
San Sebastián 2026: crítica de ‘Tender Loving Care’, de Mike Leigh (Competición)
Dos amigas trabajadoras sociales vuelven a vivir juntas, lidiando con el amor y con sus padres mientras tratan de cuidar a todos a su alrededor. En competición en San Sebastián.
La veteranía de muchos cineastas suele venir asociada con la simpleza. Y Mike Leigh no es la excepción. El realizador inglés de Secretos y mentiras encuentra en el universo y en los personajes de Tender Loving Care un espacio de cariño, comprensión y humanidad que funcionan como un bálsamo —triste, pero optimista al fin— de los tiempos que corren. Que la que ya anunció como la última película de su carrera se cierre con el plano de un hombre muy parecido al realizador mirando fijamente a cámara con aparente cara de enojado, no contradice esa idea. Por el contrario: parece ser el intento de asegurarse que ese universo de sentido no desaparezca del todo, el «guardia de seguridad» que quiere preservar ese mundo mejor de los cuervos que acechan por todos lados.
Tender Loving Care es una película sobre el cuidado y la protección en el sentido más amplio y generoso de esos términos, un pequeño drama sobre dos amigas —ambas trabajadoras sociales— que vuelven a vivir juntas después de mucho tiempo mientras lidian con problemas amorosos y asuntos familiares, respectivamente. Rosie (Alice Bailey Johnson) lidia con pacientes de hospital y vecinos que no siempre le hacen las cosas fáciles pero ella parece todo el tiempo dispuesta a escucharlos y atenderlos, aún cuando la sometan a humillaciones. Con su amiga Amy (Kate O’Flynn, la premiada actriz revelación de Widow’s Bay) comparten la profesión y, además, sufren y se angustian ante la falta de recursos que hoy tiene el estado para afrontar las necesidades de la gente.
Pero están felices de volver a vivir juntas, en la casa de Rosie, pese a que sea consecuencia de la separación de Amy. Estando ahí en ese cálido living, las dos charlan, bailan, cantan y beben mucho vino blanco mientras se cuentan sus respectivos problemas laborales y personales. Pero no dejan que las quejas o el sufrimiento las venza. Rosie está relativamente entusiasmada con un nuevo romance —con un bombero— mientras que Amy dedica ahora más tiempo a estar con sus padres, dos simpáticos ancianos de más de 80 años que la adoran (a su amiga también de hecho) y la reciben con los brazos abiertos cada vez que viene. O vienen…

Buena parte de la película se va en estos encuentros entre ambas, o los de Amy o las dos con los padres de esta, Birdie (Marion Bailey) y Geoff (Paul Jesson). Conversaciones nostálgicas recordando anécdotas del pasado, historias cotidianas, sencillas bromas y algunos lamentos se mezclan con las situaciones usualmente más dramáticas con las que lidian las dos mujeres en sus trabajos lidiando con personas o familias que atraviesan situaciones complicadas. Siempre con una sonrisa, Amy y Rosie van por la vida ofreciendo ese «tierno y amoroso cuidado» que da título a esta película. Y cuando la cosa se complique, súbitamente, esa empatía, cariño y desinteresada devoción se hará notar aún más.
El realizador de A todo o nada y El secreto de Vera Drake es elocuente en su tema y quizás hasta plano en su propuesta visual. No le interesa nada que saque al espectador de su eje: ni giros narrativos impensados ni subtramas sin importancia. De lo único que se ocupa la película, además de ver la manera muchas veces áspera en la que ambas intentan ayudar a los otros —aún con sus equivocaciones— es en mostrar una compasión que se transforma en ideología, una entrega y un cariño que, como comentan los igualmente amorosos padres de Amy, era moneda corriente en los años de posguerra y que empezó a desparecer del mapa cuando Margaret Thatcher llegó al poder. «Ahora está peor que nunca», dirán los ancianos que pasaron por todas las etapas.
De ocuparse de familias desmembradas o niños abandonados a lidiar con enfermedades, lo que los cuatro excluyentes protagonistas de Tender Loving Care demuestran es que, pese a que en el mundo pareciera prevalecer otro tipo de espíritu de época, todavía existe algo así como un núcleo de humanidad, respeto y cuidado por el otro. Para estas personas sencillas y nobles la prioridad siempre estará en el bienestar del prójimo, sea para atenderlo en la enfermedad, consolarlo ante una mala cita o disfrutar con él de algún placer cotidiano como tararear una vieja canción o volver a contar un chiste escuchado mil veces. Si todo puede cambiar para peor en el momento menos pensado, lo mejor será tener al lado a quien quiera y pueda ocuparse de los otros. Los propios, pero también los extraños.



