Venecia 2026: crítica de ‘Ritorno a Buenos Aires’, de Marco Bechis (Competición Oficial)

Venecia 2026: crítica de ‘Ritorno a Buenos Aires’, de Marco Bechis (Competición Oficial)

por - cine, Críticas, Festivales
11 Sep, 2026 02:16 | Sin comentarios

Un médico italiano regresa a la Argentina para declarar contra sus torturadores, enfrentando la culpa, el trauma y las ambigüedades morales de la dictadura. Con Adriano Giannini, Ana Celentano y Verónica Gerez. En competición en el Festival de Venecia.

En 1999 se estrenó en el Festival de Cannes —y luego en las salas de cine—, Garage Olimpo, una película cruda y dura que mostraba las detenciones y torturas que tuvieron lugar durante la dictadura militar argentina, más específicamente en el centro de detención clandestino conocido como El Olimpo. Marco Bechis, su realizador, nacido en Chile y de origen italiano, había estado detenido en un lugar similar a ese y, si bien la historia central que narraba era de ficción, el terrible y brutal universo que describía tenía mucho de real y autobiográfico. Más de un cuarto de siglo después llega Ritorno a Buenos Aires, película que funciona como continuación —más que directa secuela— de los hechos que se narran allí.

El nuevo film —una producción italiano-brasileña, coproducción que refleja la situación actual del cine argentino, tanto económica como política— se ocupa de otra etapa de la larga saga de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. No son los juicios que se retrataron en la película Argentina 1985 sino los que tuvieron lugar en los años 2000, tras ser declaradas nulas las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, de 1986 y 1987. Apoyándose, quizás aún más que en su opera prima, en su experiencia personal —Bechis también regresó de Italia para testimoniar—, la película narra las experiencias de un doctor italiano que vive en Turín y que es convocado para volver al país a presentarse en el juicio contra sus torturadores.

Más allá de las similitudes generales —y muchos nombres propios, que se repiten, incluyendo algunos actores—, el caso es distinto al suyo personal e inclusive al de la anterior película. El protagonista aquí es Mariano Guerra (Adriano Giannini, hijo del mítico Giancarlo Giannini), un solitario y perturbado médico italiano que, tras varios llamados y convocatorias que rechaza, decide finalmente viajar a Buenos Aires a testimoniar contra sus captores y torturadores. Llevado a un hotel en el que convive con otras personas en similar situación a la suya, Mariano va recordando algunos de los hechos que tuvieron lugar entonces (hechos que el film repasa a modo de flashback) mientras atraviesa varios momentos incómodos y distintas inseguridades y miedos personales antes de llegar a declarar.

El ángulo más interesante y quizás hasta incómodo de la película tiene que ver con que Mariano —como se advierte por el trato que recibe de parte de otros testigos que han vuelto— terminó «colaborando» con sus captores tras pasar mucho tiempo detenido, siendo torturado y abusado de todas las formas posibles. Y eso, conectado a su aparente responsabilidad en un caso de desaparición de una compañera suya —cuya hija la sigue buscando y lo confronta—, lo lleva a dudar y a preguntarse no solo sobre su presencia en el juicio sino a entender su rol en aquellos hechos. ¿Podía haber evitado hacer lo que hizo? ¿O la violencia física y psíquica ejercida contra él justifica algunos de sus actos?

La película se propone más como un viaje interior a la psiquis del protagonista, utilizando su caso —o casos como el suyo— para hablar también de las secuelas de aquellos hechos, tanto las estrictamente psicológicas como las sociales, ya que la culpa, la vergüenza y quizás hasta el odio a sí mismo aparecen constantemente en ese curioso limbo en el que Mariano está mientras espera la llegada del juicio y va teniendo charlas, entrevistas o, simplemente, rememora sus experiencias durante los años en los que estuvo detenido.

Uno de los grandes logros de esta continuación tiene que ver con el clima opresivo que rodea al protagonista y a toda la situación. El hotel semivacío en el que algunos testigos esperan para dar su testimonio, los encuentros con abogados y hasta las conversaciones entre los distintos personajes se dan en lugares lúgubres que funcionan más como una descripción del estado de la mente del protagonista que como sitios reales. Así, la película irá combinando situaciones históricas más precisas —ligadas al juicio en sí y a las declaraciones testimoniales— con otras más cercanas a poner en evidencia la perturbación psicológica y hasta moral de los involucrados en las causas.

Distinta, en ese sentido, a Garage Olimpo —un film mucho más crudo, directo y realista— a Ritorno a Buenos Aires le juega en contra la imposibilidad, salvo por algunos planos aéreos, de filmar en la capital argentina, lo que lleva a Bechis a encerrar aún más a sus personajes en espacios opresivos y transformar así a la película en un drama más intimista. Ana Celentano, Verónica Gerez y Olivia Nuss aportan lo suyo en roles que incluyen a otra testigo, a la hija de una desaparecida y, en el caso de Nuss, al personaje de «Muñeca», que aparece vía flashbacks.

Si bien ambos films comparten un carácter denso, opresivo y oscuro, lo que recorre a De regreso a Buenos Aires es un ambigüedad moral tan o más incómoda que la de Garage Olimpo —que ya de por sí, en la relación que planteaba entre los personajes de Antonella Costa y Carlos Echeverría, también coqueteaba con esos mismos límites— y una mirada igual de lacerante con respecto a los autores de los hechos. Adrián Fondari y Marcelo Chaparro, actores del film original, regresan aquí, el primero de ellos en un rol tan clave como siniestro. De hecho, los nombres de los acusados aquí son los mismos de los personajes del anterior film.

Lo que la película no alcanza a recuperar es el impacto de aquella. Se la siente más morosa, con una puesta en escena más tradicional y diálogos que por momentos son un tanto forzados. Pero más allá de algunas debilidades específicas del film, lo que Bechis logra en Ritorno a Buenos Aires es dejar en claro que los crímenes cometidos por la dictadura (incluyendo los ligados a los sobrevivientes) siguen estando muy presentes en la sociedad argentina. En tiempos de gobiernos negadores que vuelven a poner en duda o relativizar los hechos terribles de aquellos años, películas como esta dejan en claro que no se trata de un asunto que pertenece a un pasado lejano. A medio siglo de aquellos hechos, las heridas abiertas durante aquellos años de plomo siguen sin estar cerradas. Y probablemente nunca lo estén.