
San Sebastián 2026: crítica de ‘La encrucijada’ (‘Krux’), de Tony Vahl (Competición)
Este film cuenta la historia del oscuro declive de una pequeña comunidad alemana poco antes del final de la Segunda Guerra Mundial. En competición en el Festival de San Sebastián.
Lo que hoy define el algoritmo antes lo generaba la soledad, el aislamiento, la desinformación organizada desde un poder nacional. Nuevas generaciones pueden creer que esto de vivir realidades paralelas en un mismo tiempo y lugar es algo relativamente nuevo, pero es en realidad un sistema de larga data, fomentado muchas veces por el miedo al otro, a lo desconocido. Una película como Krux, que transcurre en una aldea alemana al final de la Segunda Guerra Mundial, parece tener poco que ver con lo que sucede en el mundo hoy, pero en realidad las coincidencias son asombrosas. Y lo monstruoso de sus actos también.
Esta coproducción entre Alemania y Polonia transcurre en un pueblo alemán alejado de todo en los que parecen ser los últimos días antes de la capitulación nazi. Y los que viven allí son mujeres, niños y los pocos hombres que, por un motivo u otro, no fueron a pelear a los distintos frentes. Lo cierto es que en el aire, pese a la información que llega por la radio, se ve venir ese final. Llegan cuerpos de soldados muertos, se huele sangre por todos lados y, sobre todo, aparecen una serie de informaciones radiales que hacen temer a sus habitantes por lo que podría pasar de perderse la guerra.

El temor a esos bárbaros —en este caso, los rusos— es lo que se siente en el aire del pueblo, lo que se respira en las casas de sus habitantes. Y La encrucijada, como bien parece sintetizarlo el título en castellano, lo pone en primer plano. Se trata de una aldea de sobrevivientes que solo recibe muertos, malas noticias e informaciones sobre un futuro temible. ¿Qué se hace entonces? ¿Cómo se vive ante algo así? ¿Cómo se prepara a sus habitantes para ese (supuesto) horror que se avecina?
Crux se ocupa de eso, creando una atmósfera de cuento de terror con algo del Michael Haneke de La cinta blanca y otro poco de drama bélico centrado en la desesperanza y el temor. Los hombres preparan al resto para un destino funesto y les hacen pensar que lo más patriótico es dejarle al enemigo tierra arrasada, que nada es peor que dejarse capturar por esos bárbaros que, les han dicho, vienen a comérselos crudos. Greta (Jella Haase), lo más parecido que el film tiene a una protagonista, vive con esa pregunta en su cabeza. Y no es la única.
La película de Tony Vahl se adentra en los personajes y en las vivencias de esos pobladores, enfrentando a los que quieren seguir los lineamientos oficiales de dejar tierra arrasada y los que entienden que quizás no sea la opción más cristiana, como el cura del pueblo, entre otros. En el medio, los niños se preparan y juegan juegos de supervivencia como si fueran solo eso, juegos para entretenerse. Y mientras el río trae muertos y cosas raras parecen suceder en los alrededores, en el pueblo va ganando fuerza la idea de que no hay salida posible de ese atolladero político y, si se quiere, moral.

Con una fotografía excelsa pero a la vez algo recargada de Piotr Sobociński Jr. y una puesta en escena elegante aunque un poco solemne de parte de Vahl, Krux se propone como un drama áspero y amargo sobre el otro lado del final de la guerra, el de los vencidos. A una excelente primera media hora —en la que de a poco se van armando las líneas narrativas más importantes y los personajes más relevantes— le sigue un desarrollo un tanto más desequilibrado, con metáforas algo recargadas (todo insecto acá significa algo) y situaciones un tanto forzadas para darle potencia al todo.
Lo que impresiona muy bien en su primera mitad empieza de a poco a perder fuerza, también, por una serie de decisiones narrativas opacas que no se terminan de entender muy bien, como si a este breve película (de apenas 90 minutos) le hubieran quitado una parte importante de desarrollo de personajes y situaciones. Así, esa sutil acumulación de detalles que van pintando a ese pueblo casi fantasma —uno que se ve venir un apocalipsis más imaginario que otra cosa— se convierte de golpe en una película un tanto más clásica de terror autoral.
Visualmente espectacular, casi una demostración de la potencia de cierto estilizado clasicismo de Europa del Este —propio del cine de autor de las viejas épocas—, Krux puede no cumplir del todo con lo que promete su inquietante primera mitad, pero pese a sus excesos formales y sus repetidas alegorías con abejas, serpientes y gatos logra imponerse gracias a la potencia del cuento que tiene entre manos: el de una aldea pequeña que, en medio de una guerra misteriosa, decidió dejarse llevar por el miedo y el prejuicio. Cualquier parecido con la actualidad, no es mera coincidencia.



