
Venecia 2026: crítica de ‘Meteorito’, de Sebastián Múnera (Settimana della Critica)
Una colombiana convence a su amiga de participar en un contrabando carcelario que las lleva por un paisaje extraño donde realidad y memoria se confunden. En la Semana de la Crítica de Venecia.
Fascinante aunque por momentos indescifrable, la opera prima del realizador colombiano Sebastián Múnera, Meteorito, se ocupa de las vidas de dos amigas, Tefa y Nia, que viven cerca del río Magdalena y se ocupan ambas de criar al sobrino de la segunda. Su vida se apoya en rutinas cotidianas, salidas al río, conversaciones y, en el caso de Nia, visitas a una cárcel cercana. Allí ve a un presidiario, con el que tiene relaciones sexuales y, sobre todo, intercambia contrabandos de adentro hacia afuera y viceversa.
Nia (Ángela Cano) convence a Tefa (Luna Gaviria) de sumarse a este trabajito y el centro del film se ocupará de un viaje que hacen los tres a la cárcel, con ese mismo objetivo. Pero muy cerca de la prisión, en Hacienda Nápoles, Antioquia, hay un curioso parque de diversiones construido en lo que fue la enorme finca de Pablo Escobar, allá donde el narcotraficante tenía animales traídos de distintos lugares del mundo. Y entre una y otra tensa visita a la prisión, los tres se dejan llevar por las raras atracciones de ese exótico lugar. Pero tarde o temprano tendrán que volver a su complicado trabajo de ingresar celulares a la cárcel.

Meteorito es una película curiosa: bella, poética y oscura, filmada en recónditos escenarios naturales y con una cadencia rítmica que no la abandona en sus breves 80 minutos de duración. Lejos de llevar su historia hacia el drama psicológico clásico o al histórico-político, Múnera apuesta más por un registro sensorial, de miradas, cuerpos, pequeñas historias que se cuentan y escenas que fascinan por su brumosa decadencia.
En el medio de ese denso territorio físico se vislumbra una mirada sobre la historia de Colombia, en la que los momentos más oscuros de su pasado —la violencia política, el narco y los muertos que ese mismo río lleva— parecen salir a la luz y mezclarse a veces con la realidad. Si bien Meteórito no apuesta, desde lo estrictamente narrativo, a un relato fantástico, está filmada con la atmósfera de una película de terror. Un terror que no está ligado a eventos sobrenaturales sino a la propia lógica de funcionamiento del mundo.
Por momentos la película es un tanto inexpugnable y parece regodearse en construir imágenes y escenas entre bellas e indescifrables, pero cuando la simbología queda en segundo plano y aparecen con más entidad las sensaciones, las vivencias y hasta el humor que comparten Nia y Tefa, Meteorito se conecta mejor con algo más humano. Es a través de ellas y de sus experiencias que uno se mete en lo que Múnera tiene para contar: un país atravesado por la violencia y un par de mujeres que intentan, a su modo, sobrevivir a sus consecuencias.



