Locarno 2026: crítica de ‘Todos mis viajes son viajes de regreso’, de Manuel Ponce de León (Cineasti del Presente)

Locarno 2026: crítica de ‘Todos mis viajes son viajes de regreso’, de Manuel Ponce de León (Cineasti del Presente)

por - cine, Críticas, Festivales
10 Ago, 2026 10:27 | Sin comentarios

Dos exploradores suecos viajan a la Colombia del siglo XIX en busca de oro enfrentando en su recorrido un descenso inquietante hacia la oscuridad interior.

Un trip entre místico e histórico, un recorrido por la Colombia del siglo XIX que es a la vez un viaje personal de una pareja de exploradores, Todos mis viajes son viajes de regreso es una película que se siente más como experiencia que como drama, más un espacio misterioso habitado por curiosos personajes que una narración convencional. Karl Sigmund von Greiff y Petronella Faxe son una pareja que zarpa desde su Suecia natal hacia las inexploradas selvas y ríos de la para ellos misteriosa Colombia. Tienen sueños de encontrar riqueza a través de una mina de oro que, les han asegurado, ha hecho millonarios a todos los que han viajado hacia allí.

Ese es el punto de partida narrativo para algo que Manuel Ponce de León narra in situ, comenzando con el relato en pleno desarrollo y esta pareja navegando las aguas en apariencia calmas del Río Magdalena que los deberían conducir a su destino. Pero es evidente de entrada que su meta final es más incierta que real, más imaginaria que posible. Y es así que su derrotero se va volviendo herzoguiano, un recorrido que los acerca más y más a las profundidades de un continente que puede ser exótico para ellos pero que encierra historias verdaderas y crueles. Se trata de un viaje a lo profundo del misterio, un Apocalypse Now —o su referencia literaria, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad— pero contado en clave drama europeo minimalista.

El film colombiano se va metiendo de a poco en un territorio misterioso, desconocido, en el que la desesperación se confunde con lo onírico y la aventura se vuelve incomprensión, quizás angustia. Hay algo de golpe de realidad en los giros que dan las peripecias de la pareja, como si la arrogancia europea de creer que se puede llegar a América Latina y controlar lo que pasa allí se fuera volviendo en contra suya, como una maldición escrita con anticipación. Cuando la pareja llegue a un lugar habitado por curiosos personajes de distintas procedencias —espacio casi onírico en el que la película dará lugar a la aparición de invitados especiales, incluyendo al icónico Denis Lavant— se verá las dimensiones de ese choque y esa diferencia entre la ilusión y lo que va quedando de ella.

Homenaje al poeta colombiano León de Greiff —el título del film es parte de un poema suyo, pero también lo representa en su forma—, Todos mis viajes… es un viaje físico que se vuelve metafórico, un recorrido que va de lo exterior a lo interior, del optimismo a tener que lidiar con los demonios, internos y externos, que se les presentan a los protagonistas. Al poner todas sus fichas en un registro poético evitando casi cualquier referencia histórica, local o política, la película cae por momentos en cierto tono parsimonioso y algo disperso, pero eso es parte intrínseca de la propuesta y es un riesgo que el realizador decide correr. Aún con eso se trata de un film bello, triste y, pese a su casi constante luminosidad diurna, bastante oscuro.

Enmarcada con escenas en otros tiempos —en ese y otros sentidos el film hace recordar por momentos a Jauja, de Lisandro Alonso—, la película de Ponce de León abre las puertas a un tipo de cine colombiano que cuenta la historia de su país desde una perspectiva diferente, poco común. Dentro de la renovación del cine de ese país, Todos mis viajes son viajes de regreso se trata de una película cuya búsqueda sugiere alejarse del realismo y abrir las puertas a la formas más enrarecidas de la imaginación, allí donde la verdad se mezcla con las pesadillas.