
Estrenos: crítica de ‘Código: venganza’ (‘Mutiny’), de Jean-François Richet
Jason Statham lleva la fórmula de ‘Die Hard’ a alta mar, enfrentando conspiradores y policías corruptos a bordo de un enorme buque carguero. Estreno en cines de Argentina: 10 de septiembre.
Si los actores fueran autores de sus films uno bien podría decir que esta es una película de Jason Statham. Y de algún modo, Mutiny lo es. No porque la dirija ni nada por el estilo, pero tenerlo como productor es una ligera garantía de que el film tiene la aprobación de su protagonista, sea lo que sea que eso signifique. Lo cierto es que esta versión de Die Hard que transcurre en un barco carguero es lo más parecido que el actor británico ha estado a lo largo de una carrera de convertirse en el heredero de Bruce Willis.
La historia tiene un entramado empresarial, policial y hasta social que es más complicado de lo necesario y que habrá que resumir brevemente. Statham encarna aquí a Cole Reed, el guardaespaldas de un empresario tailandés dueño de una flotilla de buques de carga. Su jefe, Tibu Campallo (Ramon Tikaram), está intentando vender la compañía cuando, a la salida de un evento, el auto en el que ambos viajan es emboscado y el hombre, asesinado. Cole descubre que la policía está involucrada en el crimen y que uno de los implicados tenía pensado escaparse en uno de los barcos de la compañía. Como Reed tiene la suerte de ser muy parecido a él, toma su lugar y se cuela en el bote en cuestión, el Artemis, para tratar de vengar a su jefe. A la vez, la policía hace correr la voz de que él es el culpable del crimen, por lo que debe evitar que lo descubran y atrapen.

Y así, amigos, estamos en el barco en el que Reed, como un polizón, tiene que descubrir quién mató a su jefe y vengarse. Pero antes de eso descubrirá que ahí arriba hay algunos negocios turbios —negocios que seguramente tuvieron que ver con el crimen— y que allí se topa además con una inesperada aliada y potencial problema a resolver: ella es Angie (Annabelle Wallis), una mujer enviada por la compañía que no sabe nada los negocios oscuros y secretos que se manejan allí. Más que ayudarlo, Angie funciona de un modo más clásico como una «chica a la que salvar», generando aún más problemas para Cole. Y a eso hay que sumar la potencial llegada de algún otro barco —sea pirata o una patrulla naval— que andan cerca del suyo. Y a un capitán severo y enojado llamado Marko (Roland Møller), con pinta de agresivo ex defensor del seleccionado de fútbol danés.
Y eso es lo que dará pie para una cacería tipo gato y ratón entre los inmensos containers y los diversos compartimentos de ese gigantesco barco. Código: venganza dejará la mayor parte de las escenas de acción para el final. Y serán —a diferencia de la tradición— cortas, efectivas, brutales. Mucho hueso quebrado y horrendos cortes en el cuerpo que se pueden hacer con los implementos que se encuentran en ese tipo de embarcaciones. Nada de largas peleas a la John Wick y casi nulo uso de armas. El realizador francés de Plane y aquella remake de 20025 del clásico de John Carpenter Assault on Precinct 13 elige aquí un formato más bien old school para narrar sus escenas de acciones: esconderse y atacar en el momento menos pensado. Pese al paso del tiempo y los cientos de variantes del género, el recurso todavía funciona. Especialmente si hay muchos vericuetos en los cuales ocultarse.
Como es costumbre en sus películas de los últimos tiempos, Statham interpreta a un hombre noble, de buen corazón y con una causa justa por defender, aunque para hacerlo haga falta recurrir a los mecanismos más violentos y brutales imaginables. Pero cuando hay niños y mujeres en juego, parece, todo vale. Y Cole es un ejemplar puro y duro de esa escuela de vida. Lo que Statham no aprovecha del todo aquí es su humor. Es un actor que puede ser muy gracioso a partir de ese tono seco que tiene, pero raramente saca a luz ese costado, prefiriendo jugar más bien al justiciero torturado. Si quiere confirmarse de una vez por todas como el gran heredero de Bruce Willis, tendrá que usar un poco más ese costado de su personalidad. Si el plan es ser old school, un buen remate verbal no se le niega a nadie.



