
Sitges 2026: crítica de ‘Familia teme enfrentar una nueva noche de terror’, de Cristian Ponce
Cada noche, una familia de cuatro enfrenta el terror de habitar una casa embrujada que es, a la vez, un plató de televisión: pocos muebles, oscuridad en lugar de paredes y un equipo atrapado tras los decorados, desde donde surge lo siniestro.
El fuera de campo es un concepto muy difundido en la jerga cinematográfica, aunque quizás no sea conocido por todos. Ese término se utiliza para referirse a todo aquello que no entra en el cuadro, en lo que se ve en la pantalla. Se entiende que esa zona funciona, como en el mundo real, a modo de continuación de lo que nuestra mirada capta. Una casa sigue siendo una casa por más que veamos solo una parte de ella. Una persona a la que oímos en el cuarto de al lado es una persona aunque no la estemos viendo. Asumimos un continuo entre el adentro y el afuera, entre lo que se ve y lo que no se ve.
Lo curioso es que el cine —y más aún la televisión y, todavía más, el teatro— no siempre funciona así en la realidad práctica. La parte de una casa que no se ve puede no existir y la persona que está en el cuarto de arriba, tampoco. Cualquiera que haya visitado un set de filmación lo sabe. Hay casas, negocios y hasta calles que son solo decorados. Y un afuera que se construye solamente a partir de sonidos agregados a posteriori. El continuo del espacio lo construye el espectador y las convenciones de la imagen fílmica. En teatro es aún más evidente: todo lo que no se ve está detrás de telones y cortinados. Es así como se construye el espacio de la ficción.

Familia teme enfrentar una nueva noche de terror juega con estos supuestos. La nueva película del realizador de Historia de lo oculto trabaja, como aquel film, con los consumos televisivos y con la memoria de la TV del pasado. Como aquel film, este se organiza a modo de un programa de TV de los años ’80. Más precisamente, de 1986. El programa se llama igual que la película y transcurre en un set (o plató, dirían en España) en el que una familia debe, bueno, ya lo dice el título. Cada bloque va incorporando un miembro más (madre primero, padre después, luego hijo y más tarde hija) y en ellos se los hace atravesar la tan temida noche.
¿En qué consiste la noche en cuestión? En que las cosas se mueven de lugar y la madre se asusta. Mientras, el padre cree que los vecinos lo buscan para cambiarlo por otro. El hijo adolescente, por su parte, estará metido en lo suyo y tratando de descifrar las letras de una banda de metal. Y la hija universitaria vendrá con «ideas raras». En el medio, el contexto: el sorteo para el servicio militar, las marchas universitarias, las tensiones con los «vecinos». La inquietud que se va generando, a partir del clima que Cristian Ponce plantea, pasa por entender si lo que vemos es en sí la temida «noche de terror» que da nombre al programa de TV o, si en plan pirandellico, los propios personajes han empezado a darse cuenta de que son parte de un juego.
No vale la pena adelantar mucho más, ya que la película se mueve en una frontera muy porosa entre el terror y el «meta-terror». ¿Esos que están afuera y miran a los personajes son vecinos curiosos y problemáticos o el equipo técnico del propio programa de TV? ¿Los personajes se están rebelando a la supuesta trama que les tienen preparada o la trama preparada es la que vemos? «No tenemos pasado ni futuro, vivimos en el presente y con miedo», dirá uno de ellos haciendo una pregunta que es, a la vez, práctica y profundamente filosófica. Esos actores, esos personajes, ese programa de TV existen en un loop temporal y espacial imposible de resolver. Y verlos se parece a cuando uno era niño y, al no entender bien qué era la televisión, suponía que se trataba de seres pequeñitos que vivían adentro de esa caja.

El elenco compuesto por «el primer actor» (sic) Diego Velázquez, Nadia Lozano, Max Federico Alemán, Mora Magnarelli y Jeanette Bulzgis resuelven sus crípticas escenas de diálogos de manera tal que pueden ser tomadas como naturalistas —por momentos apuestan a eso— o como puertas que se abren a mundos desconocidos. El límite, insisto, es poroso. Los recursos son pocos y con eso Ponce logra crear mucho clima y una enorme sensación de incertidumbre. Cinco actores, un único set (quizás dos), cortinados negros y muchos efectos sonoros que dan la sensación que, por fuera de ese núcleo, el mundo se extiende. ¿Hacia dónde? ¿Quién sabe? ¿Existe el afuera en la ficción?
A lo largo de breves y concisos 82 minutos, el creador de La frecuencia Kirlian plantea más preguntas que respuestas, coquetea con lo lynchiano —las cortinas funcionan muy bien en ese sentido—, con lo experimental (su cine es una versión lo-fi del de Jane Schoenbrun) y, por momentos, se muestra como algo mucho más tradicional. Es que su estrategia, al imitar el modelo de esos programas de TV de los ’80, implica apostar al costumbrismo que genera una familia prototípica en el living de una casa promedio argentina de la época. Un costumbrismo que se corta a cuchillo cuando ese afuera oculto y desconocido amenaza irrumpir en el adentro. ¿Es la realidad que se entromete, la fantasía o el equipo de producción? En Familia teme enfrentar una nueva noche de terror las tres cosas pueden ser lo mismo. El fuera de campo, al fin y al cabo, tiene las mismas dimensiones y el mismo misterio que el universo todo entero.



