San Sebastián 2026: crítica de ‘Bucking Fastard’, de Werner Herzog (Premio Donostia)

San Sebastián 2026: crítica de ‘Bucking Fastard’, de Werner Herzog (Premio Donostia)

por - cine, Críticas, Festivales
18 Sep, 2026 09:50 | Sin comentarios

Dos hermanas irlandesas inseparables, que hablan al unísono, son juzgadas por agredir al hombre que ambas amaron y salen a buscar el paraíso. Con Rooney y Kate Mara.

La dedicatoria a David Lynch, ubicada al inicio de Bucking Fastard, la nueva película de Werner Herzog, no solo es un homenaje sino una suerte de aclaración. De aquí en adelante, parece decir el director alemán, cualquier cosa puede suceder: un realizador se siente habilitado a hacer lo que su inspiración dispare y el espectador tiene la libertad de tomarlo o de dejarlo pasar. Y eso es, finalmente, lo que propone la nueva película de Herzog: un viaje libre y lúdico a las mentes de sus dos protagonistas, una fábula surrealista sobre las dos hermanas más peculiares que jamás hayan pisado el planeta.

Rooniey y Kate Mara son las dos hermanas, y no mellizas (lo aclaran en la ficción) que lo protagonizan, aunque por la simbiosis que poseen bien podrían ser una sola. Inspirada libremente en el caso real de las (esta sí) mellizas Freda y Greta Chaplin, quienes alcanzaron cierta fama mediática en la Inglaterra de los años ’80, las hermanas en cuestión funcionan casi como si fueran un solo cuerpo con dos cabezas parlantes. No es que se complementan ni que una termina la frase de la otra, sino que dicen lo mismo al mismo tiempo, son una sola voz que al unísono habla como si las ideas salieran de una misma y única mente.

En la ficción la historia transcurre en la Irlanda actual pero bien podría suceder en cualquier tiempo y lugar. Jeanie y Joanie Holbrooke (Kate y Rooney) aparecen en escena en un juicio, siendo acusadas por un hombre (Orlando Bloom) que las enamoró a ambas, luego las dejó de lado y generó en ellas un brutal deseo de venganza. Las enamoradizas chicas Holbrooke se ven así obligadas a defenderse por amar demasiado a un hombre que no entiende cuál es el motivo por el que lo agreden tanto. Pero las chicas actúan y están en su propio universo. Y así funcionan. Nadie puede explicarles que actuaron mal. El amor, creen, no necesita de muchas explicaciones.

Y el resto de la película se ocupará de las distintas desventuras de estas dos hermanas que no logran separarse ni para pasar la aspiradora al piso de su casa. En su recorrido se toparán con personajes aún más extraños que ellas, algunos que querrán ayudarlas a superar sus inconvenientes (como el que interpreta Domhnall Gleeson), otros que no las comprenderán, muchos que se burlarán de sus peculiaridades y otros, los que querrán aprovechar el hecho de que, además de ser muy extrañas, las dos parecen poseer muy desarrollados (y poco reprimidos) instintos y deseos sexuales.

Lo más llamativo —además de las extrañas peripecias en las que las hermanas se meten en busca de lo que, suponen, es un paraíso perdido— pasa por la mecánica de las hermanas Mara para hacer lo mismo al mismo tiempo durante todo el film, como una suerte de nado sincronizado de la actuación que es complicado de hacer y que, además, genera efectos extraños en quienes lo observan. Sí, a veces sus textos se cruzan y separan, pero durante la mayor parte del tiempo funcionan como una IA a dos voces: una actriz en stereo, una mente-colmena para dos intérpretes. Aún así uno puede captar algunas diferencias entre una y otra.

De todos modos, más allá del acrobático modo de actuación de sus protagonistas, Bucking Fastard le propone al espectador dejarse llevar por la invención, la peripecia, las rarezas de las circunstancias que se le aparecen a las hermanas. Sobre el final, cuando la película haya llegado a zonas (mentales y geográficas) insospechadas, uno se preguntará qué es lo que realmente ha visto. No hacen falta demasiados análisis ni explicaciones. En el mejor de los casos se puede apostar a que es una película acerca de dos outsiders que —como la mayoría de los protagonistas del cine de Herzog— buscan encontrar ese lugar en el mundo en el que puedan ser quienes son sin ser miradas/os como «bichos raros». Y en ese surreal viaje se va esta extravagante película del gran realizador alemán que su amigo Lynch seguramente habría aprobado.