San Sebastián 2026: crítica de ‘In My Father’s Room’ (‘Muyou no hito’), de Maha Harada (Competición)

San Sebastián 2026: crítica de ‘In My Father’s Room’ (‘Muyou no hito’), de Maha Harada (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
24 Sep, 2026 05:15 | Sin comentarios

Satomi recibe un sobre con una misteriosa llave. Con ella abre una habitación que perteneció a su recientemente fallecido padre y así rememora sus últimos días.

Una de las cosas que, aún siendo conocidas en Occidente, llaman mucho la atención cuando uno está en Japón es el nivel de cuidado y delicadeza que conllevan los envases de casi cualquier producto. Uno puede comprar unos simples dulces y lo más probable es que se deje llevar por la belleza y elegancia del envase —delicadas cajitas con hilos de seda y moños— que por el sabor de la golosina en sí. Todo está, además, ubicado en los locales de venta con la precisión quirúrgica de un cirujano. No hay nada de más, nada fuera de lugar, todo responde a un criterio estético tan detallado como perfecto.

Pensaba en eso mientras veía In My Father’s Room, una película cuya belleza formal esconde un producto que, en sí mismo, es bastante más sencillo de lo que parece. Un colega la comparaba con una publicidad de MUJI —marca japonesa que también presenta sus delicados productos con elegancia— y eso sirve para señalar las virtudes y defectos de este film dirigido por la también novelista y curadora de arte Maha Harada. Es una película que subyuga desde su delicadeza —vasijas antiguas, poemas minimalistas y ceremonias del te son parte importante de su universo—, pero que quizás en el fondo no tenga tanto para decir como parece. O que quizás, enamorado de su propia y oriental iconografía, deja lo demás en segundo plano.

El elegante comienzo nos presenta a Satomi, una mujer que trabaja como guardia en un museo de Tokio en el que se dedica más que nada a proteger un original de Mark Rothko de cualquier tipo de vandalismo (el cuadro, por aparente pedido del autor, no tiene protección física alguna) de parte de sus visitantes. Pero lo que acucia a Satomi es otra cosa: la reciente muerte de su padre, al que ha dejado de ver desde hace ya un tiempo, debido a que el hombre aparentemente se recluyó al separarse de su madre.

Luego de homenajearlo con una precisa ceremonia del te, Satomi se hace tiempo también para estar con su madre, quien en un almuerzo en común en un restaurante le habla de los motivos por los que se separó de este hombre. Satomi es elegante y de pocas palabras pero su madre es todo lo contrario: una mujer llamativa, gritona, fanática de alguna estrella pop coreana y sin tapujos a la hora de hablar de sus cosas. Es claro que Satomi heredó hábitos más de él que de ella. Y en la «investigación» que hará acerca de su padre —una que surgirá a partir de recibir una misteriosa llave— se dará cuenta que las coincidencias y pasiones de ambos son bastante similares.

In My Father’s Room irá por ese lado, con Satomi lidiando con problemas y reemplazos laborales, pero más que nada adentrándose en el mundo de su padre: yendo a un museo que él solía visitar, leyendo su único libro de poemas y siguiendo al pie de la letra las ceremonias del te que el hombre tanto amaba. El film se basa en el cuento Un hombre innecesario, escrito por la realizadora, y su eje es la conexión espiritual, si se quiere post-mortem, entre Satomi (interpretada por Yu Aoi) y su padre. Una mujer amable pero muy tímida, reservada y sin amigos, Satomi empieza a conectar no solo con su padre a través de los poemas que él dejó escritos sino con su propia vida, la que parecía tratar como si fuera una turista de su propia existencia.

Así, entre delicados poemas, antiguas vasijas que fascinaban a su padre (y también a ella) y el contacto que establece Satomi con un hombre de su edad (Eita Nagayama) que lo conoció y se hace amigo suyo, se va pasando In My Father’s Room, un film cuya fascinante delicadeza inicial va dando paso a una película que termina siendo demasiado prolija y distante cuando las emociones deberían ser de acceso un tanto más cercano. Da la impresión de que Harada no logra del todo soltar amarras y la película no sale nunca del elegante envase en el que es presentada de entrada. Y lo que al principio parece un primor, con el correr de los minutos termina develando sus limitaciones.