San Sebastián 2026: crítica de ‘El mal padre’, de Roberto Bueso (Competición)

San Sebastián 2026: crítica de ‘El mal padre’, de Roberto Bueso (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
22 Sep, 2026 05:05 | Sin comentarios

Un padre distante y con problemas de salud reúne a sus tres hijos adultos en su casa de verano, reabriendo viejos rencores durante unas fiestas. Con Eduard Fernández. En competición.

En la Argentina de mi infancia, en los años ’70 y, en especial, en los ’80, existían dos términos que se usaban indistintamente para hablar de lo mismo, términos que, en el fondo, representaban cosas diferentes: telenovela y teleteatro. Para muchos eran sinónimos para hablar de lo que luego quedaría más ligado a la primera de las dos definiciones. Pero en términos un tanto más profundos, quizás hasta académicos, había diferencias entre ambos. El teleteatro era algo así como la versión un poco más adulta de la telenovela, con autores más reconocidos, actores más respetados y una estructura formal y temática un tanto más seria que los clásicos culebrones. Abrevaban a la vez más en el teatro que en el folletín. Eran sus versiones nocturnas, las que apostaban más a la clase media que a las populares a las que se dirigían las telenovelas de la tarde.

Pensaba en los teleteatros de antaño mientras veía El mal padre, una comedia dramática española que, tanto en temática como en ideas argumentales, estructurales y audiovisuales, tiene similares características a ese tipo de género. Aspira a ser más que la telenovela popular pero en el fondo las diferencias son bastante difusas y pasan, más que nada, por su vana aspiración de serlo. Supuestamente tratan otros temas, de un modo más trabajado (con más diálogos, esencialmente) y aspiracional, pero si uno se fija bien las diferencias son pura espuma, pasan más por un tipo de recorte socioeconómico que por la lógica intrínseca de los conflictos que presenta.

El mal padre se acerca por partida doble a ese formato ya que la propia trama y hasta los personajes que la atraviesan también parecen sacados —más allá de alguna actualización por el lado de la corrección política— de los años años ’80, un cúmulo de situaciones y traumas familiares que raramente le escapan a los clichés de una familia burguesa con problemas acarreados a través de las décadas. Acá, como pide también el género desde su costado más teatral, todo sale a la luz en una serie de conflictivos encuentros entre un complicado padre abandónico y sus tres emocionalmente damnificados hijos adultos.

Eduard Fernández encarna a Santiago Balmes, el patriarca de la familia, un catedrático recientemente retirado que ha tenido siempre una conflictiva relación con sus tres hijos, quienes han dejado prácticamente de verlo desde que, décadas atrás, dejó a su madre por otra mujer. Pero el hombre ha recibido un diagnóstico duro que pronostica que perderá sus cabales en muy poco tiempo, por lo que los convoca a todos a pasar las fiestas en su lujosa casa veraniega. Los tres van hasta allí con todos los resquemores posibles y, entre paisajes bonitos, buena comida y bastante alcohol del bueno, los cinco personajes (más algunos otros que entrarán y saldrán del cuadro) litigarán nuevamente sus respectivas historias iniciando un psicodrama familiar que se extenderá, entre idas, vueltas y más vueltas, por dos horas.

El que conduce al espectador por la historia ofreciendo su punto de vista en el conflicto es Alberto (Adam Jezierski), el menor de los tres hijos pero el primero que será padre, un maestro de escuela que vive la inminente llegada de su hija con más dudas y miedos que su propia esposa. Esos miedos tienen una historia y se ligan a su relación con su propio padre. Meritxell Calvo interpreta a la hermana del medio, una empresaria exitosa y la que más abiertamente desprecia a papá Santiago. Y Francesco Carril encarna al hermano mayor, un actor de teatro independiente al que, al menos a partir de las expectativas familiares, no le ha ido bien con su vida personal ni profesional.

A lo largo de muchos encuentros —en algunos casos estarán acompañados por amigos del padre, en otro estará la hija del segundo matrimonio y más tarde vendrán algunas de las parejas de los hijos— se irán desplegando los traumas familiares, casi todos condensados en la idea de que el tal Santiago solo vivió preocupado por su carrera, su escritura y sus desventuras personales y jamás se ocupó, ni atendió y hasta despreció a sus tres hijos. Y los tres, cada uno a su modo, le devuelven ese desprecio. La inminente llegada de una enfermedad terminal es la que los lleva a sacar los trapitos al sol hasta que no quede ninguno en toda la casa.

Los conflictos no salen del manual de estilo del género y, salvo por algunos giros propios de la época, no se diferencian en mucho de lo que podría haber sucedido en una similar película de hace 40 o más años. Y lo mismo pasa con el tono agridulce de todo el ejercicio, uno que empieza de un modo cómico para luego volverse agresivo, inclusive violento y finalmente un tanto reconciliatorio. Es difícil encontrar en la película algún grado de originalidad o de realismo. Ya desde la puesta en escena y la selección de locaciones estamos ante un territorio propio del drama clásico, de esos que bien podrían haber funcionado sobre un escenario teatral, considerando la verborragia, el estilo actoral y la manera en la que los diálogos se explayan hasta volverse interminables.

Hay algunas bromas ingeniosas, un par de situaciones potentes y algún que otro apunte acertado acerca de las dificultades (y los errores) de la paternidad mal entendida —o tal como se la entendía décadas atrás—, pero aún con esos «dedos en la llaga» que la película mete en el tema, El mal padre no logra salirse casi nunca de lo previsible y remanido, de lo sentimental, lo emocionalmente manipulador y, en el fondo, de lo conservadora que termina siendo toda la propuesta, que fuerza una reconciliación que se adivina imposible con un hombre a todas luces bastante impresentable. La película de Roberto Bueso no puede evitar justificar a un personaje monstruoso solo por el hecho de que la salud empieza a mostrarlo frágil, como si un mínimo y tardío arranque de empatía pudiera borrar de un plumazo décadas de desprecio y desinterés por casi todos los que lo rodean.