
San Sebastián 2026: crítica de ‘Ink’, de Danny Boyle
Danny Boyle narra cómo el empresario Rupert Murdoch y el editor Larry Lamb convirtieron un diario británico en quiebra en un gigante sensacionalista. Con Jack O’Connell y Guy Pearce.
Más de medio siglo atrás, cuando los diarios tradicionales manejaban e imponían las noticias de todos los días, se empezaban a desarrollar los vicios periodísticos que terminarían explotando en la prensa sensacionalista y en el poder actual de las redes sociales, los influencers, la llamada «tele-basura» y la información que explora los instintos más primarios y básicos de los lectores. Esa es la teoría —plausible pero no del todo completa— que explora Ink, la nueva película de Danny Boyle en la que el director británico utiliza todos los animados recursos audiovisuales que lo caracterizan para darle vida a una obra de teatro centrada en la historia del diario inglés The Sun.
Considerado el medio sensacionalista por excelencia de ese país —con sus titulares explosivos, sus temáticas sobre la vida cotidiana, sus noticias policiales, sus fotos de chicas semidesnudas y sus concursos y sorteos, entre otros entonces innovadores hábitos—, The Sun es comprado por el australiano Rupert Murdoch (Guy Pearce) en 1969 y es allí donde empieza el film, con una reunión entre el empresario y Larry Lamb (Jack O’Connell), el periodista que el magnate contrataría como editor general para relanzar ese diario.

La reunión, la compra y la difícil contratación de periodistas para trabajar en él ocupan la primera y mejor parte del film, en la que vamos observando el panorama mediático tradicional de la Inglaterra de entonces, y a Murdoch y a los pocos periodistas que se atrevían a dar el salto al vacío —todos en Fleet Street consideraban que The Sun no iría a sobrevivir— luchando para imponer criterios de edición muy distintos a los tradicionales. De hecho, a esa versión inicial del diario se la siente popular en un (relativamente) buen sentido: tratando de sacar a los diarios de su conservadurismo habitual y acercándose a los intereses reales de los lectores.
A lo largo de una trama que narra lo que sucede, básicamente, durante la primera década de existencia del diario, Ink pasará a mostrar cómo esos preceptos se irán quebrando mientas Murdoch y el cada vez más lanzado y éticamente turbio Lamb —que hace quedar al magnate australiano como un hombre tímido y responsable, al menos en esa etapa— van explorando temáticas y asuntos que, con tal de vender, llevan a The Sun a transformarse en un caótico supermercado de noticias y ventas de productos. Y el tercer acto del film estará dedicado a un par de situaciones —una ligada a un secuestro que el diario cubrió de manera un tanto irresponsable— que, definitivamente, le hicieron soltar las amarras y transformarse en el vale todo que preanunció el caos de desinformación del presente.
Boyle intenta inyectar energía a la propuesta con sus acostumbrados trucos visuales, arriesgados ángulos de cámara y excesos —tanto de puesta en escena como de comportamientos de sus personajes—, y por momentos agota con ese caos. Da la sensación durante casi medio film que estamos viendo el trailer de la película más que la película en sí, pedazos de escenas que se conectan con otras de manera similar a lo que lo hacen las secuencias de montaje y los videoclips. Pero no. Este es el modo en el que Boyle narra: pedazos de escenas, flashes, sensaciones e impactos varios. Recién a partir del secuestro las cosas se calman un poco.

Da la impresión que Boyle no se da cuenta que, a la larga, su estilo visual es bastante similar a lo que The Sun hace en términos periodísticos: lanzar estímulos constantes al lector/espectador, no dejarlo pensar por su cuenta, crear personajes fácilmente clasificables y presentar todo en forma de atractivo caos que atrapa a los espectadores y les hace sentir que está diciéndoles algo de vital importancia de la manera más resumida y simplista posible. De Trainspotting en adelante, Boyle casi siempre se manejó así. Lo que sucede aquí es que Ink pretende ser una crítica a ese mismo atosigamiento sensorial que él somete a sus espectadores.
La película trae a la memoria, al menos para los veteranos, recuerdos de las viejas redacciones con máquinas de escribir, los desarreglados lugares de trabajo, la intensidad de un cierre, los nervios, discusiones y peleas que conlleva cualquier desafío editorial. Y The Sun constantemente subía la apuesta, por lo que cada día podía ser un éxito —la obsesión de Murdoch y Lamb era superar en tirada al Daily Mirror, que inicialmente los triplicaba en lectores— o un problema. Muchas veces era las dos cosas al mismo tiempo.
Como Red social, lo que hace Ink es mostrar los inicios de algo que se transformará, con el paso de los años, en otra cosa. De hecho, Boyle cerrará esta prehistoria del amarillismo periodístico con una suerte de repaso audiovisual breve que podría tener como título «De entonces a ahora«. Y con un largo clip de titulares y hechos de las últimas décadas llegaremos a un presente caótico en el que Murdoch tiene bastante responsabilidad, directa o indirecta. Es cierto que la evolución (o, mejor dicho, involución) de aquel periodismo sensacionalista a este cóctel de streamers e influencers se habría dado de todos modos, con o sin The Sun. Pero ese periódico testimonia aquel cambio de época de una manera clara y contundente, más allá de las evidentes limitaciones del retrato que firma Boyle.



