
Columnas: el personaje perfecto tiene un problema
El cine necesita personajes que se resistan. Los compañeros de IA prometen adaptarse al usuario. Entre ambas pantallas aparece una disputa por el control.
El peor personaje para una película romántica sería alguien que siempre dijera lo que queremos escuchar. Disponible, comprensivo, incapaz de arruinar una cena con una observación inoportuna. Un encanto para pasar el rato. Un problema considerable para cualquier guionista. Porque una historia necesita resistencia. Alguien quiere quedarse y alguien quiere irse. Una declaración llega tarde. Una mirada contradice una frase. Si todas las respuestas satisfacen a quien pregunta, el relato se queda sin aire.
Los compañeros de inteligencia artificial permiten mirar esa vieja necesidad del cine desde otro lugar. Ahora existe una pantalla que responde, acepta instrucciones y ofrece distintas formas de personalización. El espectador puede intervenir en la conversación. Y esa posibilidad obliga a distinguir dos placeres que solemos mezclar: sentirnos reconocidos y encontrarnos con alguien que se nos escapa.
Una respuesta agradable puede ser una mala escena
El equívoco empieza con una aspiración bastante razonable: querer que una conversación salga bien. Nadie necesita más intercambios frustrantes, mensajes ambiguos o silencios que duran una semana. Una ficción interactiva puede ofrecer un rato entretenido sin exigir explicaciones sobre la vida sentimental de quien la usa.
El problema aparece cuando esa comodidad se convierte en criterio artístico. Un personaje interesante tiene zonas que el público no controla. Puede resultar antipático durante veinte minutos. Puede tomar una decisión que nos parezca absurda y, sin embargo, coherente con su historia. Incluso puede aburrirnos antes de revelar algo.
Mi primera objeción a la fantasía de la personalización total es bastante sencilla: conocer mis preferencias no alcanza para contarme una buena historia. A veces, mis preferencias son precisamente lo que una película debería poner en dificultades.
Elegir el aspecto de un personaje tampoco equivale a escribirlo. La ropa, la voz y una biografía breve pueden establecer una presencia. Falta lo más incómodo: descubrir qué quiere cuando su deseo contradice el nuestro.
Ahí empieza el trabajo del dramaturgo. El menú de ajustes suele terminar un poco antes.

El teléfono también estaba en la casa del bosque
En junio de 2025, el periodista Sam Apple contó en WIRED una experiencia singular: organizó una escapada con parejas de IA y sus usuarios en una casa de vacaciones. Los asistentes llevaron sus conversaciones a una reunión compartida. Hablaron, hicieron actividades y miraron películas. El reportaje también recogió tensiones y dificultades para sostener aquella convivencia.
El detalle interesante para el cine es el material. Hay una mesa, personas sentadas alrededor y dispositivos que introducen otras voces. La presencia artificial necesita batería, conexión y alguien que acerque el teléfono. Lo que en una interfaz parece una conversación privada adquiere, visto desde afuera, una puesta en escena.
Esa distancia merece atención. Quien participa puede vivir el intercambio con intensidad. Quien observa ve un aparato. Ninguna de esas perspectivas agota lo que está pasando.
Burlarse del usuario sería una salida perezosa. También lo sería aceptar cada declaración del sistema como prueba de una vida interior. Entre ambos extremos hay situaciones que el cine podría explorar sin convertir a nadie en ejemplo clínico ni en anuncio publicitario.
La pregunta dramática sería quién sabe qué dentro de esa habitación. Quién entiende el juego, quién lo acepta y quién empieza a pedirle algo que el programa no puede garantizar.
Fuera de esa convivencia, el entretenimiento adulto añade otra modalidad de interacción. En servicios como pornoia, la creación de personajes y el chat forman parte de una oferta orientada a mayores de edad. Es una categoría distinta de una película y tampoco describe todos los usos de los compañeros artificiales.
Conviene mantener esas diferencias. Una fantasía ocasional, una conversación habitual y una relación que alguien considera central en su vida requieren preguntas distintas. Meterlas en la misma bolsa produce titulares cómodos. Personajes, pocos.
La sátira tecnológica también puede obedecer al algoritmo
El cine tiene su propia versión de esa complacencia. Puede denunciar nuestra dependencia de las pantallas mientras organiza cada secuencia para impedir que apartemos la mirada. Mucha alarma dentro del argumento, ninguna pausa en el montaje.
La crítica de la sátira tecnológica de Gore Verbinski publicada por Micropsia en abril de 2026 encontraba esa contradicción en Buena suerte, diviértete, no mueras: una película sobre la obsesión digital cuya acumulación de estímulos terminaba acercándose a aquello que cuestionaba.
El reparo sirve para pensar otras ficciones sobre IA. Poner un teléfono en manos de un personaje y hacerlo sufrir no constituye, por sí mismo, una observación sobre la tecnología. Hace falta mostrar qué conducta permite el aparato, qué decisión se vuelve más fácil y qué costo queda fuera de cuadro.
Mi segunda objeción es para cierto cine de advertencia: atribuir toda la crueldad al software puede terminar absolviendo a quienes lo diseñan, lo venden o lo utilizan para controlar a otros.
Un sistema puede tener restricciones. Una empresa puede cambiarlas. Un usuario puede insistir en eliminarlas. Cada una de esas acciones ofrece un conflicto más preciso que la habitual máquina que se vuelve malvada.
Y hay una diferencia entre un personaje que se revela porque el guión necesita una persecución y otro cuya negativa reorganiza nuestra comprensión de lo que vimos. La primera opción entrega movimiento. La segunda obliga a revisar una relación.

Lo que el estudio permite decir, y lo que falta filmar
La investigación tampoco justifica un desenlace único. En 2025, Cathy Mengying Fang y sus colegas del MIT Media Lab y OpenAI publicaron un experimento sobre uso de chatbots, desarrollado durante cuatro semanas con 981 participantes. Compararon modalidades de interacción y tipos de conversación. No detectaron efectos significativos atribuibles a esas condiciones experimentales.
Sí observaron que quienes usaron voluntariamente más el chatbot presentaban resultados menos favorables en las medidas estudiadas. Esa asociación no demuestra que pasar más tiempo conversando causara esos resultados. Además, un ensayo breve con un asistente general no representa todos los servicios de compañía ni permite describir años de uso.
Quizás el cine más fértil sobre estas relaciones deba aceptar esa incertidumbre. Una persona puede encontrar entretenimiento y otra reorganizar su día alrededor del mismo servicio. Mostrar la diferencia exige atender a horarios, decisiones y conversaciones concretas.
También exige mirar a la empresa. ¿Qué ocurre cuando cambia una función importante? ¿Quién conserva el historial? ¿Qué entiende el usuario que está pagando? Son preguntas sobre dependencia comercial, privacidad y continuidad que pueden producir escenas sin necesidad de inventar una conciencia atrapada en un servidor.
La protección de menores merece la misma precisión: un aviso de edad y un control efectivo son cosas distintas. Una película podría mostrar esa diferencia siguiendo una sola cuenta, sin discursos explicativos.
Para los adultos, sigue abierta una cuestión menos espectacular. Cuánto control quieren conservar sobre la ficción y cuánto están dispuestos a ceder para que los sorprenda.
Una escena posible: alguien escribe una declaración, espera la respuesta y empieza a corregir las instrucciones del personaje antes de recibirla. Cambia el tono. Borra un rasgo. Pide más afecto.
El cursor vuelve a parpadear. La respuesta todavía no llegó y ya tiene director.



