Streaming: crítica de “Wild Wild Country” (Netflix)

Streaming: crítica de “Wild Wild Country” (Netflix)

Esta extraordinaria serie documental cuenta, en seis episodios, lo que sucedió cuando una secta new age de seguidores del “gurú” hoy conocido como Osho se quiso establecer cerca de un pequeño pueblo de Oregon, a principios de los ’80. Esta saga de extraños personajes y violentos acontecimientos refleja las grietas culturales y políticas que existían y siguen existiendo en los Estados Unidos. Y no solo allí.

Increíble pero real. Ese es el título más obvio –pero no por eso errado– que se podría usar para definir esta serie documental. Todo lo que se cuenta aquí sucedió pero resulta tan improbable que uno tiende a googlear y wikipediar para confirmar que fue realmente cierto. Y sí. Lo fue. WILD WILD COUNTRY –el título surge del estribillo de la canción “Drover”, de Bill Callahan, que suena en el último episodio– no es una historia sobre Osho y la secta de fanáticos que fue creando a lo largo de las décadas. No es tampoco, necesariamente, sobre las personas que se opusieron a que ese tal Osho (en ese entonces conocido como Bhagwan) y sus cientos de seguidores se instalaran cerca de un pueblito de mala muerte en Oregon a principios de los ’80. En realidad es una película sobre la grieta (oops!) que se forma en el medio, grieta a la que el título hace lateral referencia. Estados Unidos como un “país salvaje” en el que este tipo de cosas pueden suceder. Y acaso no solo allí…

Lo que sucede es tremendo y extraño pero la serie no sería lo buena que es si se dedicara simplemente a contarlo (sería divertida, de todos modos). Lo que los hermanos Mclain y Chapman Way hacen (con producción de otros hermanos, los Duplass) es tomar el enfrentamiento entre los seguidores de Bhagwan y los habitantes del pequeño pueblo de Oregon al que, literalmente invadieron, como punto de partida para hablar de dos visiones en apariencia muy enfrentadas del mundo pero que, en el fondo, quizás no lo sean tanto. Lo mejor de la serie es que no elige bandos, nunca le señala al espectador de modo directo quien tiene razón en ninguna de las situaciones que va mostrando. Tomando testimonios de uno y otro lado de la “grieta” –y aún los enfrentados dentro del mismo lado–, la serie va dejando que el espectador decida con cuál locura se siente más identificado, si la más obvia y aparente o la otra, quizás más tradicional.

Narrar los acontecimientos que se muestran en WILD WILD COUNTRY no tiene mucho sentido. Parte del disfrute de la serie está ahí. El punto de partida es sencillo: el tal Bhagwan era un gurú indio con millones de seguidores que fue echado de su país por motivos políticos y decidió comprar un enorme terreno en pleno Oregon y establecerse allí con sus fieles. La artífice de esta movida y protagonista principal de la serie es Ma Anand Sheela, la mano derecha del gurú, la productora y tenaz defensora del emprendimiento religioso-inmobiliario. Del otro lado, un pequeño pueblo de uno 50 ancianos que parecen salidos de un western quienes, en principio, no tenían manera de oponerse a ese arribo. Pero luego encontraron una. Y los rajneeshees (así se autodenominaban) no pusieron la otra mejilla. Si no, más bien, todo lo contrario.

A esa escalada bélica interna y externa hay que agregarle un dato importante: los fieles seguidores de la secta eran algo así como unos hippies con OSDE de varios lugares del mundo en su versión fines de los ’70/principios de los ’80. Eran personas con dinero, angustias y culpas que habían encontrado un lider en este Bhagwan que predicaba amor libre y terapias primales pero a la vez celebraba el consumo y no tenía reparos con la adquisición de bienes materiales, a tal punto que muchos en Estados Unidos al día de hoy lo recuerdan como “el gurú de los Rolls Royce”. En alguna medida su herencia hoy no es la agresiva (encarnada por Sheela) sino la otra, la que apostó por la gentrificación religiosa y el consumo new age de velitas, yoga y libros de autoayuda. Del otro lado, con menos escándalo y escenas bizarras, pero con la persistencia y dureza de un viejo cowboy con bolsillos súbitamente holgados, los “norteamericanos de pura cepa” tenían también sus maneras de hacer sentir su presencia. Y ninguno, a lo largo de los varios años que duró este conflicto, iría a dar el brazo a torcer.

La serie se extiende a lo largo de seis episodios de una hora de duración cada uno. Con un increíble material de archivo y entrevistas actuales a los principales “actores” del relato que aun están vivos (Osho murió en 1990), los hermanos Way van haciendo avanzar las fichas de a poco, causando un efecto bola de nieve fascinante. Lo que parece un arribo pacífico de una comunidad neo-hippie con centros de meditación y túnicas naranjas se va volviendo un asunto de armas, bombas, bizarras elecciones, tráfico de personas, envenenamientos y caos generalizado de ese que, si apareciera en una temporada de FARGO diríamos que es poco creíble por lo delirante. Pero no. Esto es como un episodio de esa película/serie sin necesidad de agregarle nada ficcional.

WILD WILD COUNTRY transcurre en unos años ’80 que parecen muy distintos a hoy pero que quizás no lo sean tanto. Esa “grieta” actualmente sigue siendo igual o es aún más grande allí (corrección política persecutoria e hipocresía por izquierda frente a conservadurismo retrógrado y “miedo al diferente” por derecha) y la manera en la que el espectador se plantará frente a los sucesos tendrá más que ver con cómo es ese espectador que con lo que la propia serie le tira. En ese sentido, el documental funciona –como deben hacerlo los mejores documentales– como espejo del que lo mira: se ve lo que se quiere ver y se entiende lo que se quiere entender. No hay respuestas en ese universo insensato y un tanto ridículo más que las que los personajes se inventan a sí mismos para seguir viviendo.

Playlist con las canciones de la serie: