
Locarno 2026: crítica de ‘Ketticè’, de Giovanni Tortorici (Competición Internacional)
Un adolescente siciliano aburrido atraviesa la adolescencia sin rumbo hasta que una nueva amistad le ofrece una conexión inesperada y otra perspectiva.
Giulio parece tener una vida acomodada, tranquila. Vive en Palermo (Sicilia), tiene 16 años, va al colegio pero no estudia demasiado y sus padres, de buen pasar, tienden a no meterse demasiado en sus cosas más allá de algún fastidio y reclamo de su madre, encarnada por Monica Bellucci. Tiene un montón de amigos y amigas con los que se junta a beber, a fumar y, especialmente, a mirar y a hablar de chicas; y un par de «amigovias» con las que reparte su tiempo y atención. Corre el año 2012 y todo el mundo se comunica y conecta vía Facebook.
Pero la fascinación que puede producir ese tipo de vida relajada del dolce far niente del adolescente es más del espectador que suya. Giulio (Salvatore Gallina) no parece entusiasmado por nada: no tiene ningún hobby, no le interesa nada de lo que estudia, juega en un equipo de fútbol local pero no va a los entrenamientos y tampoco parece preocupado por su futuro. Sus padres le levantan la voz, pero no más que eso. A su madre se la saca de encima por más reclamos que emita y el padre está en la suya y solo se acuerda de vez en cuando —cada vez que los llaman de la escuela porque no estudia— de retarlo.

Lo único que parece entusiasmarlo es Ketty (Rachele Testagrossa), una nueva amiga, una chica franca y directa con la que conecta rápidamente y se vuelve compinche. Su actividad principal en conjunto es agarrar el coche, ir a un barrio un tanto marginal, comprar marihuana y sentarse en el auto a fumar. Luego, se juntará con sus otros amigos —todos un tanto más entusiastas que él— y se dedicarán a mirar chicas, besar a algunas y a meterse en peleas, discusiones, chismes y rumores acerca de lo que pasa en la escuela y aledaños.
Ketticè es una suerte de hang-out movie, una que se entromete en la vida de estos adolescentes y los acompaña, en largas escenas de chimentos, chanzas, bromas y peleas. Hablando en dialecto siciliano, los protagonistas son expresivos, intensos, capaces de pelearse un minuto y ser grandes amigos al siguiente. Pero salvo por dos o tres instancias, no hay grandes giros dramáticos. Los que hay, pasan más que nada por Giulio y su conexión con su propia vida. No es un tema de novias, ni de celos ni de peleas con amigos —las hay, pero son secundarias—; su principal inconveniente es que no sabe muy bien qué hacer con su vida. Y esto de pasarse casi todo el día fumado está empezando a cansarlo también.
El film funciona muy bien como una exploración en la vida de estos adolescentes, creando personajes carismáticos y en algunos casos inolvidables. No solo Ketty —muy segura de sí misma y mucho más adulta de lo que parece, al menos por momentos—, sino sus amigos de la escuela y las chicas con las que se enreda. El film falla un poco en su retrato entre burlón y estereotipado de los adultos, incluyendo al personaje de la madre. Bellucci no logra hacer milagros con una mujer cuyo modus operandi excluyente es el reclamo, la queja y el fastidio.

Visualmente la película es, por lo menos, curiosa. Tortorici apuesta por momentos a rarísimos ángulos de cámara y cada tanto se pasa de rosca con ralentís y una musicalización de la más cursi música melódica o rap italiano de ese momento. Pero no pierde de vista nunca el espíritu de estar contando la historia desde el punto de vista de un personaje que vivencia esos momentos de ese modo, con esa curiosa distorsión. Cuando el consumo de drogas empiece a volverse un tanto inmanejable, la película usará esa percepción alterada como parte de su esquema visual.
La historia de un adolescente en busca de sí mismo que es también la historia de una amistad inesperada, Ketticè es algo así como una remembranza crítica de la adolescencia, llena de momentos reconocibles. Desconozco cuanto de autobiográfico hay en el film, pero todo parece indicar que se trata de un retrato (¿autorretrato?) muy personal y ligado a la vida del director. No, Giulio no descubre una cámara y a partir de eso su vida cambia, pero en sus confundidos intentos por salir de la nube de humo que lo rodea a todas partes, uno puede vislumbrar a un futuro cineasta. O, al menos, a alguien que sabe observar en detalle el mundo que lo rodea.



