
Estrenos: crítica de ‘La caja del demonio’ (‘Lockbox’), de Daniel Stamm
Ellen se muda a un pequeño pueblo y recibe a su primo Winthrop, un veterano de guerra con un pasado oscuro. Cuando comienzan a suceder hechos extraños, Ellen deberá descubrir qué se esconde realmente detrás de él. Con Carla Gugino y Lou Taylor Pucci. Estreno: 29 de octubre.
Llega Halloween y con esa fecha desembarcan, más todavía que en la cartelera semanal del resto del año, esas películas de terror a las que les cabe la amarga definición de «una del montón». Lockbox tiene un planteo y un desarrollo que, al menos hasta dos tercios de la película, la acerca más a un thriller con algunos toques sobrenaturales. Pero en la media hora final suelta amarras y se define por completo por el género, perdiendo el cierto control que hasta entonces tenía y sumando personajes y situaciones que parecen importadas de otra película con algunos de los mismos protagonistas. Sea como fuere, con 105 minutos se vuelve una experiencia más tediosa que impactante, más aburrida que temeraria.
Basada en uno de los más de cien episodios de un podcast de terror llamado Knifepoint Horror que, aparentemente, es un fenómeno online con más de 15 años de antigüedad, la película toma uno de esos capítulos —originalmente titulado «Winthrop»— y lo extiende y adapta a un formato cinematográfico. Con guión de la propia creadora del podcast, Soren Narnia, junto a un tal Justin Yoffe, La caja del demonio tiene como protagonista a Ellen (Carla Gugino), una mujer que, tras pasarse años cuidando a su madre, se muda a otra ciudad, a una casa heredada de la familia. Allí parece establecerse, ayudando en la parroquia local y trabajando como cuidadora de personas con problemas de salud, física o mental.

El que llega hasta su puerta a establecerse es su primo Winthrop (el ahora cuarentón Lou Taylor Pucci, que supo ser la estrella adolescente de films como Thumbsucker 20 años atrás), un traumado veterano de guerra parco y silencioso, que claramente necesita algún tipo de atención especializada o bien de medicación. Más allá de cierta natural incomodidad —tener que compartir el baño es todo un problema—, las cosas entre ellos parecen funcionar más o menos bien hasta que entromete su nariz una ruidosa vecina llamada Vahna (Katherine Isabelle), que mira al recién llegado con una mezcla de miedo y provocación, incomodando a Winthrop.
La tensión va escalando hasta que un día la tal Vahna aparece brutalmente asesinada. Y todas las miradas van a parar al taciturno Winthrop, quien encima no tiene mejor costumbre que la de salir a la madrugada a dar vueltas por ahí, en plan sonámbulo. Lo encarcelan, intentan juzgarlo, pero Ellen hará lo posible para liberarlo. Y allí veremos que, más allá del cariño que su prima le profesa, el tal Winthrop esconde realmente algunas zonas crueles y violentas. ¿Será él el asesino o existirán otras cosas, un tanto menos explicables, dando vueltas por ahí?
Hasta cierto momento, Lockbox funcionará como un thriller más o menos realista en el que Ellen no sabe cómo actuar ante la idea de que su primo pueda ser un violento criminal. Pero a partir de allí Stamm empezará a dejar entrever que en los actos violentos que tienen lugar hay comportamientos imposibles de entender utilizando la lógica. ¿Será que hay algún ente o algo fantástico circulando por la zona? ¿O simplemente este traumado veterano de guerra oculta a un asesino en potencia?

La película tiene una idea más o menos ingeniosa —revelarla sería spoiler así que no lo diré—, pero más allá de eso, una vez que la sangre empieza a circular en pantalla, la película se abre a un todo vale. Primero lo hará de a poco, reconectando algunas cosas ya vistas. Y luego incorporará una serie de «asuntos» e inclusive de personajes nuevos que girarán todo hacia el género y tirarán por la borda casi todo lo previamente armado.
La última media hora de La caja del demonio no es mucho más que un festín de efectos visuales y sonoros que no conducen hacia ningún lado dramático, un catálogo de buscados sustos que intenta clausurar todo el andamiaje dramático en pos de algún impacto tardío en el espectador. No lo logrará. Y la película se hundirá por su propio peso, lenta pero inexorablemente.



