su otra amiga (que es lesbiana y, dice, no necesita de esa noche para engañar al sistema) le insiste a que salga sola y encuentre compañía. Es cierto que está lleno de hombres por las calles buscando chicas. Pero el estado de desesperación sexual puede ser problemático.
Y entonces pasa lo que tiene que pasar. Owen y Allie se chocan una y otra vez por las calles de la ciudad, pero siguiendo las reglas de la comedia romántica no se prestan atención o tienen otro candidato en puerta o suceden cosas que los hacen enemistar circunstancialmente. Y así. Lo curioso de Solo por una noche tiene que ver con que no tiene escenas de sexo ni desnudos y, más allá de cierta lascivia generalizada, vestimentas mínimas (para las mujeres) y algunos besos furtivos, es mucho ruido y pocas nueces. Y no es lo único, si se quiere, raro de la propuesta. Uno podría decir que, siguiendo la lógica y las acciones de los personajes, el guión termina asumiendo que ese control del sexo entre solteros quizás hasta sea una buena idea.

No lo dirá nadie directamente, pero la lógica del film —en el que, de modo clásico, se marcan a las claras las diferencias entre amor y sexo, o, dicho de otro modo, entre sexo con o sin amor— termina siendo casi tan puritana como las reglas que le dan su excusa argumental. Lo que parece proponer el guión al igual que el gobierno fascista de la ¿ficción?, quizás lo mejor sea que la gente solo tenga sexo con las personas que, saben, amarán «hasta que la muerte los separe». Cualquier otra cosa no tiene sentido ni entidad alguna.
Por fuera de eso, One Night Only tiene a su favor a dos actores encantadores que poseen cierta química y un elenco secundario de caras conocidas (algunos aparecen como breves cameos) que aportan algunas bromas relativamente graciosas. En su construcción espacio-temporal —y en algunas situaciones en las que los protagonistas se meten— el film del realizador de Anyone but You tendrá algún parecido con After Hours, de Martin Scorsese, clásico que hace uso además de locaciones reconociblemente neoyorquinas. Pero la comparación se queda ahí. La película de Gluck termina estando un poco atosigada por su propia premisa, esforzándose mucho para tratar de que el «concepto» central que la organiza funcione. Y no lo hace casi nunca.
Quizás ese sea el principal motivo por el que la gracia que por momentos sí tiene Solo por una noche de a poco se vaya diluyendo. El guión se mete en problemas al terminar, quizás hasta sin quererlo, adoptando la filosofía del «no sexo sin amor» que propone la fascistoide ley del gobierno de ficción. Y en ese berenjenal ideológico en el que se enreda nadie sale del todo bien parado. Es cierto que la comedia romántica apuesta, casi por principio, al amor romántico como solución a todo. Pero de ahí a que eso implique casamiento o celibato de 364 días al año en un mundo gobernado por los tipos de El cuento de la criada hay un paso enorme. A la película de Gluck se le olvidó ocuparse de su problema principal.



