
Estrenos: crítica de ‘Tres adioses’ (‘Tre ciotole’), de Isabel Coixet
Tras una separación y un diagnóstico preocupante, una mujer comienza a replantearse su vida, abrazando placeres y posibilidades que antes evitaba. Con Alba Rohrwacher. Estreno en cines argentinos: 17 de septiembre.
Los tres cuencos que dan al film italiano de Isabel Coixet su título original —reducido al menos sutil Tres adioses en su traducción al castellano— son tres pequeñas vasijas que la protagonista de este film recibe como canje de puntos por premios en una promoción de su supermercado. Están ahí y no son particularmente llamativos, pero le sirven a la realizadora —como les sirvieron a la escritora de la novela original, Michela Murgia— como una suerte de metáfora ligada a los giros de la vida de su protagonista, una mujer llamada Marta, personificada por Alba Rohrwacher.
El film comienza con una separación, el primero de los adioses (o cuencos) de esta historia. Marta está en una relación con Antonio (Elio Germano), dueño de un restaurante, que se termina bruscamente tras una discusión. El se va y ella se queda mal, sola, no logrando conectar con nada en la vida y preocupando a su hermana (Silvia D’Amico) y a Agostino (el español Francesco Carril), su amable colega de la escuela en la que ambos dan clase. El asunto se pone más bravo cuando Marta pierde el apetito, empieza a sentirse mal y concurre al médico.
Tres adioses se ocupará, esencialmente, de lo que pasa a partir de esas descomposturas y de las derivas que su salud le presenta a la protagonista, y a los que la rodean, a futuro. Más allá de sus modos sutiles, su elegante puesta en escena coronada con pequeños apuntes en 16mm. (o algo que se ve como tal) y su refinada banda sonora, la película romana de la realizadora catalana de Mi vida sin mí y La vida secreta de las palabras se arma, en lo esencial, con los mismos materiales que incontables films sobre enfermedades. Y la pregunta que se deriva de ella pasa por tratar de entender si la forma logra sortear muchas de las trampas new age de este tipo de propuestas.

Tres adioses sigue a una mujer que empieza a sentir que las dificultades que involucra su estado de salud son algo así como una buena noticia, como una liberación de ciertas presiones y limitaciones que traía consigo. Y hay algo de bucket list en su forma de entender la vida de allí en adelante, una mirada más compasiva y comprensiva para con los otros y para con ella misma, además de una manera de entregarse a los placeres de la vida que antes no tenía o no sabía cómo manejar. La dupla Coixet-Rohrwacher logra aprovechar al máximo ese carácter elegíaco que tiene la película de allí en adelante, aunque no logren evitar del todo ese tufillo de autoayuda que rodea a toda la propuesta.
Las películas sobre enfermedades tienen un recorrido más o menos prefijado por la lógica propia de la salud. Y Tres adioses presenta ese derrotero como una suerte de liberación: viajar a lugares imposibles, comer eso que siempre se evita, actuar ante situaciones en las que antes callaba, entregarse al sexo, al amor, a la amistad. La película logra avanzar por momentos sin subrayar demasiado esa especie de «más vale tarde que nunca» que la sostiene, aunque en otros se pone discursiva, como si su delicada salud transformara a Marta en una mezcla de santa y oráculo, capaz de decir verdades necesarias y de actuar como si tuviera un halo que la acompaña a todos lados.
Tres adioses circula alrededor de los clichés de la «película sobre enfermedades», por momentos evitándolos con elegancia y, en otros, cayendo en ellos directamente. La gracia de Rohrwacher y del resto del elenco y los pequeños momentos de «sabiduría oriental» que se le revelan a la protagonista ayudan a disimular los apuntes más convencionales del film. Esa combinación se nota también en la manera en la que Coixet filma Roma, como si fuera una versión cool de una tarjeta postal. No verán aquí las escenas sentimentales ni los paisajes bonitos de tanta película hueca sobre gente con delicada salud sino una versión hipster de ese mismo formato. Sí, la forma logra sortear algunas de las trampas de este tipo de historias. Pero no todas.



