Estrenos: crítica de ‘Oasis: Don’t Look Back in Anger’, de Will Lovelace y Dylan Southern

Estrenos: crítica de ‘Oasis: Don’t Look Back in Anger’, de Will Lovelace y Dylan Southern

por - cine, Críticas, Estrenos
10 Sep, 2026 09:42 | Sin comentarios

Los hermanos Gallagher dejan atrás sus diferencias para reunirse con Oasis y descubren que su música ahora pertenece tanto a sus fans como a ellos. Estreno en Argentina: jueves 10 de septiembre.

Quién se hubiera imaginado, a más de tres décadas de sus inicios, que los hermanos Gallagher harían un documental humanista, centrado más en sus fans que en ellos mismos, y que al final terminarían dando un mensaje de afecto, solidaridad y empatía por el y los otros? El tiempo pasa, llegan los cincuentaypico, y las cosas ya no se ven como antes, d’ya know wha’ I mean? La actitud puede seguir estando ahí, al menos por un rato, pero el corazón ya anda por otros rumbos. Y lo que en un momento fue importante, imperdonable y/o de vida o muerte hoy ya nadie lo recuerda. Ni ellos.

En ese sentido, Oasis: Don’t Look Back in Anger son dos documentales en uno. El primero —que ocupa la primera media hora del film y que reaparece de tanto en tanto de ahí en adelante— se centra en la caída y resurrección de la banda de Manchester, repasa el fulgor creativo y el caos personal que fueron sus primeras casi dos décadas de vida, y retoma a los hermanos, que no se veían hace 15 años (al menos eso dicen), en unos primeros ensayos cortados y cortantes, donde parecía hasta difícil que las cosas fueran a salir bien. Noel, serio y profesional, ensaya de entrada con la banda cada canción y se queda hasta el final. Y Liam aparece como un rockstar: entra, deja su bolso, canta las canciones y, casi sin hablar con nadie, se va.

Es su modo de aflojar las tensiones: nada de abrazos ni disculpas ni reflexiones. Lo que nos unió y nos une, lo que nos salvó y nos salvará es la música. Y a eso se dedican los Gallagher. A lo largo del resto del documental quedará en claro que esa actitud inicial —exagerada o no por el guión de Steve Knight, quién sabe— era solo una cáscara: al final de la gira se llevarán mejor que antes, sin tensiones, más compañeros, casi amigos. Más softies que lo pensado y hermanos otra vez. En un punto se podrá decir que a esa relación la salvó la música. Pero la tesis del documental quizás sea otra: lo que la salvó es la gente. O, mejor dicho, la conexión de la gente con su música.

Es que tras esa primera media hora de ensayos y hasta el debut —a Noel le costó un rato más, admitirá—, hay más nervios y dudas que otra cosa. Pero una vez que empieza a andar la gira, algo pasa entre el escenario y el público, en las caras de los fans, en los abrazos, los llantos, los padres e hijos, la emoción y las canciones cantadas a los gritos que desarma todas las tensiones. Que los hace sentir partes de un todo que, a esta altura, es más grande que ellos. Ya no es Oasis la banda, sino el mito, la historia, una antorcha pasada a través de generaciones y una serie de canciones que significaron (que significan) mucho para personas de todo el mundo.

Es por eso que el film abandonará el «detrás de escena» y pondrá el eje de la gira en los fans: habrá breves historias alrededor del mundo (incluyendo la Argentina), habrá emociones y habrá, sobre todo, rostros y más rostros de todas las generaciones extasiados, sensibilizados, tocados por una serie de canciones que creyeron jamás poder escuchar en vivo. A eso se le sumará distintos repasos urbanos, en los que aparecerá con fuerza el peso que tienen ciertas ciudades, personas y recuerdos para ellos. Y habrá una línea, que baja desde las palabras de los dos, ligada a la conexión de Oasis con las clases populares: los que no consiguieron (o no pudieron pagar) entradas a los shows, los que siguen prefiriendo encontrarse con amigos a beber que estar todo el día mirando el celular y los que la están pasando mal «en esta época de mierda».

En el medio, las canciones, que suenan potentes en vivo y que la banda parece ir ajustando con el correr de los shows. Así, temas como Some Might Say, Whatever, Supersonic, Wonderwall, Don’t Look Back in Anger, Acquiesce y muchos otros no solo suenan bastante bien sino que resultan claramente significativos para mucha gente. Las letras simples y claras de Noel, en algún momento criticadas por esa misma falta de sutileza o elegancia (sus «rivales» en los ’90, convengamos, eran Blur y Pulp, mucho más refinados en ese sentido), se han convertido en icónicas para sus fans, que no solo las saben de memoria sino que las cantan en 2025 con toda la carga emocional que llevan acumuladas. No significa lo mismo cantar el éxito que acaba de salir por la radio en 1994 (créanme, yo estuve ahí) que hacerlo 30 años después, cuando esas mismas líneas forman parte de tu vida y te acompañaron desde entonces.

El creador de Peaky Blinders, que funciona casi como showrunner del documental, y los dos directores se dieron cuenta que el film debía ser una celebración de esa experiencia comunitaria y, una vez arrancada la gira, pusieron las cámaras en el conjunto. Los Gallagher darán jocosas entrevistas, una maqueta con la cara de Pep Guardiola mirará todo desde arriba del escenario y habrá unas palabras sobre Bonehead y un homenaje al fallecido «Mani» de Stone Roses, pero eso será secundario. Tampoco sabremos qué pasó entre bambalinas y otros detalles de la intimidad de la reunión, pero en el fondo no importa mucho tampoco. Don’t Look Back in Anger no es tanto un documental sobre Oasis sino sobre lo que su música —la música— significa para la gente. Algo que nos acompaña, nos ayuda y se queda a vivir para siempre con nosotros.