
Estrenos online: crítica de ‘Gioia Mia: un verano en Sicilia’, de Margarita Spampinato (Flow)
Nico (Marco Fiore), un chico del norte de Italia, pasa el verano en Sicilia con su tía abuela Gela (Aurora Quattrocchi) y, junto a su nueva amiga Rosa (Martina Ziami), investiga unos ruidos que atribuyen a espíritus. Diponible en alquiler.
Hay un subgénero cinematográfico que, de tan usado, se terminó convirtiendo en un reservorio de lugares comunes. Me refiero a esas películas nostálgicas, un tanto retro, que transcurren en pueblos chicos y en las que algún personaje se reencuentra con sus orígenes, con “la vida tal como era antes” o con algún familiar perdido y –tras pasarse media película incómodo y molesto por el cambio– termina dándose cuenta que había perdido su esencia tras años de vivir en la gran ciudad. Hay cientos de variantes de esta temática, pero la mayoría suele asociarse a una idea bastante simplista de que todo tiempo pasado fue mejor –y maravilloso–, acompañado de amenas melodías de antaño y una serie de personajes que parecen sacados de una central de casting.
A veces –son las menos– estas películas funcionan: por buen manejo de la sensibilidad de parte de sus directores, por su elenco, por encontrar personajes un poco más complejos que lo que ofrecen los manuales y por no regodearse en las oposiciones más básicas del formato. Gioia mia es una de esas películas. El título (traducible como “vida mía”) y la premisa no permitían ilusionarse demasiado, pero la realizadora Margarita Spampinato encuentra las maneras de evitar caer en las trampas que su propio guión se tiende a sí mismo. La historia no deja ningún recurso clásico sin tocar, pero el pequeño milagro de esta tierna película pasa por tocar esa melodía que todos conocemos pero en tonos menores, sin ponerle más instrumentos a su orquesta que los que necesita.
Esta versión unplugged de la película nostálgico-sensible se presenta ya de entrada de un modo inusual. A Nico (Marco Fiore) lo vemos durmiéndose en una cama junto a una mujer que desconocemos y, sabremos luego, se llama Violetta. Sin mucha información, pronto lo vemos siendo depositado en manos de una anciana llamada Gela (Aurora Quattrocchi) en Sicilia. Y la película arranca allí, dando a conocer de a poco quién es el niño y cómo llegó allí. De entrada se vuelve evidente que Nico es un chico moderno, del norte de Italia, que está todo el día con su móvil y que se fastidia cuando la señora –que no es su abuela sino su tía abuela– le dice que no tiene wi-fi ni aire acondicionado.

Al chico no le gusta ninguna de las comidas que la mujer le prepara y se aburre soberanamente sin saber qué hacer todo el día. Pero Gela no es una tierna viejecita que quiere contentarlo ni mucho menos. Es una señora rústica, de pocas palabras y muchas costumbres arraigadas, devota religiosa y, eso sí, muy buena cocinera. Cuando el chico le dice que se aburre, ella le explica que está bien aburrirse de vez en cuando. O lo invita a acompañarla a la iglesia. En su casa se juega a las cartas, se duerme siesta o se ayuda con las cosas cotidianas. No sobran abrazos ni caricias, y los dulces aparecen solo de vez en cuando.
La única recomendación de Gela que despierta cierto interés en Nico es ir a jugar con los vecinos de la cuadra, que se entretienen jugando en la calle, como antaño. Pero el interés no pasa por disfrutar del aire libre ni mucho menos. Pasa, previsiblemente, porque el grupo incluye a una chica, Rosa (Martina Ziami), que le gusta. Y con ella se pone a investigar un asunto que se convertirá en algo central a su experiencia siciliana: unos ruidos que se escuchan en el edificio que, asegura Gela y su coro de amigas, son de espíritus que andan vagando por ahí.
Gioia mia tiene todo para caer en una montaña de clichés: niños que juegan en las calles de Sicilia; viejas gritonas que se quejan, cocinan, van a la iglesia y vuelven a quejarse; un perro viejo y raro que es fiel compañero de la tía; los contrastes evidentes entre las experiencias de Nico y las de los niños que viven allí, y hasta el lento giro que el chico va haciendo hasta entender que, quizás, la “vida aburrida” que tienen en el sur de Italia no es tan grave como la imaginaba. De hecho, puede ser bastante más entretenida, llena de descubrimientos y aventuras que las de la ciudad.

En su opera prima, Spampinato logra que todos estos elementos no se reduzcan a estereotipos obvios. Hay un control del tono –desde la música, la fotografía y un montaje que deja mucha información al margen– llamativamente logrado para ser el de una directora debutante. Y lo mismo pasa con las importantes revelaciones que llegarán promediando el film. Lo que en otra película podría convertirse en una serie de momentos grandilocuentes, aquí son presentados de un modo directo y sin vueltas: no hay violines, no hay cámaras lentas, no hay drones ni grandes planos aéreos. Hay una simple y emotiva película sobre “aquel verano” que le cambió, al menos un poco, la vida a sus protagonistas.
Ayuda también un elenco que no actúa para los espectadores sino que se integra al tono de la propuesta, optando por una manera seca y directa de comunicarse entre sí. Es que tanto Nico como Gela le escapan a toda impostación y el drama de ambos personajes es casi siempre interno, contenido, hasta parece modesto por la manera en la que lo presentan cuando en realidad no lo es. Y ese retaceo de emoción y de información es lo que termina haciendo valiosa a Gioia mia, la que le permite ser bastante más que la suma de sus pequeñas y reconocibles partes.



