
Estrenos: crítica de ‘Sensatez y sentimiento’ (‘Sense and Sensibility’), de Georgia Oakley
Esta adaptación de la novela de Jane Austen reúne a Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles como hermanas sin recursos que, tras la muerte del padre, tratan de encontrar marido. Con George MacKay, Frank Dillane y Herbert Nordrum. Estreno en Argentina: 29 de octubre.
A 31 años del estreno de la adaptación más exitosa de Sensatez y sentimiento y a 215 años de la aparición de la novela de Jane Austen, llega una nueva versión de la misma y canónica obra literaria, una que propone más una modificación estética y visual que temática o narrativa. Esta Sense and Sensibility 2026 no altera los ejes dramáticos clásicos de la novela de Austen. No se trata aquí de agregarles criaturas marinas, zombies y ni siquiera de reformular la historia para adosarle una perspectiva más directamente feminista en su versión Siglo XXI. La historia que verán aquí sigue más o menos fielmente los lineamientos de la novela de Austen, manteniendo sus momentos y personajes cómicos y trágicos, sus conocidos beats dramáticos y su aura romántica. Lo que ha cambiado Georgia Oakley son las formas.
La versión dirigida por la realizadora de Blue Jean activa la cámara de una manera en la que no lo hacía la más clásica adaptación dirigida por Ang Lee en 1995 y menos aún las previas. Oakley le impone una energía, un ritmo y una fotografía que le dan a la historia un mayor realismo y, si se quiere, crudeza. La saca de las páginas de la novela para llevarla a los elementos: el viento, la lluvia, la campiña, la transpiración, las corridas y la angustia. No es una reversión radical como las que hicieron Andrea Arnold y Emerald Fennel de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, sino un intento de darle a la historia más carnadura humana, un acercamiento más contemporáneo a los personajes aún cuando los lineamientos de la historia sean casi los mismos que entonces.

La historia sigue transcurriendo en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y la mirada se enfoca aún más que antes en la relación entre dos hermanas muy distintas entre sí. La mayor, Elinor (Daisy Edgar-Jones), es seria, aplicada y responsable; y la del medio, Marianne (Esmé Creed-Miles), es pura energía salvaje y deseo a la vista (hay una tercera hermana pequeña, Margaret, que corre y salta por ahí, pero no mucho más). La trama se pone en movimiento cuando el padre de ellas muere, deja a las tres hijas y a su madre (Caitríona Balfe) con mínimos ingresos económicos y encima pierden el caserón en el que viven, ya que queda por herencia en manos de un timorato medio hermano mayor, cuya esposa lo único que quiere es quitárselas de encima.
Transplantadas a una pequeña cabaña y con poco dinero —con todas las dificultades que eso implicaba además en términos sociales—, las chicas buscarán novio y se toparán con dos «prospectos» que parecen ideales para su forma de ser pero que presentan sus dificultades. Elinor se enamorará de Edward (George MacKay), hermano de su cuñada, pero las cosas empezarán a enredarse por su lado. Y algo similar pasará, poco después, con Marianne, quien conoce y se enamora enseguida de John Willoughby (Frank Dillane), un joven con similar intensidad y pasión a flor de piel que la suya. Pero tampoco las cosas seguirán el curso ideal y allí estará el Coronel Brandon (Herbert Nordrum), quien permanecerá estoicamente enamorado de la chica por más que ella tenga su corazón en otro lado.
Los cambios de Oakley aparecen más en los detalles: en las coreografías bastante modernas que parecen bailar en las fiestas, en los vestuarios más claramente gastados por el tiempo, en ambientes y escenarios que dejan ver la fiereza del paisaje y, sobre todo, en una fotografía más sucia y terrenal, igualmente exquisita —hay algunas composiciones que son de una belleza pictórica— pero más marcada por el polvo, la tierra y los elementos. Es ahí que la mirada de la realizadora se desmarca de las versiones más tradicionales y/o académicas de este tipo de textos.

Esta versión de Sensatez y sentimiento pierde bastante en emotividad respecto a la de Ang Lee, que lograba transmitir mejor el dolor y la angustia de sus atribulados personajes. No es que Oakley no busque un similar efecto, pero no lo consigue, quizás porque las actrices que encarnan a las hermanas no tienen el peso específico de Emma Thompson y Kate Winslet. Edgar-Jones y Creed-Miles están muy bien en sus respectivos roles, pero no logran igualar la densidad dramática que sus personajes tenían en la anterior adaptación. Es que Lee, a diferencia de Oakley, ponía menos atención en la construcción del mundo que las rodeaba y se enfocaba más en manejar las emociones de los personajes. Aquí falta calibración, sutileza: todo es muy arriba todo el tiempo.
De todos modos, la versión se sostiene por sí misma y no resulta una adaptación forzada ni armada para satisfacer el espíritu de su época. Casi al contrario, llama la atención que se haya mantenido casi sin modificarse el tono romántico del texto original —es raro en estos tiempos ver a personajes femeninos que se obsesionen por el amor de un hombre— y que no se haya querido transformar a las protagonistas en personajes más independientes. Eso sí, al enfatizarse las dificultades económicas que atraviesa la familia de las hermanas, lo que esta versión vuelve a dejar en claro es que para conseguir algo parecido al amor hacen falta las dos cosas: sensatez y sentimiento. Con una sin la otra, no se llega demasiado lejos. Ni entonces ni ahora.



