
Festival de Biarritz 2026: crítica de ‘Cinco años, cuatro meses’, de Juan Miguel Gelacio y Esteban Hoyos García
Jenny Nava es una madre que lleva años buscando a su hijo desaparecido en tumbas NN de todo el país, hasta que Sandra, otra buscadora, la lleva a una vidente que podría revelar su destino. En los festivales de San Sebastián y Biarritz.
La búsqueda de una madre por conocer qué pasó con su hijo desaparecido es el centro humano y emocional del recorrido geográfico que narra Cinco años, cuatro meses, la película colombiana que viene de participar y de recibir premios en los festivales de Karlovy Vary y San Sebastián. El film acompaña, de principio a fin, las experiencias que atraviesa Martha Baquero (Jenny Nava), una mujer que desde el tiempo que da título al film busca a su hijo, que nunca volvió a ser visto y que, sospecha, ha sido asesinado en el marco de la violencia que ha azotado a Colombia a manos de paramilitares y grupos subversivos.
Martha está visiblemente afectada por esa pérdida y dedica todo su tiempo a tratar de saber qué pudo haber pasado con su hijo, al punto que no parece poder dedicarse a su otro hijo más pequeño, que se la pasa al cuidado de algún familiar o de vecinas. A lo largo de la primera parte del film, la película de la dupla de realizadores colombianos sigue de modo metódico los pasos de la mujer que, apesadumbrada y casi perdida en sus pensamientos, no para de buscarlo en tumbas NN a través de todo el país solo para enterarse luego que ninguno de sus esfuerzos llegó a buen puerto.

En uno de esos viajes Martha se topa con Sandra (Carmiña Martínez), una mujer en similar situación a la suya y con mucho más tiempo de hacer búsquedas en vano de su hijo. Sandra le cuenta que irá a ver a una suerte de vidente que, le aseguran, podría conectarla con su hijo y al menos saber qué pasó con él. Y Martha acepta ser parte de la experiencia, una que requiere más dinero que el que tiene, un complicado viaje a lugares recónditos de la región y la sospecha de que quizás esté siendo víctima de algún tipo de engaño.
Cinco años, cuatro meses apuesta a un registro realista, sereno y por momentos un poco parsimonioso que intenta hacer conectar al espectador con la manera en la que Martha atraviesa sus experiencias. Y de ese mismo modo, cuando la mujer emprende este viaje buscando algún tipo de conexión más sobrenatural para saber de su hijo, la película habilita de una manera muy natural esas zonas cercanas a lo fantástico. Lo hace sin casi cambiar su tono, sus recursos formales o la puesta en escena sino simplemente como un modo un tanto más enigmático en el que la realidad se manifiesta, una zona porosa entre lo imaginario y lo real.
La fotografía oscura, la banda de sonora cargada de sonidos del medio ambiente y los tiempos calmos pero a la vez tensos más propios del cine de terror que del realismo social van dándole al film un clima sombrío, casi funéreo, relacionado no solo con el casi seguro destino de su hijo desaparecido sino con la manera en la que Martha vive, casi como si estuviera muerta en vida. Es cierto que la película por momentos parece tener un ritmo narcótico, pero se trata de un tempo que se entrelaza a la perfección con la manera en la que vive y siente su protagonista.

De a poco la relación que tiene con Sandra se va volviendo importante, especialmente a la hora de permitirse hablar sobre lo que siente. Es que Martha, que habla poco y nada a lo largo de toda la película, puede finalmente contar su experiencia y emocionarse al hablar con Sandra de la desaparición de su hijo. Tras acompañarla a lo largo de un film en el que parece nunca poder soltarse, la escena resulta doblemente emotiva. Y la actriz Jenny Nava la resuelve con sutileza y sin estridencias.
Al acercarse a una resolución más cercana a lo fantástico, Cinco años, cuatro meses no se desentiende del todo de las cuestiones sociales y políticas implícitas en la desaparición del hijo de Martha. Al contrario, lo que hace es habilitar una conexión humana que ayude a la protagonista a bajar la pesada carga que lleva sobre sus hombros. No solo entre los vivos y los muertos, sino entre los que están aquí, de este lado de la frontera.



