Series: crítica de ‘Coppola, el representante – Temporada 2’, de Ariel Winograd (Disney+)

Series: crítica de ‘Coppola, el representante – Temporada 2’, de Ariel Winograd (Disney+)

por - Críticas, Estrenos, Online, Series, Streaming
23 Oct, 2026 12:01 | Sin comentarios

La segunda es para robar Diego», dice Guillermo Coppola en la ficción dentro de la ficción que es el último episodio de la segunda temporada de Coppola, el representante. En ese curioso episodio, que funciona como una jocosa reconstrucción de los inicios de la producción de la propia serie, Coppola (Juan Minujín) tiene que lidiar […]

La segunda es para robar Diego», dice Guillermo Coppola en la ficción dentro de la ficción que es el último episodio de la segunda temporada de Coppola, el representante. En ese curioso episodio, que funciona como una jocosa reconstrucción de los inicios de la producción de la propia serie, Coppola (Juan Minujín) tiene que lidiar con todos los problemas posibles que surgen al querer llevar su vida al formato serial, incluyendo tener que lidiar con un actor bastante creído e insoportable que ha sido el elegido para interpretarlo: un tal Juan Gervasio Minujín. Y ahí, más cerca de la parodia que de la «metaficción», Coppola suelta su verdad al lado de la tumba de Maradona. «Si va bien, hacemos la segunda».

Le fue bien a Coppola, muy bien. Y acá tenemos entre nosotros a «la segunda», una que no es para nada un robo sino una consistente y aún más lanzada continuación de la primera. El formato elegido le permite a la serie no sentirse un agregado ni un extra a partir del éxito de la anterior. Al basarse sus capítulos en anécdotas recogidas a lo largo de la vida de Coppola, y al ser contadas de modo no cronológico, la serie escrita por Emanuel Diez y conducida por Ariel Winograd —que oficia de showrunner y también dirige sus seis episodios— puede extenderse en tanto y en cuanto el mítico representante de Diego Maradona tenga historias divertidas o curiosas para contar. Y, a juzgar por lo que se ve acá, tiene de a montones.

La segunda temporada de Coppola mantiene la misma lógica, el mismo humor y los mismos juegos audiovisuales que Winograd utilizó en la primera y que convertían a sus episodios en películas de distintas épocas, géneros y estilos. Aquí uno se presentará como una comedia italiana, otro como una inglesa tipo El superagente 86 y habrá un espacio para homenajear a Federico Fellini, al cine argentino clásico y a muchos otros estilos, películas y/o cineastas, todas referencias que marcan el tono y el ritmo de cada una de sus anécdotas, muchas veces en función de qué es lo que se cuenta y en dónde sucede.

La primera —y una de las mejores— recupera una anécdota de mediados de los ’80 cuando Coppola representaba a los jugadores de Boca Juniors y se vio involucrado en una huelga y en las consiguientes peleas con la dirigencia y la barra del club. Le seguirá una que viaja a Europa —a España primero y a Italia después— para contar una serie de situaciones tragicómicas que incluirán el robo de las cajas de seguridad de Maradona en Nápoles. La tercera recuperará las tensiones previas a su llamativa boda en el Luna Park y la cuarta se centrará en el intento de Coppola de enseñarle su profesión a un joven de la clase alta británica que sueña con ser representante. La quinta se ocupará de la época más difícil que vivió Coppola con Maradona mientras que la última parodiará la llegada de la propia serie a su vida.

Como la anterior, Coppola mantiene el mismo tipo de humor, por momentos muy efectivo; mucha imaginación audiovisual para resolver y darle vida a las situaciones peculiares que a su protagonista le ha tocado atravesar, y algunas inesperadas dosis de emoción que aparecen cuando la situación personal de Coppola se complica y el humor queda un poco de lado. De hecho, el quinto episodio, que quizás sea el menos gracioso de todos, es sin dudas el mejor, el más sentido, el que le agrega al cambalache anecdótico del personaje una enorme sensación de fragilidad, algo que aparece cuando Diego le hace un juicio en 2005 y Coppola —que tiene que dedicarse a contar anécdotas en fiestas particulares, teatros del conurbano y eventos empresariales— corre el riesgo de perderlo todo.

Minujín ya parece vivir cómodamente instalada dentro de la piel de Guillote y la serie lo va haciendo pasar de los años ’80 hasta la actualidad, mostrando también los cambios de ánimo, de pelambre y de energía de su personaje. En todo momento, su Coppola es más que la suma de sus tics verbales y físicos. Todo eso está ahí, pero Minujín logra habitar un personaje complejo, que la serie trata de un modo amable y cariñoso sin ocultar sus costados un tanto más estrambóticos o problemáticos. El tiempo, claro, ayuda a transformar en comedia lo que en algún momento pudo haber resultado un tanto más serio.

Con un elenco amplio y cambiante según las épocas y situaciones, el otro elemento constante y consistente de la serie pasa por la reconstrucción de época, el arte, el vestuario y, especialmente, el montaje y ciertos gags visuales que funcionan a la perfección en el contexto. Esa mezcla de circo y caos que fue durante varias décadas la vida de Guillermo Esteban Coppola encuentra en ese formato acelerado y pasado de rosca un extraordinario equivalente audiovisual, uno que sirve para enmarcar sus extravagantes desventuras dentro de distintos códigos cinematográficos.

En ese sentido, el sexto y último episodio es una divertida curiosidad que tiene el tino de incorporar la llegada de la mismísima serie a la vida del propio Coppola, que —según lo que se cuenta aquí, aunque el realismo no es lo que caracteriza al producto— llega en un momento un tanto complicado, tanto de salud como en lo económico, de su vida. Para una serie que hace del anecdotario de su protagonista su fuerte, Coppola, el representante se muerde finalmente su propia cola y abre las puertas a una impensada nueva vida del otrora rey de la noche. Y si es robo, no se nota…