San Sebastián 2026: crítica de ‘NAZA’, de Rachel Szor y Yuval Abraham (Perlak)

San Sebastián 2026: crítica de ‘NAZA’, de Rachel Szor y Yuval Abraham (Perlak)

por - cine, Críticas, Festivales
24 Sep, 2026 09:11 | Sin comentarios

Fuentes de Inteligencia israelí detallan cómo la IA ubica blancos de Hamas en hogares de Gaza, priorizando las bajas sobre el «daño colateral» civil. Ganador del Premio Especial del Jurado en Venecia.

NAZA no es un nombre propio sino un acrónimo de «Nezek Agavi», que en hebreo significa «daño colateral». Es, simplificando, la forma en la que las Fuerzas Armadas y de Inteligencia de Israel denominan a las víctimas civiles de un conflicto. «1 NAZA» o «200 NAZA» es el modo en el que se informa cuántas personas «no deseadas» podrían morir ante un bombardeo o ataque. Y la manera en la que el país lidia con esos daños colaterales en Gaza es el eje central de este documental de denuncia dirigido por dos de los tres realizadores de No Other Land, el documental ganador del Oscar del 2024.

Producido por el diario británico The Guardian —que lo liberará en YouTube en noviembre—, NAZA se apoya en los testimonios de dos docenas de personas, en su mayoría personal de Inteligencia israelí, que han trabajado o trabajan utilizando la Inteligencia Artificial para detectar dónde están los posibles blancos de la organización terrorista Hamas y liquidarlos, supuestamente, de la manera más clínica posible. Con sus rostros ocultos y sus voces alteradas, las personas hablan en todos los casos sentados en una azotea de un edificio en el centro de Tel Aviv, por la noche. Y con una franqueza brutal explican cómo funciona un sistema que prioriza el asesinato del blanco en cuestión despreocupándose por los daños colaterales que esos bombardeos generan.

NAZA, a su manera, es una película sobre cómo son los conflictos bélicos modernos, manejados desde oficinas y por computadoras, con programas de IA que detectan los blancos, siguen sus movimientos, miden el supuesto costo/beneficio y ejecutan los planes. Casi todos los entrevistados explican hasta con gráficos cómo es el modus operandi, dando a entender al hacerlo que la cantidad de NAZA de cada operativo es secundaria para el gobierno israelí. Fundamentalmente porque al «colarse» en los teléfonos móviles de todos los habitantes de Gaza que poseen uno, el modo más fácil de identificar a un blanco y tenerlo bajo control espacio-temporal es en sus propias casas, donde viven con sus esposas e hijos. Y si hay que matarlos allí, que así sea…

Los entrevistados no solo explicarán el sistema que permite esos bombardeos sino también la forma cruel y bestial en la que se ejecutan, llegando a derribar edificios enteros para liquidar a algún líder terrorista. En sus declaraciones —siempre ante Abraham, que es el único que vemos—, los entrevistados mencionan casos de 200 o 300 NAZAs en un solo operativo y otros cuentan cómo tomaban la decisión de bombardear mientras escuchaban a sus objetivos hablar con sus hijos en sus casas. Y hay muchos otros casos igualmente aterradores.

NAZA —film ganador del Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia— es también un documental que quita cualquier duda respecto a lo que los servicios de inteligencia pueden hacer con los teléfonos móviles de la gente, a los que básicamente toman y usan como si fueran espías propios, pasando de la ubicación a las cámaras, a micrófonos y a toda la información que hay en ellos. Es a través de entrar en esos circuitos que la IA israelí logra ubicar sus targets y corroborarlos a través del tiempo y el espacio. Lo que no logra es sacarlo de los contextos civiles y familiares en los que habita y circula.

Los realizadores combinan los testimonios con imágenes de archivo y, sobre todo, con planos aéreos y nocturnos de Tel Aviv, ubicado a tan solo 60 kilómetros de la Franja de Gaza y llena de edificios ultramodernos donde la gente parece vivir una realidad muy distinta a aquella de tierra arrasada, en la comodidad de sus casas y viendo las noticias por TV o, despreocupados, en fiestas. NAZA se enfocará también en la justificación de la sociedad israelí —en función del terrible atentado de parte de Hamas que tuvo lugar en octubre de 2023— respecto a lo que se hace en Gaza, al punto que varios de los declarantes tardaron mucho tiempo en poder distanciarse de los hechos en los que, de una u otra manera, participaban. Y muchos lo siguen haciendo.

Y eso habilita a pensar, de nuevo, en aquel análisis sobre «la banalidad del Mal» que tanto se relacionó con la Segunda Guerra Mundial. Aquí hay muchos analistas que piensan —o pensaron— que su trabajo de carácter técnico en estos operativos los distanciaban de los hechos criminales en sí, viendo lo que sucede como si fuera un videojuego, algo sin consecuencias reales. Programadores y especialistas en IA, más que nada, son los que van dando cuenta —no todos— de su cambio de parecer respecto a las cosas que hacían. Es curioso, además, escucharlos comentar cómo la mayoría de los que trabajan en ese área son personas progresistas y no se consideran racistas ni anti-palestinos, pero igual forman o formaron parte de esta maquinaria tecnológica del terror.

El film se debilita un poco por la imposibilidad de dar los nombres propios de los declarantes o de hablar de casos específicos, lo que seguramente permitirá que la gente que niega la existencia de este tipo de inhumanos operativos pueda desmerecer lo que se cuenta aquí. Pero eso no le impedirá, a cualquiera que vea y escuche lo que estos «denunciantes» tienen para contar, advertir el nivel de violencia, crueldad y falta de humanidad desplegados en estos operativos que buscan destruir a todos los habitantes de un país entero… como sea.