
Series: reseña de ‘VisionQuest’, de Terry Matalas (Disney+)
El androide interpretado por Paul Bettany se esconde en un pub escocés hasta que el cazarrecompensas Paladin (Todd Stashwick) secuestra a su hijo Tommy y lo fuerza a rescatarlo, mientras Ultron (James Spader) le susurra consejos. Desde el 14 de octubre.
Viendo la explicación, a modo de repaso informativo, de qué pasó con Vision hasta llegar al punto en el que lo encuentra su propia serie, uno tiene dos opciones como espectador. Si está metido a fondo en el universo de Marvel probablemente no necesite ese infodump porque ya sabe todo lo que le pasó a este «sintezoide» que murió, resucitó y ahora más o menos busca saber quién es y entender qué significan todas esas emociones que debería sentir. Si el espectador, en cambio, conoce poco y nada del MCU probablemente concluya que todos se volvieron locos y han llegado tan al fondo en la madriguera de conejo que es este multiverso que ya cualquier cosa tiene sentido. O tiene y no tiene sentido a la vez.
Lo curioso de VisionQuest es que admite, por momentos, lo absurdo y enroscado de su propuesta. ¿De qué trata realmente? Difícil saberlo. En términos más o menos humanos se podría decir que es la historia del tal Vision (Paul Bettany), un androide que trata de entender quién es y, para hacerlo, trata de vivir una vida normal trabajando en un pub escocés, con gente normal, aunque no les salga bien imitarlos. Un día, inesperadamente, alguien llega, mata a la dueña del lugar y empieza a perseguirlo. Y para poder atraparlo, lo chantajea con algo muy doloroso: secuestra a su hijo Tommy (Ruaridh Mollica), cuya «existencia» él desconocía. Para rescatarlo, Vision deberá no solo decidir si actúa o no en consecuencia, sino realmente sentir algo por esa criatura, ya que una cosa es saber qué es su hijo (cosa que tampoco está muy seguro) y otra, para un sintezoide al menos, que eso motive algún tipo de emoción.

Pero este repaso sería una forma lineal y si se quiere básica de contar lo que pasa en VisionQuest, ya que lo narrado es tan solo una parte de lo que sucede. Es que, a la vez que esos hechos tienen lugar en el mundo real, la serie de Matalas se apoya en una suerte de guarida en la que el «verdadero» Vision y varios otros sintezoides con distintos poderes (los viejos conocidos F.R.I.D.A.Y., J.A.R.V.I.S., E.D.I.T.H. y otros) van observando lo que sucede y manipulándolo. Es su MindSpace, una suerte de Torre de Control donde este grupo de Inteligencias Artificiales se juntan para decidir cómo moverse en el mundo real o cómo reaccionar ante él. Pero la aparición de Paladin (Tood Stashwick), el cazarrecompensas que viene a buscar a Vision, desafía a casi todos a encontrar una solución. Entre los habitantes de esa sintética mansión de IA está nada menos que Ultron (James Spader), con sus consejos entre cínicos y maliciosos que siempre parecen esconder algo.
Esto, igualmente, apenas alcanza a mostrar la punta del iceberg de giros multiversales que posee una serie que será, más que nada, para fans y completistas. Los demás se pasarán buen tiempo tratando de entender cuando alguien muere realmente y cuando en realidad es tan solo un programa digital. O viendo cuando una simulación es simulación y cuando deja de serlo. O tratando de saber cómo es que Tommy es real si nació también de una simulación. O, en el fondo, preguntándose porque las historias del MCU se han vuelto tan enredadas y complejas. ¿Qué pasó con los superhéroes que lidiaban con supervillanos y trataban simplemente de salvar un planeta? ¿Por qué todo tiene que venir con un manual de explicaciones y decenas de capas de supuesto sentido?
Esa confusión sobre los niveles en los que va sucediendo la trama —cuyo mayor misterio parece recaer en saber quién es el que busca a Vision y porqué, además de saber si habrá o no reconexión entre padre e hijo— provoca un cierto desapego a la hora de lograr la tensión emocional que el relato busca. En una escena supuestamente fuerte de uno de los primeros episodios todo parece indicar que la vida de Vision corre peligro y que el único que puede salvarlo, tratando de controlar sus propios poderes, es su hijo. Pero nada realmente afecta porque uno no sabe si realmente corre riesgo su vida, si es que Vision «vive», si su hijo es real, si su hijo es su hijo, o si todo es una simulación que controlan otros desde esta especie de mansión virtual en la que parece estar manipulándose todo. O casi todo. No se sabe bien.

Los fans del MCU seguramente se involucrarán más porque tienen respuestas para todas esas preguntas que yo me hago, todas esas dudas que tengo. Dirán que es obvio y que solo tengo que recordar todas las series y películas que hay para darme cuenta. Y si uno dice que las vio casi todas y aún así no entiende —créanme, lo he discutido con varios—, dirán que habrá que leer los cómics. Y ahí ya me ganan. Por eso es que, aclaro en este texto: para los que no tenemos en la cabeza todos los niveles del multiverso y el rol de cada personaje dentro de él, VisionQuest es medianamente entretenida pero más que nada confusa. Los fans seguramente se deleiten con cosas que uno encuentra incomprensibles. Y así estaremos hasta que las películas del MCU las filmen, finalmente, las propias IA.
La primera parte de esta trilogía, WandaVision, era fascinante para fans y neófitos, porque te instalaba en un mundo con su propia lógica y solo después, cuando uno estaba compenetrado con lo que pasaba en él, le movían el piso y desordenaban el tablero. Al llegar a VisionQuest, la tercera de la saga (de la segunda, Agatha All Along, no tengo mucho para decir porque la abandoné mareado), ya todo está removido, conectado y reconectado, por lo que es imposible entrar en este mundo de modo inocente. A la larga, lo que termina pasando con series como estas es que transforman al espectador como uno en una suerte de émulo de Vision. Alguien que ve muchas supuestas emociones desfilando por la pantalla pero se queda afuera, no participa en ellas, no las entiende. Uno tiene la sensación de que algo potente parece suceder en la pantalla —hay después de todo un padre jugándose el «pellejo» por su «hijo»—, pero es difícil que sienta algo. ¿Será que uno también es un sintezoide?



