Estrenos: crítica de “Un viaje a la luna”, de Joaquin Cambre

Estrenos: crítica de “Un viaje a la luna”, de Joaquin Cambre

Esta opera prima cuenta la historia de iniciación de un adolescente cuya fascinación por el espacio esconde una complicada historia familiar. Angelo Mutti Spinetta, Leticia Bredice, Germán Palacios y Angela Torres protagonizan esta comedia dramática imaginativa pero narrativamente fallida.


Otro “coming of age” del cine nacional reciente, éste se centra en Tomás (Angelo Mutti Spinetta), un chico de 14 años con una obsesión extraña por todo lo que tenga que ver con la Luna. Su algo excéntrica familia la integran una madre bastante intensa (encarnada en modo INTENSITY NOW por Leticia Brédice), un padre que siempre parece estar con la cabeza en otra cosa (Germán Palacios, desaprovechado) y una hermana mayor un tanto insoportable también. Tomás vive atribulado por un episodio traumático de su infancia que lo hace estar medicado y visitando a un psiquiatra (Luis Machín) también bastante particular. Pero haber conocido a la “vecina de enfrente” (Angela Torres, con guitarra) le da un poco de alegría a su cotidiano caos.

Su familia planea unas vacaciones a Brasil pero él tiene planes propios, que se irán develando con el correr de la película, especialmente en su segunda mitad, cuando se vuelva un tanto más surrealista y extraña. Cambre, con un largo recorrido en videoclips y publicidad, opta por usar un estilo cercano a ese tipo de formatos para contar su película, con lo que logra algunos momentos curiosos y simpáticos (inspirados en el cine de Wes Anderson o Michel Gondry) pero que no le permite darle a la película potencia narrativa ni credibilidad. Algunos momentos musicales buenos (en una fiesta en la que Tomás baila) otros malos (literales videoclips con Angela Torres en plan estrella pop) son algunas de las incontables viñetas en la que se estructura el filme.

La idea de un coming of age que trabaje el drama familiar de una manera entre naive y cómica puede resultar buena en los papeles, pero Cambre parece pensar más en escenas y momentos de impacto que en generar la empatía necesaria con el personaje y entender un poco de qué va esa disfuncional familia que no hace más que enloquecerlo de a poco. Ni Torres –en modo Manic Pixie Dream Girl— logra salvar a la película del nudo estético y dramático en el que se mete en su última parte. Un nudo en el que no necesitaba haberse metido ya que la idea (y la posibilidad) de una mucho mejor película está siempre latente y, de a ratos, se deja ver.