Locarno 2026: crítica de ‘Princesa burro’, de Cristobal León y Joaquín Cociña (Competición Internacional)

Locarno 2026: crítica de ‘Princesa burro’, de Cristobal León y Joaquín Cociña (Competición Internacional)

por - cine, Críticas, Festivales
07 Ago, 2026 01:30 | Sin comentarios

En este film chileno que combina acción en vivo con animación, una princesa desafía la prohibición del amor y atraviesa mundos y géneros en una búsqueda lúdica e inquietante de identidad.

Entre el cuento de hadas clásico y el relato experimental con el que los realizadores de Los hiperbóreos acostumbran trabajar, Princesa burro es lo más parecido a un film tradicional de parte de los cineastas chilenos Cristobal León y Joaquín Cociña. Mezclando animación con actores en vivo de formas siempre sorprendentes, el film adapta una narración tradicional de reyes y princesas sacándola de sus escenarios tradicionales y llevándola hacia muchos otros, la mayoría de ellos inesperados. El resultado mantiene las características entre frescas y curiosas de todo su cine —una combinación extraña de sofisticación con amateurismo—, solo que en un formato más accesible para espectadores casuales. Bah, un tanto más accesible.

Diana (Antonia Giesen) es una princesa de un reino de aspecto (animado) medieval, viviendo con su padre, el Rey Arturo (Francisco Melo), quien tras la muerte trágica de su esposa —y madre de Diana— decide prohibir el amor. Previsiblemente, esa limitación se vuelve problemática cuando Diana conoce de casualidad a Lalo (Andrew Bargsted), un joven que llega desde un lugar lejano, desconoce las reglas y se enamora de la princesa, algo que resulta ser mutuo. Lo que hasta ahí parece ser un clásico territorio para el cuento de hadas tradicional se rompe cuando, usando un brazalete mágico, Diana viaja en el tiempo para depositar su alma en algo así como un futuro cercano (o un presente paralelo) que habitan las mismas personas —ellos también son su padre y su pareja— pero en un contexto radicalmente distinto.

Y ese será tan solo el comienzo de una serie de desventuras en las que se meterá Diana tratando, en principio, de mantener la relación con Lalo y de no traicionar el amor de su padre. León y Cociña irán creando, con su habitual estilo de animación artesanal y casera, escenarios y mundos distintos para que Diana atraviese tratando de hallar uno en el que poder encontrar la felicidad. Así la película se irá armando como un juego de referencias y hasta de géneros cinematográficos —comedia romántica, drama realista, ciencia ficción, cuento de hadas, etcétera— que deberán ser atravesados por una protagonista que busca el amor y, más que cualquier otra cosa, encontrarse a sí misma.

Con mucha cita cinéfila, mucha referencia a modelos de Clase B del cine de aventuras y hasta una ruptura de la lógica espacio-temporal (y de la llamada «cuarta pared») que ya es habitual en el cine de los directores chilenos, Princesa burro presenta una combinación rara de animación adulta e infantil a la vez, de comentarios políticos inteligentes e insidiosos con otras situaciones más prototípicas del género. Además, el film introduce una enorme cantidad de elementos audiovisuales —como la banda sonora es del francés Jean-Benoît Dunckel, integrante de Air— que enriquecen y complejizan la propuesta, que se presenta en la competición internacional del festival suizo.

Indirectamente Princesa burro termina siendo una película más inquietante y oscura en lo temático de lo que aparenta ser en un principio. Desde muchos de los universos que recorren los protagonistas hasta circunstancias específicas de la trama que es mejor no revelar, el film chileno es fuertemente crítico no solo respecto al patriarcado sino también a los cambios sociales y políticos, la explotación laboral y hasta el poder de las corporaciones. Pero casi todos esos elementos quedan en segundo plano ante un tenebroso cuento de hadas que, en su particular manera, habla de las dificultades y complejidades del amor.