Estrenos: crítica de ‘La casa’, de Gustavo Triviño

Estrenos: crítica de ‘La casa’, de Gustavo Triviño

por - cine, Críticas, Estrenos
07 Oct, 2026 03:43 | Sin comentarios

En este policial negro Diego Peretti encarna a un contador despedido que cierra un trato sospechoso con el siniestro Bernal (César Troncoso) para no perder la casa en la que vive.

Hay una noble y gran tradición del cine negro argentino que las últimas generaciones de cineastas no han aprovechado como deberían. Si bien existen varias películas nacionales de las últimas décadas que pueden ser consideradas sólidos relatos policiales, se trata de un género no suficientemente explorado desde el realismo urbano característico del Nuevo Cine Argentino y aledaños. Son pocos los realizadores que, en los últimos tiempos, hayan buscado tomar la posta del cine de directores como Adolfo Aristarain o Juan Carlos Desanzo, por nombrar solo algunos de los cultores del policial de fines del siglo pasado. Fabián Bielinsky es quizás la referencia más fuerte de este siglo, un realizador que parecía particularmente interesado en plasmar sus ideas a través del género. O están los casos de Pablo Trapero, Adrián Caetano, Luis Ortega, Juan José Campanella y Pablo Fendrik, entre otros, que han incursionado en el género, pero lo han hecho solo ocasionalmente.

La casa es la segunda película de Gustavo Triviño y ambas entran en la categoría de noir urbano. Son películas un tanto sórdidas, incómodas, que se balancean entre el realismo y el género, con un pie en algo parecido al costumbrismo y otro que entra de lleno en el relato policial. En las dos (la anterior, De martes a martes, es de 2012) se tratan temas ligados a la actualidad pero desde un costado inusual, llevando a los protagonistas, a partir de situaciones cotidianas y reconocibles, a meterse en territorios propios de la ficción criminal. Se trata de un proceso lento, que de a poco va convirtiendo a personas en apariencia normales en personajes bastante más oscuros y hasta siniestros de lo que inicialmente parecían.

El protagonista aquí es Hugo Vaca (Diego Peretti, en su mejor interpretación en mucho tiempo), un contador que tiene un cargo jerárquico en la administración de una empresa que está a punto de ser comprada por inversores chinos. Al hombre le llega el rumor de que, al venderla, despedirán a las diez personas que tiene a su cargo. Con esa información, Hugo confronta al presidente de la compañía, que se lo confirma. “Son solo 10 entre más de 500”, le dice. Pero a Hugo no lo tranquiliza. Son justamente los de su departamento, a los que él les había prometido que nada les iba a pasar. Ahí mismo Hugo pierde el control, golpea a su jefe y no son diez los que terminan echados, sino once. Y en su caso, con causa. Ergo: sin indemnización alguna. 

Sin trabajo y ya con 57 años, a Hugo le queda enfrentar un duro mercado laboral para el que no está bien preparado. Sabe hacer lo suyo, pero no habla idiomas, tiene una edad complicada para ser incorporado en un cargo jerárquico como el que tenía, y pronto se da cuenta que no consigue nada. Ni siquiera como remisero le va bien. Su mejor amigo, Gastón (Fabián Arenillas), le da la solución más obvia: “Vendé tu casa y con lo que te dan te podés comprar varios departamentos, vivís en uno y alquilás los otros”. Es que Hugo tiene un caserón enorme, con jardín y piscina, que le queda demasiado grande, ya que su ex mujer y su hijo se han ido a vivir a España. Pero el tipo no quiere saber nada con vender. La casa, dice, es su lugar en el mundo. La hizo con tanto esfuerzo, esmero y cuidado que desprenderse de ella es casi morir en vida.

Allí surge una posibilidad un tanto rara, seguramente no del todo legal. Existen personas, le dicen, que compran casas a futuro. Le pagan la mitad de su valor pero lo dejan vivir allí hasta su muerte. A Hugo el negocio le resulta un tanto sospechoso, pero al no tener muchas opciones decide probar suerte. Y se conecta con el misterioso “Negro” Bernal (César Troncoso), un hombre al que hay que buscar a través de terceros y que parece tener fama de tipo denso y conectado, del que mejor no saber mucho. Y en esa necesidad de conservar a toda costa su casa, Vaca se irá involucrando en un negocio que tiene mucho de sospechoso. Y sobre el que es mejor no enterarse demasiado antes de ver la película.

La primera mitad de La casa funciona casi como una comedia costumbrista, con algunos apuntes simpáticos y curiosos sobre la manera en la que Hugo vive sus intentos de conseguir trabajo o las incómodas situaciones que atraviesa manejando un remise. El contacto con Bernal a través de Doña Celia (la recientemente fallecida Marta Lubos, en su último trabajo), una almacenera que funciona como intermediaria, va empezando a inclinar la cancha hacia el lado del suspenso. Una serie de situaciones peculiares ligadas a unos sandwiches de milanesa que la mujer prepara y que Hugo osa rechazar empiezan a enturbiar su relación con Bernal. Y cuando aparezcan los compradores ya estaremos sintiendo que el negocio inmobiliario prometido huele a algo bastante más problemático.

La segunda mitad de La casa lleva a Hugo a meterse de a poco en un mundo completamente desconocido para hombres como él. La inteligente decisión de Triviño pasa por dotar a una serie de reuniones y transacciones de un clima denso, aún cuando no se sabe si esa densidad es real o si está en la cabeza del protagonista. Si bien el mundillo de empresarios, artistas, guardaespaldas e improbables negocios en el que se mete Vaca es de por sí raro, es él quien amplifica esas características, quien empieza a sospechar que quizás el negocio involucra, en un punto, deshacerse de él. Hugo huele que hay algo turbio en el mundo en el que se mete, pero ni él —ni menos aún el espectador— sabe por dónde se complicará la cosa.

Triviño, un muy experimentado camarógrafo —su especialidad es la operación de las famosas steadicams y ha trabajado en alrededor de 300 películas y episodios de series en veinte años—, maneja con muy buen ojo y gran pulso narrativo el lento pero constante proceso de inmersión de Hugo en un mundo que puede ser del hampa. A la vez, en función de su propia historia y por cómo ya lo vimos actuar, uno sabe que Hugo puede ser un tipo timorato e indeciso, pero también tiene sus zonas oscuras y potencialmente violentas. Y cuando los negocios se vuelvan más complicados de lo que en un principio parecían —el guión, en ese sentido, cuela aquí y allá recursos clásicos del relato criminal—, todos estos elementos entrarán en colisión.

El experimentado Troncoso es la carta fuerte de La casa. Cuando él entra a la historia, con su manera sinuosa pero evidente de ejercer presión e infundir miedo, la película empieza a mover el dial hacia el cine de género. Nada realmente criminal sucede por un buen rato, pero la atmósfera ya está creada, el combo entre negocio turbio y personajes siniestros —los compradores, liderados por Mariano Argento, aportan también lo suyo— tuerce las expectativas y el espectador ya sabe que la cosa se complicará cada vez más y que no todos saldrán indemnes del asunto. El mérito de Triviño es tornar creíble esa transición, transformar lo que parecía ser una comedia dramática costumbrista en un oscuro relato de supervivencia, una historia violenta sobre lo que un hombre es capaz de hacer para no perder sus preciadas posesiones materiales.