
San Sebastián 2026: crítica de ‘Milo’ (‘7h40 ce matin-là’), de Nicole García (Competición)
Una mujer con un pasado oculto rehace su vida en la Francia rural y se enreda en los negocios turbios de un joven mecánico y un misterio familiar. Con Marion Cotillard y Théodore Pellerin.
Un drama familiar con algunos elementos de thriller criminal y un costado hasta político, Milo cuenta la historia de una mujer que llega a una ciudad del interior francés con el objetivo, según anuncia, de reconstruir su vida, de empezar de nuevo desde cero. Al menos eso es lo que le dice al dueño del restaurante de ruta en el que va a buscar trabajo, pero queda bastante claro que esa no es toda la verdad. Por su manera taciturna y algo misteriosa de actuar y moverse es claro que oculta algo.
Alice (Marion Cotillard) alquila un departamento amueblado y básico y empieza a trabajar allí, en Romans-sur-Isère, el el sureste francés. Pronto su moto alquilada se rompe sospechosamente, oportunidad que le sirve para hacerla arreglar en un garage en el que trabaja Milo (el muy demandado Théodore Pellerin, visto en films como Nino y Lurker), un veinteañero al que mira con especial atención y sigue en sus pasos, viéndolo mezclarse con la alta sociedad de la zona. La película de Nicole García allí se desdoblará para seguir las cada vez más intrincadas situaciones y giros en los que se meten ambos, juntos y por separado, dos personajes que están conectados entre sí de un modo que, si bien es bastante obvio, se irá revelando al ver la película.

García va enhebrando, inicialmente con buen pulso, lo que en definitiva es un drama familiar que tiene, en tiempo presente y a partir de algunas actividades non sanctas en las que se mete Milo, un costado de cine negro. Mientras, en el pasado, se van develando asuntos de la vida de Alice que hacen coquetear al film con un no del todo desarrollado thriller político. Ni uno ni otro formato prevalece, por lo que el tiempo que la película da vueltas por allí termina siendo excesivo, con subtramas que se habilitan, parecen importantes pero son más complicadas que finalmente relevantes.
En esos momentos Milo parece ser la apretada adaptación de una novela con más ángulos para seguir de los que una película tiene tiempo, pero no es así ya que se trata de un guión original. García apuesta a que esas derivas —especialmente la criminal— sean de interés y no lo son, ya que se sienten como pérdidas de tiempo que solo habilitan a que más y más personajes aparezcan con más para confundir que para aportar. En su centro, lo que la realizadora tiene para contar es ese drama que conecta a Alice con Milo y con la gente más cercana que los rodea en el presente y que la rodearon a ella en ese difuso pasado que de a poco va quedando más y más claro.
García, ya de 80 años, es elegante para filmar, una veterana que sabe sacar adelante este tipo de dramas con solidez y manejo de elenco y locaciones. Y más allá de sus subtramas innecesarias, Milo ofrece lo esperable en un drama francés contemporáneo: emociones cruzadas, tensiones familiares, ambigüedad psicológica y un grupo de personajes medianamente atractivos en función de la densa historia que se cuenta. La película de la realizadora de Place Vendôme desaprovecha un poco el potencial que tiene la historia, pero igualmente la lleva a destino con cierta sabiduría y la dignidad que le da la experiencia a ambos lados de la cámara.



