
Locarno 2026: crítica de ‘September Afternoon’, de Nicolaas Schmidt (Cineasti del Presente)
Un día ventoso en la playa se despliega en tiempo real, mientras el realizador convierte rutinas banales en experiencias tensas, absurdas e inesperadamente intensas.
El cine experimental de Nicolaas Schmidt tiene sus particularidades. Muchos de sus films se caracterizan por trabajar sobre la repetición, la banalidad y la cotidianeidad de las experiencias. La mayoría, además, tiene una curiosa relación con la música, ya que el realizador suele usar o samplear canciones o fragmentos de canciones conocidas (tiene un corto que bien podría funcionar como un curioso videoclip de un famoso tema de Crowded House) e incorporarlas a estos retratos observacionales. Con todo esto, el cineasta alemán conforma un combo extraño y a la vez cotidiano de elementos, como si replicara las experiencias de alguien que camina o viaja con auriculares puestos escuchando alguna canción pop.
El director de First Time —premiado mediometraje que retrataba, esencialmente, un viaje en tren en tiempo real— va un poco más lejos y arriesga un tanto más en September Afternoon, un film que retrata esencialmente un día complicado y ventoso que una familia intenta pasar en la playa. Como First Time, el film arranca con lo que parece ser una publicidad de los años ’80 en la que se muestra una serie de cosas divertidas y entretenidas que suelen suceder en una playa… al menos según la publicidad. La realidad, en tanto, es bastante más gris. Especialmente en septiembre, cuando el verano boreal va concluyendo.
Cuando Schmidt se disponga a presentar a su familia protagónica —padre, madre e hija—, nos iremos dando cuenta que su formato será el de mostrar cada momento en apariencia intrascendente de los preparativos de esa familia para ir a la playa: preparar bolsos, canastos de comida, sombrillas y diversos etcéteras. Al salir afuera el tiempo está nublado, pero nuestros intrépidos playeros no se resignan a aceptar las inclemencias del tiempo y van a intentar montar su sombrilla contra el fuerte viento, caminar sin morirse de frío y otras modestas desventuras que Schmidt narra en un tiempo que parece ser real.

Por debajo, casi en forma de susurro, se escucha una persistente música que se parece bastante a la intro de Eyes Without a Face, de Billy Idol, sampleada hasta el infinito. Y ese ritmo repetitivo le da a la si se quiere tediosa pero habitual serie de inconvenientes playeros un tono casi humorístico, bizarro. Pero más adelante empezarán a suceder algunos problemas un tanto más grandes y los protagonistas no solo deberán tomar una serie de decisiones clave sino enfrentarse a cosas inesperadas y potencialmente catastróficas. Todo esto, claro, sin hablar, porque las películas del realizador no tienen diálogos.
En su singular propuesta, September Afternoon funciona bien, de un modo que por momentos hace recordar al humor de los comediantes del cine mudo, especialmente Buster Keaton, por la lucha entre los personajes y los elementos que integran el espacio que habitan. Pero ya para el tercer acto entrarán en escena algunos elementos que harán derivar la banalidad cotidiana de los protagonistas hacia algo más problemático y denso. Allí Schmidt modificará en parte la propuesta para tratar de acceder a un registro un tanto más íntimo de las sensaciones de los protagonistas.
‘El film usa el tiempo muerto como su material crudo», explica el director en las notas de producción. «Estiro los momentos mundanos hasta que colapsan en su vacío. En una era de una extraordinariedad arbitraria, la pura banalidad es estimulante», agrega. Y September Afternoon, casi tanto como sus anteriores films, comprueba esa hipótesis, transformando la problemática cotidiana de hacer un pozo en la arena o caminar en la playa en un asunto que parece de vida o muerte. Tanto o quizás más que cuando las cosas se ponen densas en serio.



