Venecia 2026: crítica de ‘One Minute to Midnight’ (‘Un peu avant minuit’), de Nicolas Pariser (Competición)

Venecia 2026: crítica de ‘One Minute to Midnight’ (‘Un peu avant minuit’), de Nicolas Pariser (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
10 Sep, 2026 12:16 | Sin comentarios

Varado en París durante una semana, un hombre de casi 50 años reencuentra a viejos colegas y amores, enfrentando cómo el #MeToo resignifica su pasado. Con Melvil Poupaud, Chaira Mastroianni y Anaïs Demoustier.

El impacto que el #MeToo ha tenido en Francia ha modificado el tipo de historias de amor que cuenta el cine de ese país. Puede no notarse inmediatamente, pero hay una alteración bastante radical a la hora de presentar lo que antes se podían considerar «películas románticas», películas que ponían —siguiendo esta línea de análisis— generalmente a la mujer como objeto de los deseos de los hombres. En Un peu avant minuit, Nicolas Parisier intenta desmitificar esas construcciones a través de una reflexión masculina, un autoanálisis que funciona como deconstrucción de eso que muchos considerábamos, simplemente, historias de amor.

El protagonista es Leo (Melvil Poupaud), que está a punto de cumplir 50 años y, a la vez, de separarse de su pareja. El hombre vive en Nancy pero está en París para reunirse con un abogado y hacer un complejo trámite de sucesión de la herencia de su padre, italiano, al que nunca conoció. Pero el abogado le demora una semana el encuentro, se lo muda a Italia y lo deja «colgado» en París, esperando. A lo largo de esos días aprovechará para verse con su hija Ema (Clara Pacini) de 19 años, una estudiante universitaria y militante de izquierda que vive allí. Y ponerse al día con ella, con su mundo y con una situación social que se va volviendo cada vez más tensa y en la que la chica está muy involucrada.

A la vez, Leo aprovechará para encontrarse con amigos de su pasado. El hombre fue escritor y periodista, supo fundar un diario a fines de los años ’90 y hoy está alejado de la profesión, pero se tomará un tiempo para ir visitando a algunas de las personas que conoció entonces, con las que compartió experiencias en esa redacción y a las que no ve hace mucho tiempo. Algunos se han vuelto editores famosos, otros han dejado la profesión, alguna se dedicó a la política, algunos cambiaron radicalmente, están los que fallecieron, los «perdidos» y los que siguen más o menos igual que siempre.

Pero la noticia de que uno de sus ex compañeros está siendo acusado de violaciones y abusos sexuales por casi una decena de mujeres por asuntos que sucedieron en esa época lo lleva a reflexionar sobre su propio comportamiento entonces. Y en muchos de sus encuentros y paseos, especialmente con mujeres, se preguntará (y les preguntará) por cómo ellas recuerdan aquellos años de juventud y, más precisamente, cómo lo recuerdan a él. Es que Leo se va dando cuenta que muchas de las cosas que él y sus amigos hacían con las mujeres de la redacción entonces hoy serían consideradas problemáticas. Y trata de entender su rol en esa gran historia.

¿Crisis de los 50? ¿Intento por ver si alguien lo va a acusar de algo y llegado el caso cubrirse? Leo no lo tiene claro ni lo sabe explicar. Quizás tampoco termine de entender del todo esos cambios, apegado como está a una manera de ver las cosas. Lo cierto es que esa semana de tiempo le viene a la perfección para recordar y pensarse desde el punto de vista de los otros. Y se dará cuenta que entre su visión y la que tienen los y las demás hay diferencias importantes. Y hay un caso en particular que lo obsesiona. Una chica llamada Tina, que escribía sobre cine y era la más bonita y deseada por los varones de la redacción. Pero no logra dar con ella. Y se obsesiona con encontrarla.

One Minute to Midnight se presenta a sí misma como una reflexión generacional de los varones de cierta edad (los que hoy van de los 45 a 55 años, asegura el director), algunos de los cuales han ido tomado conciencia de algunos de sus actos e intentan hacer una revisión de su pasado en un contexto cultural cambiante. Si bien es cierto que hay mucho de «manual de autoayuda» para hombres que lidian con el #MeToo —un tono autocrítico pero también un tanto egocéntrico, como el personaje—, hay también dando vueltas una reflexión sobre las historias de amor, sobre cómo las cuenta el cine y, especialmente, cómo ha cambiado a lo largo de las décadas.

El film del director de Alicia y el alcalde se organiza más que nada como una serie de conversaciones, la mayoría callejeras, y algunas en bares y casas. En ese sentido, formalmente la película replica a la perfección la ajustada fórmula del drama burgués francés, aún cuando desde lo temático intente cuestionarlo. Leo va al teatro, lee a Joseph Roth, visita un set de filmación en el que se está rodando una película que lo toca bastante de cerca y solo cuando se encuentra con su hija parece chocarse de un modo un tanto más directo con eso que llaman realidad. Pero no lo suficiente como para salir de ese narcisismo que lo lleva a querer encontrar una respuesta tranquilizadora respecto a su pasado.

En ese sentido, la subtrama política que engloba al film —hla creciente y algo vaga violencia urbana que lleva al gobierno a reprimir manifestantes— se siente un poco forzada, puesta más que nada para poner en discusión la llegada de otro cambio de época, uno que quizás retrotraiga las cosas en Francia a la época pre #MeToo. «La democracia y el mundo tal como lo conocemos quizás dejen de existir», le dice a Leo una vieja amiga y breve ex, Armelle (Anaïs Demoustier), hoy convertida en reconocida política socialista, quien teme por la llegada de la ultraderecha a su país. «Lo que no sabemos es si será algo breve o si se quedará por 200 años», agrega. Y esa angustia corre en paralelo a la trama central del film de Pariser. La batalla político-cultural es una que se sigue peleando día a día en el cine y, especialmente, en las calles.