San Sebastián 2026: crítica de ‘Club Kid’, de Jordan Firstman (Perlak)

San Sebastián 2026: crítica de ‘Club Kid’, de Jordan Firstman (Perlak)

por - cine, Críticas, Festivales
26 Sep, 2026 12:34 | Sin comentarios

Un promotor de fiestas neoyorquino debe hacerse cargo repentinamente de un hijo de diez años, y la paternidad choca con su descontrolada vida nocturna. En la sección Perlak.

Si uno ve los primeros minutos de Club Kid lo último que pensaría es que está por presenciar una tierna comedia dramática indie sobre la relación entre un padre y un hijo. Pero a su modo —y pese a las apariencias iniciales— eso es lo que tiene para ofrecer Jordan Firstman en su opera prima como director, una que también protagoniza. Estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes y consagrada casi instantáneamente —fue comprada para su distribución allí por el estudio A24 por nada menos que 17 millones de dólares—, Club Kid tiene más que ver con la segunda palabra del título que con la primera. Y si bien ambas se conectan literal y espiritualmente, este drama neoyorquino termina siendo bastante más humanista, tierno y hasta conservador de lo que parece en su comienzo a puro sexo, drogas y descontrol.

Firstman —un comediante gay de enorme crecimiento post-pandemia y a quien se puede ver en I Love LA— encarna a Peter, un joven de la noche neoyorquina, promotor de fiestas y eventos LGBTQ+, y un tipo querido y solicitado en ese ambiente, usualmente en sociedad con Sophie (la actriz/modelo Cara Delevingne). La primera escena marca lo que es una típica noche en la vida de ambos, de esas que empiezan en un Uber y no se sabe cómo, cuándo y con quién/es se termina. La película hace allí un raro salto de diez años que deja en claro lo poco que ha cambiado la vida de Peter en una década: más grande y cansado que antes, sigue surfeando salvajemente las noches de casi todos los días de la semana con el «combustible» que le da un desaforado consumo de drogas.

Pero cuando parece que estaremos ante un film sobre la complicada vida de un party boy, Firstman nos aplica un golpe inesperado de timón. Una mujer inglesa llamada Edison (Kirby Howell-Baptiste) golpea la puerta de su cómodo loft neoyorquino y le deja, casi como si fuera un paquete, a Arlo (Reggie Absolom), un chico de diez años. La breve y veloz explicación de la chica es que el niño es hijo de él con una amiga suya, Leonora, con la que tuvo sexo una noche —a ambas las vimos, de un modo que parecía casual, en la escena inicial—, y le cuenta además que Leonora se ha suicidado. Ante la opción de caer en manos de un ex de ella bastante violento, Edison le había prometido a su amiga dejárselo a Peter.

Es obvio que el fiestero Peter no quiere saber nada con el chico, pero Edison desaparece del mapa, se hace imposible encontrarla y a nuestro protagonista no le quedará otra que hacerse cargo del «asunto». Y, a su modo, lo hace sorprendentemente bien, involucrándolo un poco con algunxs amigxs de la noche pero tratando de armar con él una vida por fuera de la fiesta, algo que evidentemente Peter también necesitaba. A Arlo —un chico que, más allá de alguna escena tensa, se adapta a su nueva vida con llamativa facilidad— le fascina este nuevo mundo neoyorquino y un padre como Peter que le permite ser DJ (o jugar a serlo) y que tiene amigos cool. Y a Peter se le abre un mundo antes impensado de calma, cariño y hasta un posible romance duradero con un trabajador social (Diego Calva) que atiende a Arlo.

Club Kid hace un recorrido previsible pero entrañable, un clásico formato de «adulto + niño» que es caro a la tradición del cine de autor estadounidense, de Luna de papel a C’mon C’mon, pasando por muchas otras películas en las que un adulto se humaniza y ablanda tras una inicialmente complicada relación con un chico que puede o no ser su hijo. Firstman y Absolom hacen una gran dupla, compartiendo gustos musicales (Cocteau Twins, Bjork, Elliott Smith) y entendiéndose de una manera que para Peter es sorprendente. Y algo parecido pasa con la mayoría de su grupo de amigxs, compuesto por muchas personas trans, para quienes el niño es algo así como el juguete querido de todxs. Obviamente, habrá problemas y conflictos que se ven venir de entrada pero, por más previsible que sea el recorrido, el viaje que ofrece la película es disfrutable.

Rodeado de un equipo con experiencia en el cine indie norteamericano tanto en la fotografía como en la edición, Firstman demuestra una mano segura desde lo visual, en la banda sonora (del músico electrónico chileno Cristobal Tapia de Veer) y, especialmente, en lo actoral, con un elenco parejo en todos sus rubros. Es cierto que el guión no se sale de los caminos probados en el subgénero y que algunos personajes secundarios (como la extravagante vecina y su peculiar roommate) no aportan mucho más que un relevo cómico fácil, pero aún así Club Kid logra mantenerse en esa fina línea que une el relato independiente y más o menos realista con algo que, en el fondo, tiene bastante de fábula clásica.

Lo que sorprende, en especial por su inicio casi hardcore, es lo entrañable, tierna y hasta familiar que termina siendo la película. Llegado el caso uno podría pensar que Firstman hasta se pasa de conservador en su retrato de Peter, tornándolo hasta más responsable de lo que uno esperaría. Es cierto que es difícil conjugar ser padre con el tipo de vida nocturna intensa y cotidiana que el hombre tenía, pero su giro termina siendo llamativamente tradicional, como si abjurara casi por completo de la vida que había llevado hasta entonces. Quizás el cambio radical de Peter y la sorprendente facilidad con la que ambos se adaptan a una nueva vida no sea del todo creíble, pero sin dudas es querible. Y en estos momentos de tanta amargura y crueldad, un poco de amor y cariño es más que bienvenido. Tanto en el cine como en la vida.