
Estrenos: crítica de ‘Clayface’, de James Watkins
En la película de DC Studios, Tom Rhys Harries es un actor nominado al Oscar al que un mafioso de Gotham le tajea y deforma el rostro; Naomi Ackie encarna a la doctora cuyo tratamiento experimental lo convierte en algo mucho más extraño.
Pese a su «venta» como película de horror, Clayface no se aleja demasiado del universo de superhéroes en el cual existe. Tercer film del nuevo DCU —como se denomina al relanzamiento del universo DC Comics desde que James Gunn tomó el control—, la película de James Watkins craneada y coescrita por Mike Flanagan toma a un personaje conocido inicialmente como villano de la saga Batman y cuenta la brutal historia de sus orígenes. Si bien por las propias características del personaje la película tiene varias escenas bastante más incómodas y desagradables de ver que la mayoría de los films de superhéroes, en su estructura y forma no se diferencia demasiado.
En más de un sentido la película tiene cosas en común con La mosca, el film de David Cronenberg que también trataba de la viscosa y repulsiva transformación de una persona en una criatura un tanto deforme. Watkins da rienda suelta durante buena parte de la película a escenas de body horror repletas de momentos incómodos ligados a cortes brutales o deformaciones en la piel, pero no logra llevarlas al territorio más psicológicamente perturbador del realizador canadiense, quien seguramente décadas atrás se habría hecho un festín con una historia así. Más que nada porque, por fuera de sus viscosas y cambiantes mutaciones, no hay mucho material para escarbar en su protagonista.
Cuando lo conocemos, Matt Hagen (interpretado por el actor galés Tom Rhys Harries) es un actor que se acaba de consagrar tras ser nominado a los premios de la Academia. Parece un buen chico, sensible y encaminado al éxito, cuando comete un error imperdonable. Mientras sale una noche con su amigo Corey (Joshua James), tiene la mala idea de sacar a bailar y luego pasar la noche con Theresa (Ruby Seer), que es la novia de Markos Szabo (David Dencik), un capo mafioso de Gotham al que todos temen. El tipo los descubre in fraganti y procede a tajearle bruscamente la cara a Matt, dejándolo irreconocible. El hecho no solo arruina la carrera del desfigurado actor sino que, por las presiones del mafioso, también pierde el juicio que le hizo. Y todo su dinero.

Matt debe volver al barrio de su infancia, The Narrows, en las afueras peligrosas de Gotham. En las últimas, ve una publicidad de una cirugía experimental que, aseguran, devuelve a la gente desfigurada su look original. Y pese a las dudas de su creadora, la Dra. Caitlyn Corr (Naomi Ackie), que todavía está en fase de prueba animal del procedimiento, la convence a ponerlo a prueba con él. Y así Matt entrará en una etapa de continuos cambios, en los que parece haberse recuperado pero por diversos motivos su cara se vuelve a deformar. Y así, varias veces, hasta entrar en una fase un tanto más problemática que le hace pensar en la posibilidad de vengarse de quienes lo lastimaron inicialmente.
Clayface es una origin story hecha y derecha: casi dos tercios de la película se van en el tratamiento, las inyecciones, los cambiantes resultados que generan y las evoluciones e involuciones de las nanocélulas con IA (o algo así, no pregunten) que tiene desparramadas en su cuerpo. La transformación mágica no existe y, por un motivo u otro no siempre controlable, el rostro de Matt se desfigura y recompone una y mil veces. Hasta que, a la par de su debacle emocional, su «cara de arcilla» lo termina llevando a sufrir cambios psicológicamente más perturbadores. En medio de todo eso, Matt se enamora de su doctora, pero la mujer, casada con un policía (Max Minghella), no se anima a dejarlo por él.
La película funciona bastante bien durante la cambiante metamorfosis de su protagonista. Si bien los giros de su «evolución» física son bastantes y potencialmente repetitivos, Watkins logra convertir esa serie de mutaciones en una suerte de drama romántico y trágico sobre un hombre que se obsesiona por volver a lucir como antes y recuperar su gloria perdida. Sin la ambición gótica que a un personaje así podría haberle dado un Guillermo del Toro, Clayface igualmente logra conectar al espectador con esa búsqueda angustiante y físicamente dolorosa del protagonista.

El film empieza a fallar cuando Matt pasa a la acción. No solo porque la trama se vuelve más previsibles, sino porque la película en sí deja de lado, de allí en adelante, su propia lógica y sus reglas. No adelantaré nada para no spoilear la trama, pero en determinado momento los cambios que Matt puede hacer con su cara, su cuerpo y otras cosas más ya dejan de ajustarse a lo que se vino contando hasta el momento y pasa a ser algo muy distinto. A partir de ahí la película ya entra en un terreno en el que casi vale todo, dejando de lado casi por completo la lógica que pacientemente fue creando durante su primera mitad.
Los actores seguramente disfrutaron mucho siendo partícipes de las mutaciones del personaje —quien en cierto momento puede adoptar el rostro de las personas que lo afectan emocionalmente, para bien o para mal—, ya que en muchas escenas Clayface no es interpretado por el protagonista sino por sus pares. Watkins genera algunos momentos ingeniosos con las potenciales confusiones que se generan a partir de sus mutaciones, pero en cierto momento sus transformaciones pierden total sentido y, con tal de aportarle a la película alguna escena de acción extra, terminan siendo caprichosas. Y ahí, toda la cuidadosa estructura del personaje se pierde bajo el peso de los trucos visuales y los efectos especiales.



