
San Sebastián 2026: crítica de ‘Vicentina pide disculpas’ (‘Vicentina pede desculpas’), de Gabriel Martins (Competición)
Cuando el autobús que conduce su hijo se precipita de un paso elevado y causa la muerte de decenas de personas, Vicentina busca a las familias de las víctimas para disculparse. Con Rejanie Faria. Se estrenará en Netflix en noviembre.
Hay algo que recuerda al neorrealismo italiano y al cine iraní en Vicentina pide disculpas, la nueva película del realizador brasileño Gabriel Martins (Mars One) que compite en San Sebastián y representará a Brasil en los Goya. Es un film cuya calma puesta en escena, armada en base a pausados y medidos movimientos, disfraza una potente tragedia interior. Y es una película cuyo recorrido dramático puede parece circular y hasta monótono, pero es uno que de a poco va revelando no tanto costados desconocidos del personaje sino del mundo que la rodea.
Vicentina (un trabajo soberbio y contenido de Rejanie Faria) es una mujer bastante mayor y con problemas para caminar a la que conocemos tras la primera e impactante escena del film en el que vemos a un autobús caer desde arriba de un puente y destrozarse al revés en una autopista. Es un shock violento que sacude a todos —incluyendo a los espectadores que recién se están acomodando en sus butacas tras un comienzo plácido que incluye una bella canción— y que pronto llega a la señora, que está en su casa. Es que Vicentina es la madre de Wesley, el conductor del micro que se ha desbarrancado. El hombre ha muerto y el accidente que causó el omnibus que manejaba mató a decenas de otras personas.
Tras digerir la terrible noticia, enterrar a su hijo y recibir la visita de otro que vive fuera, Vicentina quiere saber un poco más acerca de qué pudo haber sucedido en el accidente. ¿Fue una tragedia sin responsables? ¿O su propio hijo falló en algún momento? Viendo las noticias de la televisión y la manera anárquica en la que el micro se desvía y cae, la mujer empieza a sentir que quizás su hijo intentó quitarse la vida llevándose puesto a todos los que estaban ahí. ¿O habrá, como dicen otros, alguna explicación sobrenatural?

Lo cierto es que Vicentina, como dice el título del film, decide pedir disculpas. Busca y consigue los nombres y teléfonos de familiares de los fallecidos en el accidente y se pone a llamarlos, uno por uno, para disculparse por lo que pudo haber pasado. No hay ni cálculo premeditado ni su llamado a otras víctimas implica que asume que su hijo hizo algo mal, pero se siente culpable, responsable o siente que tiene que hacer algo para calmar su angustia. Y la película se ocupará de esos encuentros y desencuentros con otros familiares de las víctimas del accidente, reuniones que irán revelando distintas situaciones, personalidades y maneras de relacionarse con lo que pasó y con lo que Vicentina hace. Y esas reuniones funcionan como una suerte de peregrinaje urbano que termina afectando a la señora.
Martins pone toda la carga dramática de la película en la figura de Faria, la apesadumbrada madre que debe, a la vez, convivir con el dolor de la pérdida de su hijo y la responsabilidad que siente ante los otros por lo que sucedió. En encuentros con familiares y conocidos empieza a sentir que quizás falló como madre, que no habló lo suficiente con su hijo y que tal vez a él le pasaba algo que ella desconocía. Pero nadie confirma su teoría. Los pocos conocidos de Wesley con los que se cruza —un cantante de thrash metal es lo más parecido a un amigo que conocemos, además de los colegas de la empresa de transportes— le dan a entender que no había nada raro en él.
A lo largo de casi 150 minutos —que podrían ser un tanto menos pero que igualmente fluyen con una cadencia bastante armoniosa—, Vicentina pide disculpas va tejiendo un tapiz social que permite insertar a la protagonista en un mundo de clase trabajadora, con personas en situaciones similares a la suya y, en general, bastante comprensivas con su situación. Si bien muchos no entienden el motivo de sus disculpas y son varios los que no quieren recibirla, la excusa narrativa sirve para conocer el mundo que rodea a la protagonista y ver cómo el dolor atraviesa a todos los implicados en la tragedia.
La película tiene cierto aire de familia con los films de André Novais de Oliveira —quien es uno de los coproductores del film, así como Martins editó películas suyas— y de buena parte del cine de Belo Horizonte, al que conecta no solo las locaciones y paisajes sino un acercamiento cercano al del más clásico realismo humanista. Es un film de conversaciones incómodas, de viajes en omnibus, de esperas, de miradas, silencios y recorridos que van armando un mapa del dolor que —salvo excepciones— se conecta entre sus puntos de un modo empático, generoso. Para bien o para mal, parece decir esta noble y emotiva película, la suerte de uno es la suerte de todos.



