
Estrenos: crítica de ‘La caída de la ballena’ (‘Whalefall’), de Brian Duffield
Tras la muerte de su padre, Jay se sumerge en la costa central de California en busca de sus restos, pero es tragado por una enorme ballena. Con solo una hora de oxígeno restante, debe intentar sobrevivir. Con Austin Abrams, Josh Brolin y Elisabeth Shue. Estreno: 15 de octubre.
Viendo La caída de la ballena uno podría presuponer que está ante una de esas ideas de productor de cine clase B, de las tantas películas de cine catástrofe submarino que parecen estrenarse semana a semana y que incluyen usualmente a algún tipo de tiburón u otra amenaza acuática. Después de todo, la idea de un hombre atrapado dentro de una ballena e intentando sobrevivir sin ser tragado por el animalito en cuestión suena a ese tipo de película. Pero no es así. El film se basa en la novela Whalefall, escrita por Daniel Kraus, un autor recientemente premiado con el Premio Pulitzer (por su novela Angel Down) y que escribió también para Guillermo del Toro y George A. Romero.
El pedigree autoral se puede percibir en la manera en la que el concepto central —un joven tratando de no ser digerido por una ballena gigantesca, más específicamente un cachalote— está envuelto en una tragedia familiar y en un drama sobre una reconciliación entre un padre fallecido y un hijo que, en el momento en el que más lo necesita, logra aprender algunas de las lecciones que no supo bien comunicarle en vida. Y La caída de la ballena va y viene en una zona en la que la aventura minimalista de este chico atrapado en un estómago se va mezclando con los flashbacks a la relación con su padre.

El film comienza, en California, con la muerte de Mitt Gardiner (Josh Brolin), un hombre que enfrenta un severo cáncer y prefiere tirarse al mar y morir allí a ser intervenido y tratado. Un clásico hombre de mar —recio, severo, lleno de tatuajes—, también era una persona profundamente conectada con la naturaleza, especialmente con las ballenas, además de un lector empedernido (John Steinbeck es su favorito) y un reconocido profesional del buceo. Las lecciones que intentó impartirle a su hijo Jay (Austin Abrams), en vida, no tuvieron mucho efecto, ya que Mitt siempre fue un poco brusco para darlas y Jay nunca encontró forma de conectar con él.
Tras la muerte de Mitt, Jay toma una decisión arriesgada. Como el cuerpo de Mitt nunca apareció, decide bucear y buscarlo en el fondo del mar, sin avisarle a su madre (Elisabeth Shue) ni a sus hermanas. Y con su equipo de buceo y las lecciones que aprendió de papá, irá en su búsqueda. Pero una ballena enorme tiene otros planes y, poco tiempo después de entrar al mar, se lo traga como si tal cosa. Jay quedará adentro del bicho, en algún lugar oscuro, cerrado y gelatinoso de su enorme anatomía. Y tiene que encontrar la forma de salir de allí en menos de una hora, que es el tiempo de oxígeno que le queda.
Whalefall es una de esas películas que, durante buena parte de su metraje, uno ve con los ojos entrecerrados y una sensación de asfixia. No es nada agradable la sensación de estar atrapado dentro de lo que parece ser un estómago y Duffield pasa buena parte del tiempo mostrando cómo el chico va tratando de arreglárselas, de no morir en el intento y de encontrar la forma de salir de allí. Algo que por momentos parece imposible.

La película airea un poco esa situación a partir de mostrar flashbacks que profundizan en la relación entre padre e hijo, escenas conectadas más que nada por las urgencias y necesidades del chico atrapado que, al recordar alguna charla o enseñanza en particular, descubre cómo hacer para salir de algún enredo. Todo eso, claro, estará matizado de las tensiones entre ambos y una conexión más espiritual que realista que se irá dando de a poco y que tiene un aire cercano a Hamlet (o a El Rey León, si buscan una referencia más cercana en el tiempo) en su costado casi fantástico.
Whalefall es una película curiosa, incómoda de ver, ya que genera un tipo de tensión que, convengamos, es un tanto desagradable. Gran parte de la película transcurre en las tripas del animal y, sinceramente, por más situaciones tensas que Jay vive allí, es un ámbito en el que nadie quiere pasar mucho tiempo, ni siquiera en su imaginación. Dependerá, claro, de la tolerancia de cada espectador para soportar media película en esas circunstancias. En mi caso personal, se me hizo bastante ardua, de esas que uno pondría fast forward si tuviera la posibilidad de hacerlo.
Es cierto que quizás sea un logro para Duffield que el espectador sienta ese ahogo. Es eso, después de todo, lo que un film así busca. Pero a la vez es difícil no desear que las cámaras salgan de esa visita médica para mostrar el exterior o para expandir la relación entre padre e hijo, que es el corazón, el núcleo del relato. En ese terreno al menos la película hace buen pie, especialmente por la fuerte presencia de Brolin como ese severo padre que no supo dar bien sus consejos en vida pero que, una vez fallecido, se transforma en algo así como un oráculo. Las lecciones a veces se aprenden cuando uno menos se lo espera. Y en el lugar menos pensado.



